Un maestro con actitud

por Sandra Ferrándiz Espadín

Jorge Eslava, escritor y docente, nos demuestra el arte de la enseñanza, la necesidad de la soledad para escribir y lo importante del ejercicio físico como un método de creación.

                                                                                                                                                                                                Foto: Tom Quiroz

 

“No me hace feliz, pero acepto” fueron las palabras con las que entramos en un mundo de escritura apasionada y corazón de madera.  Jorge, quien ya está cerca de sus setenta años, dice tener más físico que muchos veinteañeros. Diariamente se ejercita en el gimnasio del Club Terrazas en Miraflores.

Es un momento complicado para él. Con la repentina muerte de Julio Hevia, su lista de amigos perdidos creció. “He tenido cuatro amigos en mi vida, tres se han muerto y solo me queda uno”, lamenta. Jorge siente nostalgia de aquellos días en los que, con su ahora esposa Rosario y Julio, pasaban sus días de juventud en cineclubes. “Una vez llegamos a ver tres películas en una tarde, tuvimos que correr de un lado a otro para llegar”, nos comenta Charito, como le dice Eslava de cariño a su conyugue.

Para Jorge la amistad es algo que conlleva años y experiencias, no cree en las relaciones mediante redes sociales y considera que no tiene una vida extrovertida. “Siempre me dicen que yo soy sociable, pero dentro de mi casa”. Y es que sus pocos amigos también han sido sus grandes maestros: Washington Delgado, del cual fue alumno en su etapa universitaria en San Marcos; y Constantino Carvallo, un maestro del que aprendió mucho en sus años de docencia en el colegio Los reyes rojos, y cuyas experiencias lo han marcado en su desarrollo personal y literario. Él se siente afortunado de poder haberse hecho cargo de sus obras cuando ambos fallecieron, sello que marca una verdadera amistad literaria y que lo ha llevado a continuar con esta labor de reedición como un asunto personal. Este año ha sacado también la recopilación de poesía de su fenecido amigo de aventuras europeas, Eduardo Chirinos.

La punta de partida

Jorge tuvo un sueño el otro día, de esos que le suelen dar a los escritores que se meten en la cabeza de un niño. “Soy infantil”, nos dice mientras toma un sorbo de su café con leche en una cafetería de la Punta. En su sueño, un profesor se jubila harto de su trabajo, y con lo que le pagan de remuneración decide construir un barco de madera en el segundo piso de una casa. Desde ahí, con un catalejo se dedica a observar a los vecinos, hasta el punto que lo empiezan a tildar de “viejo loco”, y es entonces que empieza a resolver los problemas de la ciudad: previene de una tempestad, encuentra a las mascoticas perdidas de los vecinos y se gana el apoyo de muchos de los habitantes del lugar. Ese sueño, esa idea, es tal vez un nuevo libro o la representación lírica de la realidad. Jorge retorna a La Punta donde se está construyendo un estudio. Un lugar alejado de todo, donde pueda encerrarse a escribir. Desde siempre alejarse ha sido el factor necesario para consagrarse a su escritura, nos comenta que vendió su antiguo estudio en Barranco para construir este que estará más alejado de todo. Y son varias las anécdotas de su búsqueda por el aislamiento, como cuando se encerraba en el convento de las Madrecitas del Carmen, con más de veinte películas del género del libro en el que estaba trabajando en ese momento. Porque para él, del cine se puede aprender mucho, tanto en técnica, como construcción de tensión y ambientes. Jorge es multifacético, podríamos atrevernos a decir que su pasión es la literatura, su esposa la docencia, su amante el cine y sus grandes amigos la música y la fotografía. Siempre ha mostrado un interés por el arte, algo que viene de familia.

En el camino desde su casa en Miraflores hasta La Punta, se disputaba el partido de Argentina vs Francia. “Pobre Messi, no ha logrado destacar en ninguno de los encuentros”, le dice al taxista, mientras ambos escuchan atentos el mundial por la radio. En la ventana, el mar de la costa verde domina todo el panorama, y Jorge, en el asiento de atrás, con su cinturón puesto, lo observa. La Punta es volver a la poesía, a ese muchachito de 18 años que escribió su primer poemario, “De faunas y dioses”, el cual ganó el concurso literario «El Poeta Joven del Perú» en 1980. También es donde se crío, hermano mayor de tres y proveniente de una familia de artistas. Los Eslava y los Calvo, una simbiosis artística. Por el lado de los Eslava, grandes lectores y escritores, y por el lado de su madre, los Calvo, grandes artistas plásticos. Sus dos hermanos menores actualmente se dedican y viven de la escultura en mármol, piedra, madera y de la pintura. Todos los cuadros de la casa de Jorge han sido realizados por la familia. Incluso la pintura que se encuentra en el medio de su sala, que lo retrata a él y a Rosario semidesnudos con un ramo de rosas, un libro y un caballito de juguete, fue un regalo que uno de sus hermanos realizo para ellos.

Siguiendo esta tradición, casi como una herencia de las artes.  Sus tres hijos son músicos. “Ray Callao” y “Calato” son las bandas de dos de ellos, y es que el modo de crianza que tuvieron fue de un “ambiente cultural intenso”, nos dice. También Rosario, su amor de toda la vida y con la que lleva cuarenta años de matrimonio, proviene de una familia de artistas. Ella se dedicó al canto profesional durante un tiempo y luego a la traducción literaria, mientras su hermana, Pilar de la Hoz, ejerce actualmente como cantante y es llamada “La Primera Dama del Jazz Peruano”.

Material noble

Jorge está construyendo su estudio en el tercer piso de una casa de arquitectura colonial, como la de su infancia. Para él que sea de madera es primordial, es “un material humano”, nos dice. Del cual encuentra una satisfacción en ver envejecer, y lo considera noble y cálido. Hay una esencia que engloba a Jorge, y a su inherencia a la vieja escuela, algo parecido a lo que transmite esta habitación que actualmente está en construcción. En un mundo millenial gobernado por el plástico, las redes sociales y la comida rápida, parece ser que más que un simple gusto estético, la madera y el estilo rústico, marcan una postura y una forma de vivir en la contemporaneidad. El blanco es también su color preferido, sinónimo de la pulcredad y pureza. “Vamos a pintar la puerta de blanco”, le dice al maestro de obra, quien nos dice lo poco común que son este tipo de trabajos, ya que la madera es un material muy costoso.

“¿Han preguntado los vecinos quien vivirá aquí?”, pregunta Eslava a los trabajadores. Aún nadie se ha enterado quien se mudará y él prefiere mantenerlo en secreto para evitar que lo encuentren. ¿Un barco o un estudio? Cualquier cosa que fuera lo que se termine de construir, en un par de semanas, su función será la misma siempre: zambullirse en un mar de palabras. 

El oficio del escritor

De camino al café de La Punta, una escolar avanzaba en la misma vereda que Jorge, junto con su madre y con un libro en la mano, una edición pirata de “La mala nota”. Jorge se paró en seco ante ella. 

Ese es mi libro, yo soy el autor”, le comenta con una sonrisa. La escolar lo mira sorprendida, mientras Jorge busca entre sus bolsillos un lapicero para firmárselo. Varios de sus libros forman parte del plan lector obligatorio en colegios, por lo que le ha sido posible vivir de la literatura. “Debo ser uno de los pocos escritores que gana una buena cantidad de dinero por sus libros”, nos comenta. Gracias a las alianzas entre editoriales y a la solidez de sus propuestas es que sus libros han podido posicionarse. Sin embargo, una pequeña insatisfacción se muestra clara en sus facciones cuando nos menciona que siente que está en deuda consigo mismo. “No puedo escribir el libro que quiero”, y la principal razón es que no puede dedicarse a tiempo completo a escribir como los escritores extranjeros, con los que se compara. “Yo tengo que trabajar 40 horas a la semana, así es en el Perú”. 

Jorge estudió Literatura en San Marcos, en donde creció con un espíritu antisistema, una postura contracorriente y revolucionaria. Es por ello que siempre ha tratado de salir del círculo y de su vida común, que él considera aburguesada, mediante su literatura. “Escribo sobre el pasado peruano, es una tarea que yo mismo me he impuesto”, nos comenta.  Algo que tenía muy claro cuando escribió uno de sus libros, que considera el más importante: “Navajas en el paladar”, y por el cual se internó en las calles y convivió con varios niños sin hogar.

“Estoy convencido de que la literatura debe buscar temas”, nos dice. Jorge como pedagogo y escritor tiene claro sobre lo que quiere escribir y tiene una postura firme ante la realidad. Para él, de alguna manera, un escritor es como un cronista. “Para el próximo ciclo, voy a mandar a los chicos a hacer una entrevista cronicada como esta”, menciona con una sonrisa; y es que ese espíritu de maestro y esa necesidad de mejorar cada vez más se encuentran presentes en él, lo llevan a seguir recopilando ideas nuevas para sus clases. Un hecho interesante para alguien que ya va pensando en la jubilación.

Un profesor paternal

“Para mí un buen estudiante no es solo el resultado de su rendimiento académico, sino de su calidad humana”, sentencia.

 El recuerdo de este último ciclo en la Universidad de Lima viene a su mente con pesar. Jorge siente que en estos meses las cosas no han marchado como quisiera, que esa sensación de ser “invencible en la docencia” ha recaído, y es que tiene proyectos que ha dejado incompletos y alumnos a los que, ha sentido, no ha podido llegar o han sido indisciplinados. “He llegado hasta a botar a una alumna de clases, algo que me parece terrible hacer”. Un compromiso tan fuerte con la enseñanza y la autoexigencia que él mismo se impone y que exige a sus alumnos. Le gusta conversar y más con sus estudiantes. Le gusta llegar a ellos, tener cercanía, especialmente cuando acuden a él con algún problema. Más allá del don de escuchar, hay una virtud que él mismo se ha cultivado para que sus alumnos se abran. “La última estudiante que vino a hablar conmigo, salió agradecidísima por la conversación”.

Jorge es estricto también como padre. Rosario nos revela que durante la crianza de los niños había veces en que debía intervenir para equilibrar la balanza de las exigencias, ya que Jorge era severo con sus hijos. Tiene un temperamento fuerte y es perfeccionista, algo que considera ha adoptado de su padre. Entrando más a fondo en su infancia y en quién es él ahora, Jorge tiene una aversión a escuchar a la gente renegar, por eso lo evita a toda costa ya que le traen recuerdos de su padre, un hombre muy autoritario y que le exigía asumir las responsabilidades del hogar por ser el hijo mayor. Algo que lo forzó a adquirir una madurez temprana, pero también una adultez llena de angustias. “Tengo una excesiva responsabilidad, vivo con el pesar de cumplir con todos los compromisos”, nos explica.

La casa del poeta

Dentro de un pasaje, un poco escondido, hay una pequeña calle circular, y ahí, pasando desapercibida, esta la casa del poeta. En el interior, un vitral de colores reemplaza una ventana y contrasta con las paredes blancas del lugar, emitiendo una luz única y cálida. Una vez adentro, la decoración de la sala consiste en una colección de antiguos triciclos, pinturas y un piano negro que atraviesa toda la estancia.

 En la puerta de la biblioteca de Jorge, ubicada en el lado derecho, hay un cartel de presentación colgado: “Capitán”, se lee tallado en madera. Y, al pie de esta, la figura plana de un pirata con pata de palo y parche en el ojo, que nos da la bienvenida a la embarcación.

Por una estrecha escalera se llega al segundo piso, donde actualmente está ubicado el estudio. La primera impresión que uno tiene al estar ahí es sentir que retorna a los días del kínder, todo está lleno de juguetes. Los hay de todo tipo y de todos los tamaños, desde caballos miniatura, carritos, carruseles, camiones, animalitos y hasta avioncitos colgando del techo. Todos artesanales, de madera, paja y cerámica. “Me encanta el trabajo manual, nada acá es industrial”, nos dice Jorge mientras nos hace un recorrido por su biblioteca. Sus libros se encuentran ordenados en base a género y nacionalidad. Los estantes resguardan una recopilación de poesía peruana, narrativa peruana breve, poesía en lengua extranjera e hispanoamericana, novelas clásicas, ensayos, periodismo, teoría literaria, y libros de cine, fútbol y arte. Estamos ante un espacio donde los juguetes y los libros conviven y tienen la misma importancia.

Falta uno, un ratito por favor”, nos dice mientras nos señala una pila de tres autitos antiguos, y empieza a bajar por las escaleras. “Carmelita, gracias por arreglar mis carros, pero falta el ómnibus amarillo de colegio”, escuchamos que comienza a decir. 

“Es que tengo un nieto que todo lo ve carro, y mueve todo”, nos explica al volver con el carrito que faltaba. Actualmente Jorge está en proceso de mudanza literaria, está decidiendo qué libros llevará a La Punta y cuáles abandonarán su barco, arrojados en alta mar, pues cada año también renueva sus estantes.

“Hemos acordado ir desprendiéndonos de ropa, libros y objetos para llegar a la hora final con poco equipaje”, cuenta Jorge riéndose acerca de sus conversaciones con el poeta Carlos López Degregori, ambos pensando ya en la jubilación. Y mientras revisa el índice de un libro gordo y azul que ha cogido de su estante nos pregunta Mientras sostiene un libro gordo y azul nos pregunta “¿Qué nombre te gusta más “Aula y quimera” o “Mirador de la fantasía?”. Son los posibles títulos para su próximo libro. Actualmente se encuentra trabajando en un estudio sobre cine y educación, temas por los que siente mucha pasión.

Ya por salir de su biblioteca, Jorge nos muestra las fotos que traslucen de la mesa transparente, donde está su computadora blanca. Son fotografías antiguas y familiares, de su esposa, sus hijos, sus hermanos, que lo acompañan siempre mientras escribe. Hay una búsqueda por la añoranza en esas fotos, la misma que —él nos dice— siente al rodearse de sus juguetes.  

Gymnasium: cuerpo personal

“I am not thinking of Death, but Death is thinking of me “. Es la frase con la que inicia uno de los poemas de Mark Strand, un poeta americano, al cual Jorge ha empezado a leer y que ha captado rápidamente su interés. Él no es de engancharse fácil con algún escritor o músico nuevo, como nos comenta. “Si algo no me llega a sacudir, no pasa de la simple curiosidad”. La muerte es a veces una cuestión existencial, que empieza a rondar en nuestra cabeza sin darnos cuenta.

Hoy es día de hacer deporte.  Jorge tiene puesta su ropa de ejercicio, son las once de la mañana, y se prepara para ir al gimnasio. En el camino a trote desde su casa, nos encontramos con varios amigos suyos, a los que se detiene a saludar. “Te digo que no soy social, pero mira como conozco a todos”.

El gimnasio y las pichangas son piezas claves para entender a Jorge, su pasión por el deporte es un modo de creación, una forma de escribir con su cuerpo. Es en el gimnasio donde surgen sus ideas. Probablemente en la soledad o en la concentración desmedida surge el ejercicio poético. Trabajar el cuerpo, como se trabaja un texto. Una disciplina envidiable. Ahora que retorna a la punta, también tiene entre sus planes un nuevo poemario, al que titulará “Gymnasium”, y que estará dividido en dos partes: cuerpo personal y cuerpo ajeno.

“Hay un cansancio existencial del que quiero hablar”, concluye.  Pero no es solo eso. Tiene que ver con lo físico también, con la fatiga y con la edad. A Jorge le cansa más y más dar clases. Aunque no suele enfermarse, ya siente sobre sus hombros el peso de su cuerpo, que al igual que la madera, con el paso del tiempo se empieza a astillar.

 

 

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