Inicio Narrativa ¿Una contraseña es un nombre o una mentira? | Malena Newton

¿Una contraseña es un nombre o una mentira? | Malena Newton

por Verboser

Malena Newton Maúrtua (Lima, 1993). Estudió Periodismo en la Universidad de Lima. Ha colaborado con la revista Somos del diario El Comercio.

¿UNA CONTRASEÑA ES UN NOMBRE O UNA MENTIRA?

Una vez más vemos la extraordinaria persistencia de este tema:

que un régimen basado en la perfectibilidad humana

recompense, glorifique, estimule y desde luego necesite todo lo humanamente vil.

—Martin Amis

Mi colegio olía a queque de madera. Algo raro, pues en el SS (casi las SS Schutzstaffel para mí) solo había unos pocos árboles situados disciplinadamente en el borde del jardín que estaba en el centro de todo y se nos tenía terminantemente prohibido cruzar.

Los árboles no eran grandes y casi todos estaban al lado de una mesa de picnic o una banca, como si su único propósito fuera hacernos sombra: una redundancia atroz y tétrica, teniendo en cuenta que tanto las mesas como las bancas eran de madera (vivir únicamente para hacerle sombra a tu versión muerta). Aunque el propósito real desconocido para nosotras en ese momento– de aquellos árboles, en una ciudad-desierto como Lima, era otro: ser aislados instrumentos de medición con los cuales la propia ciudad se tazaba a sí misma.

Probablemente Odile (contraseña: intentalo_la_proxima_vez_hijodeputa) lo sabía, y por eso era la única que se atrevía a rayarlos con líneas horizontales, separadas entre sí a veces por centímetros y otras veces por pulgadas.

Algunos pormenores sobre Odile antes de hablar del día en que le jodimos la vida: de los cinco a los diez años usó un corte de pelo tipo honguito, de esos que se cortan con bacinica y tijera punta roma. Luego, cuando se murió su mamá, su corte se volvió extrañamente cuadrado. Verla era como ver a un televisor con dos colitas. Su hermana mayor se las amarraba con esos colets de bolitas planetarias semi-transparentes típicos de los noventa, que una vez –en uno de sus mastodónicos ataques de furia contra una niña con cuerpo de suricato– usó como armas boleadoras. La dirección del colegio le prohibió seguir usándolos, y entonces se compró unos inofensivos, tipo pompón; hechos de colas de conejo teñidas de rojo.

El salón de O.B.E. (Orientación y Bienestar del Educando) estaba en el Room 100, en el edificio de la campana, ubicado entre la puerta de entrada y los edificios de los primeros años de primaria. Era un lugar alfombrado y húmedo, que tenía la particularidad –un poco esquizofrénica– de tener dos relojes (sin contar los Baby-G “shock resistant” de colores pasteles que prácticamente todas las chicas tenían en sus muñecas durante aquellos años) colgados de la pared. Uno dándole la cara al otro. Algo esquizofrénico, digo, porque si acaso yo me percataba de que uno de esos relojes estaba un minuto más adelantado o atrasado que el otro, me parecía que las paredes comenzaban a acercarse apocalípticamente, como las del compactador de basura 3263827 de la Estrella de la Muerte I.

Me daba asfixia. Me daba pánico. Pero no podía decírselo a nadie. Ese día, sin embargo, lo hice: “Miss”, dije. “Miss. Miss. Miss”. Todas voltearon a verme. “El reloj está atrasado”. “¿Qué?”. “El reloj está adelantado”.

Las clases de O.B.E. eran como un recital de poesía con micrófono abierto. Peor aún: como un recital de narrativa con micrófono abierto. Se implementaron en el currículo nacional durante los años setenta y, sin que nosotras lo supiéramos, estaban dando sus últimos coletazos durante nuestros últimos años de primaria.

Teníamos que bordear el jardín para llegar a cualquier lado, pues, si alguien intentaba cruzarlo para cortar camino, rápidamente ese alguien descubría que –a diferencia de lo que indicaban las propiedades de la materia– sus huellas quedaban selladas sobre aquel gras maligno como si se tratara de arena mojada. La primera vez que Odile intentó hacerlo, cuando ya estaba a más de la mitad de camino, una profesora apareció del otro lado con un megáfono y sus palabras erizaron las hojas del gras (y los vellos de Odile) como no podrían haberlo hecho ni las del propio Walt Whitman. Los árboles no les importaban tanto como aquel césped.

Ese día, como todos los miércoles a las 10 a.m., bordeamos el jardín caminando con cuidado porque había lloviznado. Las clases de O.B.E. se llevaban a cabo después de las clases de P.E. (educación física) y las de computación. Pero si las clases de P.E. se reducían al lenguaje militar (¡1, 2!; ¡1, 2!), y las de computación al lenguaje binario (1, 0; 1, 0), las de O.B.E. elevaban el lenguaje estándar a la n potencia. Lo volvían infinito, lo hacían estallar: se trataba de largas sesiones, supuestamente terapéuticas, presididas por una psicóloga in-house, en las cuales las alumnas se dedicaban a hablar de sus vidas privadas, o de todo aquello de lo que la vida las había privado.

Formalmente, era un gabinete psicotécnico que tenía la función de investigar y recolectar datos de carácter técnico-pedagógico. Informalmente, casi el 80% del salón pensaba que las siglas tenían algo que ver con O.B.E.-decer u O.B.E.-sidad.

Pero, viéndolo ahora, es evidente que no era más que un simulacro de lo que sería, solo algunos años más tarde, la dinámica de Facebook: durante toda la semana, nos la pasábamos pensando en qué podríamos contar en la sesión del miércoles, hasta que sucedía algo (decir “algo” es tan exagerado como estornudar y lanzar un torrente de baba por aspirar el pelito púbico de una mosquita) y lo guardábamos en nuestra memoria para correr a compartirlo en clase y ver las reacciones de las demás. Éramos posts en cuerpo y alma.

Las que siempre tomaban la batuta eran las chicas más populares, porque, como todo grupo dominante, tenían inserto en el cerebro –en lugar de cierta neurona madre– el mismo micro chip populista de los políticos bufos. Algo que las hacía tener un manejo de escena impresionante, y un radar para atraer hacia sí mismas todo lo necesario para permanecer dentro de ella.

Una de las chicas se llamaba Michela Magnífico (contraseña: ardoporLeonardo). Era fenotípicamente idéntica –aunque bastante más frentona– a la ultimate starlette descerebrada Paris Hilton (o sea, una chica fea que por sus habilidades sociales de alguna manera increíble había conseguido hacernos creer a todas que era bonita; y que, más adelante, en la adolescencia tardía, cuando aquel juicio unánime comenzara a relativizarse, insistiría con el engaño operándose las tetas). Todo el mundo sabía que la sesión ya había iniciado cuando veía el brazo naranja de Michela atravesar el aire que su pelo rubio encendía tenuemente por encima de su cabeza, mientras ponía los ojos en blanco, girándolos hacia atrás como si –antes de decir cualquier cosa– quisiera asegurarse de que su cerebro siguiera en su lugar.

Michela podía hablar durante horas sobre cosas como su fin de semana en Playa Blanca donde, gracias a un sol inclemente, había conocido la única forma posible –para ella– de quemarse las pestañas: no había podido estudiar para los mock exams debido a un problema de coordinación esencial entre su calendario académico y el de sus amigas del Villa María, sus amigos del Roosevelt y sus amigos del Markham.

El hecho de que tuviera amigos de otros colegios era, de por sí, algo completamente impresionante para las demás chicas, que aun intentábamos hacer si quiera un par de amigas dentro del SS; pero la disyuntiva planteada ya cumplía la cuota dramática mínima que cualquier anécdota compartida en las sesiones debía tener, pues la presencia de la psicóloga –en eso estábamos todas de acuerdo– debía servir para algo.

Supongo que O.B.E., en sí mismo, también cubría la cuota de catolicismo fervoroso que hacía falta en un colegio peruano laico, donde las clases de religión se limitaban al visionado de la vida de Jesus Christ y sus amigos en dibujitos. O.B.E., digámoslo bien, no era otra cosa que un confesionario grupal. (Omitamos el micrófono abierto y cambiémoslo por unas rejillas—aunque todo micrófono, si se fijan debajo de su cubierta de espuma, está hecho con rejillas). Solo que el móvil era otro.

El morbo. La culpa es para los pobres.

Las primeras sesiones se habían llevado a cabo en 3ro. de primaria, pero ya para 6to. de primaria nos habíamos convertido en algo parecido a ese personaje de Don Delillo adicto a los confesionarios, que resumió su adicción (supongo que en un momento en que ya no la padecía, pues esta implicaba, justamente, no poder resumir nada) diciendo que entendía aquel sacramento “más como un pecado que como un modo de absolver los pecados”.

Mentía su vida entera con tal de contarla.

Años más tarde, abriría su propia iglesia: “Solo un tonto rechaza la necesidad de ver más allá del telón”.

Y esto último es lo verdaderamente importante, pues la autoridad de Michela en O.B.E. era solo iniciática: sus historias, aunque pletóricas en afectación, carecían de teatralidad: terminaban siendo bastante aburridas al lado de las de otra chica, Ana Belén Barnechea (contraseña: tumamacalata93), cuya contextura física era similar a la de Odile, pero tenía, además, un aire vikingesco a la Tronchatoro: podías imaginártela lanzando una jabalina y, al mismo tiempo, chupándose los cinco dedos de la mano luego de comer un chocolatito platinado. Sin embargo, a diferencia de Odile, Ana Belén tenía esa capacidad de reírse hasta sonrojarse en lugar de sonrojarse y reírse después, lo cual la hacía la perfecta bufona del grupo de las populares; un entretenimiento básico para cualquier grupúsculo rosa.

Al lado de Ana Belén siempre se sentaba Olga Gamón (contraseña: barbiegirlinabarbieworld), que era igual de grande, pero de contornos más redondeados. La personificación de Miss Piggy. El tipo de chica que imaginas usando unos rocosos anillos encima de unas manos enfundadas por largos guantes. Y que probablemente considera un quinceañero como la ocasión perfecta para hacerlo.

A medida que las sesiones iban avanzando, Ana Belén y Olga comenzaron a narrar historias al alimón. Cada vez mostraban más los dientes a la hora de hablar. Cada vez impedían más –salvo a Michela, su sosaina lideresa– que las demás habláramos.

La sintaxis clásica de la mentira: no puede contarse con interrupciones.

Al comienzo eran historias que solo hubieran hecho alzar una ceja a un fact checker. Detalles que parecían haberse traspapelado. Luego una historia sobre una puerta secreta que daba a una escalera secreta que conducía a un bar secreto dentro de la casa de La Molina de Ana Belén que todo el mundo conocía, razón por la cual no era del todo difícil creerle: se trataba de una mansión casi pastoril, regida por un españolete (su abuelo) como salido del Siglo de Oro. Había por lo menos dos cuadros con motivos religiosos en cada cuarto. Criaban conejos en jaulas y comían pichón.

Pero solo me di cuenta de que todo lo que decían Ana Belén y Olga era mentira cuando contaron la historia del bebé recién nacido que alguien había dejado colgando en un árbol dentro de una bolsa de plástico.

Iba así: en un acto bastante parecido a la maduración de una fruta, la bolsa de plástico (felizmente mal anudada) había caído y el bebé abandonado había empezado a llorar, hasta que un buen samaritano –que resultó siendo el jardinero de Ana Belén– lo halló antes de que, como era su costumbre, pudiera sentarse a almorzar bajo la sombra de aquel árbol y redescubrir así, cuando el bebé sonrosado por la asfixia le cayera en la cabeza, la gravedad.

Mi conocimiento del Perú en esos momentos era bastante limitado; por eso la historia del bebé fruta (que era, en parte, verdadera), me pareció mucho más inverosímil que la del bar secreto (que era completamente falsa).

Yo, hasta entonces, no había podido hablar en las sesiones de O.B.E. En mi vida no había sucedido nada. Pero la suspicacia que me produjo la verdadera naturaleza del bebé fruta, me animó. Durante varios días, planeé mi mentira como si fuera un crimen. La realidad: polvo. La ficción: pólvora. Una historia emocionante, que explotara en puro silencio. Se me quedarían mirando con caras de estúpidas.

Ese miércoles en la clase de computación, media hora antes de la sesión de O.B.E., vi a una hormiga caminar, trotar, (¿se puede decir que una hormiga trota?) sobre el teclado blanco de mi máquina, mientras yo la observaba y me permitía elegir en qué tecla iba a morir. En qué letra: ¿la M? ¿la D? ¿la H? Me pareció que era exactamente así como se fabricaban las mentiras.

Bordeamos el jardín caminando con cuidado.

Nadie sabía por qué a veces tocaban la campana y otras veces el timbre eléctrico; solo que la campana la tocaba “alguien”, mientras que el timbre era automático. Esa dualidad –la autonomía y la dependencia del tiempo–, ahora que lo pienso, era lo que se me hacía insoportable. Igual que los dos relojes.

Dentro del edificio de la campana habían unas escaleras de madera muy viejas, con peldaños rechonchos como cajones. Nunca nos saltábamos ninguno. Además, debíamos atravesar un cortísimo pasadizo que flanqueaba un baño antiguo, con un lavatorio tipo isla –más o menos parecido al acceso de la Cámara de los Secretos– situado entre dos filas de cubículos con puertas de madera.

Cuando entramos, la psicóloga ya estaba sentada en su silla; la única que había en todo el salón. Nosotras nos sentamos en la alfombra, formando un círculo alrededor de un espacio vacío que nunca nadie cruzaba, como el jardín. Aunque la sensación no era para nada la de estar sentadas en un jardín bien podado y menudo como el de afuera, sino en un descampado paleolítico, a la intemperie, alrededor de un gran fuego con silueta de gras.

Ese día, lo recuerdo bien, vi el fuego claramente: más exactamente, vi la luz, una luz fuertísima que atravesaba la ventana más grande del salón y se empozaba al centro del círculo como si fuera un charco de orina. La luz solo adquirió la apariencia de un fuego cuando comenzó a girar sobre sí misma, dentro de un wáter imaginario, que, ahora que lo pienso, no era otra cosa que mi mente minutos antes de hablar.

La psicóloga (contraseña: c0ntr453ñ4) tenía los ojos igual de separados que Jackeline Kennedy. Era un poco gordita y su pelo –originalmente castaño oscuro– tenía unas mechas rubias que le daban una apariencia de tigre (cuando lo tenía suelto) y de pez cebra (cuando lo tenía amarrado). Pertenecía a esa clase de psicólogas escolares generalmente inútiles que son, en su mayoría, ex alumnas embarazadas (o lo parecen). Licenciadas en psicología con especialidad en interacción entre galletitas antropomorfas.

“Hola chicas, ¿cómo han estado?”, dijo cuando ya todas estábamos sentadas. No quise perder ni un segundo, así que alcé mi brazo antes de que Michela alzara el suyo. Era raro alzar el brazo para responder ese tipo de pregunta. Alzarlo con el dedo índice estirado –lo común por esos días– suponía responder una pregunta objetiva, puntual. Alzarlo haciendo puño, suponía dar largos discursos revolucionarios. Así que abrí la mano entera, en el aire, como si estuviera haciendo alto, pero no lo suficientemente a la altura como para que un ser humano se detuviera frente a mí.

De pronto, todas las chicas comenzaron a alzar los suyos en algo que yo interpreté como una manifestación abierta de desprecio hacia mi persona, y no como lo que realmente era: una emboscada.

Las únicas que no lo hicieron fueron Erika Lohse (contraseña: 123456), Almudena Panizo (contraseña: 007bondjamesbond), María Alejandra Mohanna (contraseña: pachulilife), Fanny Hanawa (contraseña: iloveyou) y Odile.

De los nervios, sin saber qué pasaba, terminé haciendo un gesto parecido al de las hostess cuando dan las indicaciones de seguridad antes del despegue; casi como si presintiera el peligro o la caída. “Miss, esta vez no voy a hablar”, dijo Michela dando una nueva demostración de su coherencia y sentido de la lógica. “Ejjjque estamos súper cansadas, Miss. En verdaaad, estamos haaartas”. Y, a medida que Michela hablaba (porque siguió hablando), los brazos alzados alrededor del círculo fueron cayendo como si su voz fuera la masa oscilante del péndulo de Foucault y éstos las varas indicadoras de un planeta tierra parecido a una licuadora.

La psicóloga cruzó las manos y las colocó encima de sus piernas, también cruzadas. “¿Qué ha pasado, chicaas?”, dijo frunciendo los labios en lugar del ceño. “Lo importante es qué pudo pasar, Miss… Y antes de hablar con nuestros papás o con la Head o con la Thompson, queremos hablar contigo”. Suspenso: todas cerraron las bocas y alguien se paró a cerrar la puerta.

De pronto, una chica se inclinó para adelante, rompiendo el anillo perfecto que formaban nuestros cuerpos sobre la alfombra. Era extremadamente flaca y parecía invertebrada; siempre se sentaba como si sus brazos fueran sus piernas. “Anita Uccelli te va a contar todo ahorita. Pero lo que ella te cuente lo hemos vivido todas”. El círculo se contrajo. Anita Uccelli (contraseña: homeiswheretheheartis) comenzó a gimotear. Anita Uccelli comenzó a llorar. Anita Uccelli comenzó a hipar. “El lunes, en la clase de natación (hip), yo estaba tranquila, Miss. Siempre soy la última en salir de la (hip) piscina porque siempre soy la última en entrar. Mi mamá me ha dicho que haga calentamiento por lo menos durante quince minutos antes de que (hip) me meta”.

Ana Belén y Olga parecían estar –contra las leyes de la geometría– arrinconadas dentro del círculo. Me di cuenta de que podía estar ante otra clase de estafa, algo completamente innovador. Anita Ucceli estaba haciendo algo que ellas nunca habían hecho: actuar además de mentir. Verla hizo que me diera cuenta de que no eran lo mismo.

Escuché toser a Ana Belén y la volví a mirar de reojo. Estaba muda y seria, pero su rostro, al igual que los de las demás (salvo los de Erika Lohse, Almudena Panizo, María Alejandra Mohanna, Fanny Hanawa y Odile), me hizo dudar: parecía completamente convencida, sin esa cuota de duda que merece la expectación.

“La cosa es que ese día, las últimas que quedamos en la piscina fuimos (hip) yo y (hip) Odile”. En ese momento, pareció que el aire se abría por la mitad como un mar abrahámico, creando un foso de silencio entre Anita y Odile. Recuerdo que esta última tenía la blusa del uniforme notoriamente almidonada y abotonada hasta el final, pero manchada justo en el bolsillo donde estaba el escudo del colegio: un libro abierto, un león escuálido, el perfil de una alpaca. Era julio, antes de las vacaciones. La mancha me hizo pensar en una escarapela marchita.

Cuando Anita mencionó su nombre, Odile ajustó la mirada. Dos puñitos.

“La Miss Zoila se había metido un ratito a ver a las demás chicas a los camerinos. No había nadie en las bancas, tampoco. Fue en ese momento que Odile me agarró (hip) de los hombros y me hundió”.

En perfecta conjunción sonora, Erika Lohse, Almudena Panizo, María Alejandra Mohanna y Fanny Hanawa, soltaron un muy apropiado grito ahogado al que le siguió un “me muero…” suspendido que terminó por evidenciar que ellas eran, junto conmigo y la psicóloga, las únicas en todo el salón que no estaban enteradas del asunto. Las demás chicas permanecían atentas, no atónitas.

“Luego, Miss”, continuó Anita. “Mientras yo luchaba por soltarme y salir a la superficie, Odile se sentó encima de mí, con sus dos piernas por encima de mis hombros”. Imaginé a esos niños de las películas que se suben uno encima del otro para fingir que son un adulto. Un adulto canceroso: la cabeza sintéticamente calva de Odile –con el gorrito de látex blanco ajustado– destacando por encima de la superficie. Imaginé al agua como un saco largo, infinito. “Miss, fue (hip) horrible… En serio, casi me ahogo”, dijo Anita cogiéndose el cuello. “¡Casi me muero, Miss! Quería matarme… Yo no podía salir porque, pucha, ella es bien grande. Y, además, comenzó a presionar mi cabeza hacia abajo, con sus dos manos. Te juro que comencé a llorar debajo del agua, Miss, ¡del pánico! Y entonces, cuando ya no podía más, ¿sabes lo que hizo…?”. Anita se tapó la boca, horrorizada. “¡Se orinó encima de mí!”, chilló. “¡Como si estuviera sentada sobre un wáter! Un wáter debajo del agua, Miss… ¡Como si yo fuera un wáter!”.

Imaginé la pila caliente de Odile como una aureola turbia alrededor de la cabeza zambullida de Anita.

“¡Mentirosa!”, gritó Odile golpeando la alfombra con un puño, como si quisiera reventar el suelo en pedazos igual que un superhéroe de Marvel. “¡Eres una puta mentirosa!”. “Sin insultos, Odile, sin insultos…”, atinó a decir la psicóloga con los ojos inflados. Anita Uccelli se limpió las lágrimas. “Felizmente alguien dentro de los camerinos gritó y Odile se asustó y me soltó”. “Creo que fui yo, Miss…”, dijo otra chica cuyo rostro en ese momento, no sé por qué, me pareció totalmente desconocido. “Puchi siempre nos abre las cortinas cuando nos estamos cambiando; solo por molestar, es una pesadaaa…”, dijo otra chica y las dos se rieron como hienas. La psicóloga las ignoró. “Sigue, Anita”, dijo. “Continúa. Prosigue”. Su asombrosa habilidad para encontrar sinónimos era algo de lo que, no solo se vanagloriaba, sino que parecía considerar la esencia misma de su profesión. “Nadé rapidísimo hasta la escalera y salí. Corrí a los camerinos y me encerré en un baño. No pude hablar con nadie, Miss. Estaba petrificada. No sé cómo explicarte…”. “¡Puta mentirosa!”, gritó de nuevo Odile golpeando la alfombra con el otro puño.

En ese momento, recordé que aquel día, en efecto, Anita Uccelli se había demorado en entrar a los camerinos, pero en lugar de encerrarse en un baño como había dicho, se había puesto a rajar de Odile con las demás chicas, diciendo que sus piernas eran iguales a las de un mamut, algo que –me quedó claro– Odile también le había oído decir antes del ataque.

“Tranquila”, dijo la psicóloga mientras sacaba un tissue de su empaque como si se tratara de una banderita de la paz. “Cálmate, Odile. Serénate”, insistió. El tissue fue pasando de mano en mano hasta llegar a Anita. “Sí, tranqui…”, dijo Michela levantando el labio superior en esa forma que, entre las adolescentes, sugiere asco y amenaza al mismo tiempo. “Miss, no es la única, ¿entiendes? ¡No es la única vez!”, siguió Michela. “El martes Anita nos contó todo y dijimos: basta. En verdad estamos hartas. ¡Estamos en un colegio de mujeres, Miss! O sea… no es posible que vivamos aterradas todos los días”. “¿Aterradas?”, dijo la psicóloga. “¡De ella, Miss! De que nos pueda pegar, o lo que sea… No es solo tosca, es peligrosa. Es como un animalito. No estamos acostumbradas. En serio, Miss, sorry, pero es así”. Aplausos imaginarios sobrevolaron el cerebro de Michela como maripositas.

En los veinte minutos que siguieron al testimonio de Anita, otras chicas –de manera desconcertantemente veloz– revelaron más ataques perpetuados por Odile, mientras ella (en un gesto imposible, pero efectivo) las amenazaba haciendo un puño con la lengua.

En el SS se hacía cola para tomar agua. Colas largas. A veces te tomaba alrededor de quince minutos hacerte de un vasito con agua llena de cloro. La primera –y creo que única– vez que hablé con Odile, fue por una canción. Haciendo cola. Para entonces, Odile ya no usaba dos colas, sino una en el medio de la cabeza que, por la cantidad exorbitante de pelo que tenía, parecía más una amenaza que un peinado; las plumas de un pájaro cuando te acercas demasiado. Aunque estábamos en la misma clase, en gran parte la conocía por ser la chica que cada cierto tiempo se metía en problemas por intentar cruzar el jardín. No me acuerdo si la estaba tarareando ella o yo. Se llamaba “Me odio a mí mismo y quiero morir”, y empezaba con el cantante aclarándose la voz como si quisiera que lo dejaran pasar, que le dieran permiso para entrar a ese lugar oscuro que es la muerte, el cuartito de juegos de la luz. Yo conocía a la banda gracias a mi hermano mayor, que (por motivos que prefiero seguir desconociendo) había comenzado a bañarse más a menudo ese año y, antes de encender la ducha, siempre encendía una radio –una Phillips amarilla parecida al robot volador del científico de Flubber– que empotraba en el lavatorio como si este fuera un receptáculo. “Es mi banda favorita”, dijo Odile sonriendo al lado del bidón. “Estoy enamorada del cantante. Murió porque tenía cara de ángel”. “Sí”, respondí yo. “¿Sí?”.

Además de eso, una de las pocas cosas que sabía sobre Odile era que odiaba su nombre.

Ese día, en la clase de computación, debido al hartazgo que provocaba en todas nosotras el lenguaje informático Logo, con cuyos comandos (Forward, Back, Left, Right) no hacíamos otra cosa que manipular interminablemente una tortuguita insignificante más parecida a una garrapata, la profesora decidió alegrarnos el día mostrándonos el Mapa de las Antípodas: ¿En qué parte del mundo saldrías si cavaras un túnel bajo tus pies que atravesara el centro de la Tierra?, con el cual nos divertimos descubriendo los extremos diametralmente opuestos de diferentes países mediante varios clics excavatorios.

Ahora –sentada en aquel noveno círculo de Dante en el que se había convertido el círculo de O.B.E. luego de las declaraciones de Anita– intenté relajarme descifrando cuáles serían las antípodas de cada una de nosotras; asumiendo que éramos la circunferencia ecuatorial de un planeta cuyo hemisferio sur y hemisferio norte estaban por debajo y por encima del centro del círculo.

Mi antípoda era Anita Uccelli. La antípoda de Odile era Ana Belén. La antípoda de Michela era la psicóloga (o la silla). Y la antípoda de Olga era una chica llamada Lucienne Raffo (contraseña: imnotagirlnotyetawoman), que en ese momento se había puesto a hablar sobre la vez en que Odile le había aplastado un vasito de plástico en la cara después de que le reprochara haberse colado en la fila para tomar agua.

Lo que me hizo desconectarme por un momento de todo eso fue, quizás, la noción depresiva y cada vez más evidente de que la razón por la cual Erika Lohse, Almudena Panizo, María Alejandra Mohanna, Fanny Hanawa y yo no habíamos estado enteradas de nada, mientras que el resto de la clase (una veintena de chicas) se había reunido a discutir lo que dirían sobre Odile en la sesión días antes, tenía que ver con que probablemente –asegurarlo me parece ofensivo– éramos las menos populares del salón y, para empeorarlo, todavía no se nos ocurría que volvernos amigas entre nosotras podía ser una estrategia paliativa.

Me fijé por la ventana. El color del techo y el color del cielo eran exactos. Lima debe ser una de las pocas ciudades del mundo en que para decir eso no hace falta tomarse ninguna licencia poética. Vi el jardín. Pensé en lo paradójico del hecho de que la tierra debajo de nuestros pies fuera un acceso directo al cielo. ¿Dónde estaba enterrada la mamá de Odile? Era la única de la promoción que había perdido a uno de sus papás, lo que la convertía en una figura casi siniestra; alguien que estuviera viviendo sin una pierna o sin una mano, pero que no corriera más lento ni escribiera menos. Parecía molestarles. El ruido en el salón comenzaba a ser intolerable; escucharlas hablar una tras otra con ese acento que hacía pensar que tenían un pedazo de chicle en lugar de lengua, era exasperante. Prácticamente todas las chicas del SS empleaban aquel tono disforzado y petulante que las obligaba a hablar con el fondo de su boca (y su cerebro). Comencé a respirar y pestañear en sincronización. A sudar. Hasta que no pude aguantar más. “Miss”, dije. “Miss. Miss. Miss”. Todas voltearon a verme. “El reloj está atrasado”. “¿Qué?”. “El reloj está adelantado”.

En la cultura rusa existen dos clases de mentira: vranyo y lozh. La primera consiste en ser, justamente, consistente con tu mentira: contar una historia creíble, sabiendo de antemano que probablemente tu interlocutor sabrá que estás mintiendo, pero estará dispuesto a seguirte el juego si consigues que lo parezca; si lo diviertes, o si, por algún motivo, le conviene creerte. Creative lying in the interest of entertaining others or promoting oneself. La otra tiene la intención de engañar por engañar.

Lo que hacían Ana Belén y Olga era vranyo. Lo que estaba sucediendo ahora era, a todas luces, lozh. “¿Quieres decir algo?”, me preguntó la psicóloga luego de haber paralizado a la clase entera por los relojes. Me puse a sudar (el llanto de la mente). “No”, dije. “¿No?”.

“¿Ustedes también han tenido alguna experiencia así con Odile?”, preguntó la psicóloga mirándonos. Yo me toqué el pecho en esa forma en que lo hacen los actores en las películas cuando quieren comprobar si el balazo les ha caído o no, si deberían estar muertos o no. Alguien –probablemente la misma que antes había soltado ese “me muero…” suspendido– liberó un “no… sé” desinflado, y entonces quedó claro que quien iba a tener que hablar era yo. Erika Lohse, Almudena Panizo, María Alejandra Mohanna y Fanny Hanawa eran el tipo de chicas que preferían hundirse el canino en el centro de la lengua hasta horadársela, con tal de no tener que intervenir en clase.

Todas las otras chicas me miraban. Al comienzo directamente, como si me estuvieran reconociendo. Luego comenzaron a mirarse entre ellas. La psicóloga repitió su pregunta. Recordé a la hormiga sobre mi teclado.

En mi defensa, para entonces todavía no estaba segura de si lo que habían dicho sobre Odile era verdad o no. Era plausible. La mentira, además de ser la forma más importante de entretenimiento, no es –como cree la gente– una copia fea y barata de la realidad, sino una herramienta para cambiarla. Probablemente la más efectiva. Así que pensé: quieren cambiar algo. Tendrán sus razones. ¿Quién soy yo para impedírselos?

Nunca antes me habían prestado toda esa atención. Vi las caras alrededor del círculo. Estaban rojas, como puestas de cabeza. Por el rincón de un ojo, pude ver a Odile. Parecía confiada.

“Yo”, dije. “¿Yo?”. La psicóloga reacomodó su silla. “Sí, así es, efectivamente. ¿Has tenido algún problema con tu compañera?”. Había imaginado ese momento durante semanas. Las miradas. ¿Cuál es la diferencia?, me interrogué. Una historia era solo una mentira a la que no le antecedía ninguna pregunta; al menos no la pregunta de alguien más.

Intenté mirar cada reloj con un ojo distinto. Sé que ahora suena imbécil, pero en ese momento sentí que el tiempo lo llevaban ellas, y que si yo lo alteraba me convertiría en el reloj adelantado/atrasado. Sentí que la garganta se me volvía un resorte. Sentí miedo; deseos de que me aceptaran. De que dejaran de mirarme mirándose entre ellas.

“Michela tiene razón”, dije. Abrí la boca y cerré los ojos, simulando recordar. “Yo estaba en el baño”, comencé. “Entré al baño durante el assembly del viernes… Salí del assembly para ir al baño. El baño del segundo piso del edificio de secundaria… El único en el que se puede cerrar la puerta porque solo tiene un compartimento además del lavatorio”. Vi que Michela me miraba con un gesto de desesperación asquienta que parecía decir, en iguales medidas, “tienes un grano” o “ve al grano”. Las demás permanecían atentas. “Cuando cerré la puerta, me di cuenta de que había alguien encerrado en el cubículo. Unos mocasines muy grandes y manchados con tiza”, improvisé. “Esperé a que saliera. Me lavé las manos para hacer tiempo, pero nada. Cuando ya no aguanté más, toqué la puerta del cubículo y salió Odile”.

El círculo se contrajo de nuevo. Odile tenía los dos puños clavados en la alfombra, como un gorila. Me miró y sus dos ojos parecieron latir. “Me dijo que no podía entrar, que era su cubículo”, seguí. “Había estado escondida ahí para no tener que entrar al assembly. Yo la ignoré y me abalancé; ya no aguantaba más las ganas de hacer pila. Odile intentó retenerme, pero algo cruzó por su mente y me soltó. Estaba muy agitada. Entré al cubículo y cerré la puerta lo más rápido que pude. Oriné mientras oía cómo la música del show que estaban presentando las chicas de 5to. en el assembly se volvía más fuerte. Por eso no volví a escuchar a Odile, y pensé que ya se había ido. Pero cuando salí la encontré apoyada contra la puerta del baño, en posición de descanso. Le había puesto pestillo. Cuando notó que me di cuenta, me miró de una manera rarísima, como ninguna de las chicas acá nos miramos entre nosotras”.

Al levantar la vista, vi que Odile también me estaba mirando —en la vida real. Pero con odio. Era como si sus ojos fueran dos hornos a la inversa y lo que sea que se estuviese cociendo ahí dentro solo pudiera hacerlo mientras se mantuvieran abiertos.

En ese momento, la campana del primer periodo comenzó a sonar, indicando que ya habían pasado 45 minutos de clase. Esperé a que terminaran las campanadas tratando de generar contacto visual con todas menos Odile. En mi mente, repasé todas las partes del cuerpo (las piernas, los brazos, las manos, los dedos) como si, para darle verosimilitud a mi relato, tuviera que mencionar y buscarle una acción a cada una. “Ella es bastante más grande que yo, que todas nosotras…”, seguí. La psicóloga había relajado los brazos y sus papeles, desplegados sobre su regazo de manera flabeliforme, parecían los pliegues de una mini-falda blanca. “Sentí miedo y se dio cuenta. Comenzó a acercarse mucho, hasta empujarme contra el lavatorio. Con su mano izquierda, abrió el caño al máximo para hacer ruido. Luego me volvió a empujar y clavó mis piernas en la pared con sus rodillas. Yo intenté gritar, pero me tapó la boca con la mano derecha. Estaba aterrorizada, igual que Anita… Entonces, poco a poco, los dedos de su mano derecha comenzaron a abrirse sobre mi boca, mientras ella deslizaba la otra por mi cuello. Comenzó a acercar su rostro al mío, mucho, mucho. Su boca estaba cerrada, pero sentí su aliento abombado y, entonces, cuando me tuvo completamente inmóvil, abrió la boca y la desinfló encima de la mía. Me besó… Fue asqueroso, Miss. No quiero ni recordarlo.”

Levanté la mirada y vi que absolutamente todas las chicas en el salón –incluidas la psicóloga y Odile– tenían la frente fruncida en esa forma que es como el segundo estadio de la expectación, cuando el oyente está completamente entregado a lo que está escuchando y en la frente le aparecen unas cuantas arrugas o líneas de expresión: los renglones de un papel sobre el que se puede escribir/decir lo que dé la gana, porque cualquier palabra será absorbida directamente hasta la mente. Me sentí confiada.

“Me dio tanta vergüenza, que no le dije nada a nadie. Hasta hoy”, agregué. “Mentirosa…”, susurró Odile mirando el centro del círculo. Permanecí estática, esperando la reacción de las demás. Ana Belén y Olga fueron las primeras en dirigirme una mirada de solidaridad. Poco a poco, las narices de todos los rostros comenzaron a apuntar a Odile. “Mentirosa…”, volvió a decir ella mirándolas a todas; el pecho inflándosele y desinflándosele a un ritmo peligroso. Ahora era su rostro entero el que parecía un puño. Lentamente, y como si fuera necesario, se fue poniendo de pie para llorar. Disciplinadamente. Como si solo en esa posición el agua pudiese fluir.

Cuando la primera gota cayó en la alfombra, ingresó torpemente dentro del círculo y se quedó detenida ahí, en el centro, bamboleándose. Pude ver que sus manos no eran tan gordas como sus brazos. En lugar de sentir culpa, recuerdo haber pensado en la relación entre el amor y el salvajismo: si algo se repetía en todas las denuncias contra Odile –falsas o no– era su irrefrenable necesidad de tocarnos.

Sentí que era la primera vez que la podía observar sin sentirme amenazada: era como si estuviera sumergida en un tanque lleno de luz líquida, un encurtido en un pomo de aceite; al centro del círculo, pero fuera de todo contacto. Ahora pienso que, posiblemente, la verdadera diferencia entre Odile y el resto de chicas del SS era que, desde que se había muerto su mamá, nada le daba asco.

La última vez que la vi antes de que, como me enteraría luego, la botaran del colegio, pensé que se desmayaría y quedaría tirada en el centro del círculo durante Dios sabe cuánto tiempo, como la manecilla de un reloj malogrado. Pero, en lugar de eso, se abalanzó contra la chica que estaba en sus antípodas (Ana Belén), y solo cuando esta y las que estaban a sus costados (Olga y Almudena Panizo) se abrieron gritando igual a cerdos para evitar el choque, y Odile se siguió de largo hasta la puerta del Room 100, tambaleándose, comprendí que ella había sido la única en todo el salón que verdaderamente me había creído. La imaginé cruzando el jardín. En un campo de concentración, la forma más segura de suicidarse era correr hacia la alambrada: el guardián nunca fallaba.

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