Un detective | Alonso Cueto

por Verboser

Alonso Cueto (Lima, 1954) es narrador y académico peruano, uno de los de mayor reconocimiento en el mundo de las letras hispanas. Estudió en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y posteriormente hizo estudios de maestría en la Universidad de Texas. Ha escrito una docena de libros de narrativa, entre cuentos y novelas. Algunas de sus obras más destacadas son La batalla del pasado (1983), El tigre blanco (1985), Demonio del mediodía (1999), Grandes miradas (2003),  La hora azul (2005) y La pasajera (2015)

Su obra ha sido reconocida a través numerosos premios entre los que destacan el Premio el Wiracocha (1985), el Anna Seghers (2000) y el Premio Herralde (2005) 

 

UN DETECTIVE

    Un detective está sentado en su oficina leyendo el periódico. El día es frío, las paredes están desteñidas y un olor a humedad avanza desde el suelo.
    De pronto alguien aparece. Es una mujer de traje rojo, pelo negro largo y maquillaje exquisito; está entrando a su oficina. La mujer se presenta como la señora Pérez y le explica que es muy desdichada. “Creo que mi esposo me es infiel”, dice.
    Es lo común. Un caso como otros. El detective le habla de sus honorarios. Ella los acepta. Le pide datos sobre el marido. Ella se los da. Fotos, dirección del trabajo lugares, donde acostumbra a estar.
    Más tarde, en la casa, el detective le habla del asunto a su esposa, Frida. Están viendo televisión. Ella asiente vagamente mientras él habla. Como si le estuviera siguiendo la corriente. El detective sabe que algunos problemas la agobian.
    Esa noche, el detective sale a trabajar. Espera al señor Pérez a la salida de su oficina. Lo ve pasar, lo sigue. En una sombría esquina cerca de un teatro, lo ve tocando a una mujer de pelo negro.
    Un poco después ellos entran, dos sombras fosforescentes, a un restaurante. El detective se acerca con cuidado. Ver, tomar una foto y no ser visto.
    Está tras la puerta, tiene la cámara en la mano, y de pronto retrocede. Se queda de pie, paralizado.
    La mujer con la que el señor Pérez está cenando románticamente es su propia esposa, Frida. Los ve acariciarse. Se besan ahora.
    El detective se trata de sostener. Pone la mano en un poste.
    Vuelve al carro y se queda allí. Toda una vida con una mujer, haber hecho viajes, haber criado a dos hijos, haber soportado juntos las duras, las tediosas angustias de la vida cotidiana. Todo eso a lo largo de los pasajes inmemoriales de diez años. ¿Para qué? Para encontrarse con que su mujer acaricia y tal vez ama a otro hombre. Haber construido un paraíso de emociones…
    En el carro, el detective siente que las horas pasan. Toda su vida, un corredor largo de imágenes fulgurantes, desfila. De pronto, una lágrima humedece una franja de la camisa.
    Pero ahora comprende, en medio de su dolor y su asombro, lo que ha sucedido. La señora Pérez sabía que su marido salía con la esposa de un detective. Sabía que era él. Pensó por lo tanto que si lo buscaba y le encargaba el caso a él, al marido, iba a descubrirlos y luego de la sorpresa, iba a matar al señor Pérez y a la mujer. En esa estratagema fabricada por la señora Pérez, el detective iba a ser el culpable del crimen y ella, la beneficiada.
    Después de un rato prende el motor. Maneja rápidamente. Llega a la dirección. Es una mansión blanca de grandes ventanales y enredaderas. La misma señora Pérez le abre. Parece sorprendida. ¿Ya lo sabe?, le pregunta. ¿Ya lo averiguó?
    Unos pesados aretes rojos se balancean, la boca le brilla, los ojos se agitan, interrogándolo. Ya lo sé, dice el detective. Usted lo planeó. Usted sabía que su marido salía con mi mujer. Usted me mandó a matarlos cuando los descubriera. Pero no calculó una cosa. Que usted es la que va a pagar por todo.
    El detective saca su revólver y dispara. La cara de la mujer se estira en una mueca.
    El cuerpo se viene abajo, como un edificio. Es un bulto en la losa. El detective mira hacía el fondo de la casa. Una luz, unos muebles azules, una tapiz en la pared. No hay nadie.
    Regresa al carro, a toda prisa. Va a su casa. Entra al dormitorio. Su mujer está allí, la piel blanca, el cuerpo fino, los dulces ojos cerrados. Una nube de melancolía flota sobre su rostro. Él se sienta. No puede negarlo. Ama a su mujer. Pero tiene un par de cosas que decirle ahora.

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