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Travesía de los navegantes: encuentro entre Martín Adán y Juan Ojeda

por Verboser

En mayo de 1968, el poeta Cesáreo Martínez, junto a sus amigos de bohemia, Juan Ojeda y Gregorio Martínez, tuvo un apasionante encuentro con el inmortal Martín Adán. Tras la muerte de Ojeda en 1974, Cesáreo Martínez, rememora su encuentro en una cronica aparecida en el diario El Peruano, en noviembre 1990. La crónica obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Comunicación Social «Señor Presidente», convocado por la Secretaria de Prensa de Palacio de Gobierno en 1991.

 

TRAVESÍA DE LOS NAVEGANTES
Cesáreo Martínez

En la madrugada del 11 de noviembre de 1974, el poeta Juan Ojeda encontró la muerte. Cesáreo Martínez, en homenaje suyo rememora aquí la increíble aventura que viviera con sus amigos y Martín Adán, en mayo de 1968.

-Ahí pasa la poesía- dijo Juan Ojeda señalando una sombra que pasó a nuestro lado y discurrió pesadamente hasta recalar en una mesa del fondo del bar “Palermo”.
Nosotros aún cachorros, habíamos empezado temprano en el “Chorito”, cerca a la ciudad universitaria de San Marcos. Era mayo de 1968.

Aquella tarde, en el patio de Letras de San Marcos, Ojeda hizo correo la vorágine de sus lecturas, tesoro muy suyo que lo hiciera querido y respetado, aunque algunas veces temido: San Agustín/ De Sade, Propercio/ Mallarme, Bocaccio/ San Juan de la Cruz, Juan Eckhart/ Hegel, Paracelso/ Bataille, Huaman Poma/ Rimbaud, Lautreamont, Van Gogh, Malcolm Lowry, Artaud … Marcuse. Ojeda ese día hablaba de literatura y política. Quería hacer literatura y cambiar la realidad, y con Marcuse nos arrastró hasta “El Chorito” donde empezamos a beber escuchando a la Nueva Ola.

A eso de las seis cuando ya andábamos peligrosamente achispados, Ojeda propuso un “descenso a los infiernos”. Llegamos al “Palermo” un poeta de contextura fragilísima y modales afectados, el fornido Goyo Martínez, David Motta (estudiante de Arqueología), Juan Ojeda y el que escribe. Nos ubicamos en una mesa cercana a la de Reynoso, que era la que estaba junto a la vitrina, en cuya luna horizontal se podía ver, invertidas, las piernas de las chicas que pasaban por la acera de Colmena.

La sombra que inquietara tanto a Ojeda, bebía solitaria al fondo del bar. Era Martín Adán, a quien meses atrás Juan y yo habíamos seguido durante un día entero por el centro de Lima, sin atrevernos a abordarlo. Tenía fama de no soportar a nadie. Aquí mismo, en otras oportunidades, muchos escritores que intentaron acercársele habían sido repelidos con un “déjame vivir” pronunciado sin levantar la mirada. De modo que no nos hacíamos ilusiones al respecto; bebíamos simplemente ebrios de placer, sabiendo que lo sagrado estaba allí, al fondo del bar.

RITO DE SELECCIÓN

Después de beberse dos cervezas y meditar en público, Martín Adán se dispuso a salir. Nos pusimos en guardia para verlo mejor. Al llegar a nuestro lado se detuvo y nos agarró de sorpresa: Martín Adán, ¿Puede sentarse en vuestra mesa?, dijo con voz temblorosa y cargada de tiempo. Como por un acto reflejo, cada uno de nosotros tenía una silla en la mano. ¡Ajjj! Dijo y se sentó sin hacernos mucho caso.

Su presencia entre nosotros, así de sopetón, nos cortó el aliento. Nadie dijo nada; esperábamos su ´palabra. Después de minutos tensos, el poeta de los modales afectados empujó su silla para atrás y ensayando una mirada a lo Nietzche, le dijo: Martín Adán ¿Qué fue de Aloysius Acker?, aludiendo a su famoso poema. Adán no respondió de inmediato. Posó una mano regosdeta sobre la mesa y dijo: Jovencito, no me gusta tu mirada, ¿puedes retirarte? Ante el peso de esas palabras no hicimos nada por retener al amigo. Somos jóvenes poetas, tanteó David Motta. Adán lo caló desde muy lejos: Gordito, pareces muy feliz, debes ser empleado bancario, ¿puedes retirarte? El pedido fue tan implacable que el buen David tuvo que retirarse, diciéndonos que se iba a leer a Martín Adán.

Poesía se está de fuera:/ Poesía es una quimera/ Que oye ya a la vez y al dios/ Poesía no dice nada:/ Poesía se está callada/ escuchando su propia voz. Petrificados, atontados y célebres a nuestro modo, no sabíamos que hacer. El rostro de Ojeda estaba sudoroso, sin embargo él aguardaba incólume, afincado en su propia realidad. De pronto, Martín Adán deslizó unas palabras: Bueno, beberemos –dijo- Pero nada de literatura.

RITO DE PURIFICACIÓN/ EL SIGNO DE LOS DEDOS

Si no es de literatura ¿de qué se podía hablar? Funesto el mar de eternos elementos, morada del linaje/ humano:/ Oscuras cuevas, huesos de marsopa, obstinados helechos/ crecen/ interminables en las ribas.- Bebíamos y hablábamos dando rodeos a la literatura. Ese era el pacto. Alargamos la noche acariciando nuestra fortuna. No mencionamos nuestros proyectos. No podíamos hacerlo en su presencia, ya que cualquier proyecto literario, escencial o político sería minúsculo ante ese portento de conocimientos y experiencia que poco a poco, ante la contundencia de los ttragos, empezaba a ceder. Ojeda tenía la mirada centellante y lo cabellos encrespados, hora en que su talento, exacerbado por el alcohol, se tornó temerario. ¡Martinica! –gritó- haciendo un signo obsceno con los dedos. ¿Es cierto que te gusta?. El rostro de Adán se iluminó desmesuradamente dejando a la intemperie una barba de semanas. Muchacho –dijo-, te estás humanizando. Pero si te interesa saber, aún no lo he probado. Pero no me lo pierdo antes de morir. Entonces fue la carcajada unánime, el puro y limpio jolgorio y las chocaditas de vasos. A partir de ese momento Adán era uno mas en la mesa.

Cuando “Palermo” cerró pasamos al “Chino-chino”, el famoso bar de al frente, a sugerencia de Adán.

RITO DE COMUNIÓN/ EL ASERRÍN

La del “Chino-chino” era una fauna diferente a la del “Palermo”. Bebedores encallecidos, artistas radicales y ex putas mendicantes mezcladas con merodeadores, armaban un barullo atroz. Seguimos a Adán hasta una mesa que él eligió en un apartado. He oído las voces, he oído los clamores / absurdamente sostenidos como en una feria. / He comprendido el propósito y la argucia, / y todas las cosas hacia atrás revolviéndose. / El dolo preside en el consejo de los hombres, y sólo / la futilidad. (J.O.) Una vez sentados y a buen recaudo, Ojeda prosiguió con su interpretación de La rama florida de Fraser, iniciada en el Palermo. Decía que Occidente se había extraviado en su racionalidad, extraviando a su vez al espíritu. Adán recitó varios cantos de El paraíso perdido de Milton. Juan respondió con La Ilíada. Y de este modo se inició un contrapunto, que jamás he vuelto a oir, y cuya resplandescencia aún me anonada en mis días de carencia. De Homero pasaron facilito a Virgilio; de Virgilio a Dante, deteniéndose en Las confesiones de San Agustín. La Edad Media efectivamente tenía «olores a establo y pedrería». Erasmo, el de Rotterdam, paseando sus ojos entre los monjes benedictinos. Bacon arremetiendo con su Instauratio magna. Había cierto candor en las cruzadas que libraba el hombre por poseer el conocimiento, cruzadas que algunos hombres pagaban con sus vidas. Si, existía una línea directa que venía de Ítaca hasta Dublín, donde deambulaba Leopoldo Bloon. Yoas, dijo Adán, desembarcándome de una tímida perorata. Porque en mis clases de Literatura inglesa con Paco Carrillo decíamos “Yois”. La evocación en Proust era el desarrollo del espíritu, mientras que para Artaud la cultura occidental era el veneno del espíritu.

Sin damos cuenta, estábamos al borde del amanecer. Ojeda quería música. Cargamos con Martín Adán. Juan de un brazo y yo del otro, nos lo llevamos a La llegada, que quedaba exactamente a la espalda del “Palermo”, en el Jirón Apurímac. De allí pasamos al “Muymuycito”, un minúsculo bar en Azángaro, en la misma cuadra de la librería de don Juan Mejía Baca, donde había una rockola increíble: Ray Connif, La Sonora Matancera, Juan Sebastián Bach y toda la lloronada de los valses criollos. Allí Ojeda hizo otra de sus proezas: Sacudiéndose de los conocimientos, puso una guaracha y sacó a bailar a Martín Adán. Antes había visto bailar a Juan, pero aquello era un ritual sagrado. Siempre con su terno impecable y la mirada celebrando a su pareja, bailaba con mucho ritmo, y le decía el aserrín, Martín, el aserrín. Fue entonces que Goyo y yo comprendimos que entre ellos se había establecido una comunión que de algún modo los separaba de nosotros, sin excluirnos.

EL CHINO LAY / MI “MATRIMONIO”

Cuando despertamos, estábamos en Casa de las Américas, que así llamábamos a la casa de Goyo porque estaba ubicada en la cuadra dos de la avenida Las Américas, en Balconcillo. Martín Adán no había cerrado los ojos, ni los cerró en todo el tiempo que estuvo con nosotros. Desde su viejo sillón nos dijo: Muchachos, cómo se destruyen durmiendo. Era las tres de la tarde y sobre Lima caía un invierno feroz. Nos fuimos a la cebichería del chino Lay. Allí nos contó la historia de Aloysius Acker y toda su mitología personal.

El viaje que hiciera a Arequipa “solo para cojudear a la burguesía arequipeña”, cuando fue enviado por su tío José Luis Bustamante y Rivero para presidir el directorio del Banco Hipotecario, cargo que dejó al día siguiente de asumirlo. Nos dijo que Piérola había vaticinado, con la mano en la cabeza del recién nacido Fernando Belaúnde, que éste llegaría a ser dos veces presidente del Perú. Fernandito, Fernandito, repetía.

En la cebichería atendía una muchacha muy agraciada. Al ver que yo la cortejaba, Adán me animaba diciéndome que el amor era bueno para la poesía pero no para para la felicidad. Como yo me acercaba cargosamente para decirle mi linda y andina Rita de junco y cuculí, en una de esas, el Chino Lay me preguntó si el caballero no era Martín Adán. Yo le dije que sí y desapareció violentamente. Al rato volvió, y para nuestra sorpresa depositó sobre la mesa todos los libros de Martín Adán, diciéndole: Maestro, una firmita. Adán lo miró con asombro. ¡Oriental! – le dijo-, ¿quieres recitarme a Li Po? Para usted, en cantonés – repuso Lay -. Y pronunció unos versos que luego tradujo para nosotros. Adán se puso de pie, lo abrazó y le dijo llama a la muchacha, la vamos a desposar con este mancebo, señalándome. Lay llamó a María y Martín celebró nuestra “boda”.

Ojeda, que nunca hablaba de su propia poesía, empezó a recitar Elogio de los navegantes. Adán lo escuchaba muy atento, mientras Lay traía más cervezas. Esto es de la casa, decía. Cuando Juan terminó hubo un cerrado aplauso, y Adán muy sorprendido y le dijo muchacho, ¿de dónde me sacaste eso?. Yo me lancé con La mano desasida y Adán volvió al Ulises. Ojeda decía que habría que escribirse un extenso poema con la misma estructura y densidad de El capital. Goyo irrumpió con Vine a Comala porque mi madre me dijo que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Paramo… Así nos pasamos toda la tarde y completamente ebrios regresamos a la casa de Goyo llevando más cerveza.

DIARIO DE POETA

Al día siguiente nos despertamos adoloridos. Adán yacía en su sillón, fresco y con la misma mirada del día anterior. De inmediato nos fuimos a lo de Lay. A Goyo se le habían agotado los dineros y habló con Lay para pagarle después. Adán dijo que no, que ese día pagaba él. Desabotonó su viejo abrigo mugriento. Adentro llevaba otro, de color azul y relativamente nuevo. De él sacó dos libretitas de forro negro. Una contenía un fajo de billetes de 50 soles, y la otra estaba totalmente escrita. Era Diario de poeta y empezó a leernos. Recuerdo un verso que me marcó: “Dios es tan simple como un perro que mea”. Como es de dominio de los iniciados, los dioses también son mortales: Nada hay en los dominios frescos / del sueño o la vigila. / Así / he considerado con indiferencia mi vida, / y debemos marcharnos. (J.O)

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2 comentario

Héctor Efraín Rojas agosto 21, 2017 - 3:39 am

HERMOSO RECORRIDO!…grandeza de Chacho Martínez, Goyo, Martín Adán y JUAN OJEDA! dicen que también CHACHO asistía a LA HUERTA PERDIDA.

WILFREDO HERENCIA agosto 22, 2017 - 1:49 pm

Fabulosa historia, fabulosa travesía. Una pena, estamos sin ellos estos días. Pero qué bien estarán todos, allá, en la morada de los dioses, inundando de poesía y del buen licor. Salud…!!!

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