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Take the money and run | Miguel Ángel Malpica

por Verboser

Miguel Ángel Malpica (Jauja, 1994) Estudiante de Filosofía de la UNMSM. Ganador del concurso «Terminemos el Cuento», «Ruta Quetzal» y finalista de «El cuento de las mil palabras». Ha publicado reseñas y artículos en las revistas Letras y ExTinta. 

 

TAKE THE MONEY AND RUN

Tal vez eso que llamaba esperanza consistía en tener un poquito de fe en que la lluvia volvería a mojar el césped, que lo perdido en la noche aparecería en la mañana, y que lo dicho mientras amábamos aguantase la desesperación, la costumbre, los golpes bajos o la muerte. Al menos eso creía mi padre antes de morir, mientras agonizaba, e incluso en los momentos más difíciles de su vida, de nuestras vidas: cuando mi madre nos abandonó, el primer día del cáncer que sufrió y el despido masivo de empleados del Estado cuando Fujimori. Llegué a creer que el dolor no era quien cargaba sobre mi padre sus pesadas andas y que más bien era él quien depositaba sobre el dolor la ignominia de haber padecido lo que padeció sin flaquear ni un minuto. Cuando se cayó del andamio de un cuarto piso mientras pintaba la superficie de una pared supuse, creí tener, sino la seguridad al menos la expectativa, de que mi padre desandaría todo lo que había recorrido a base de estoicismo y que postrado en la cama del hospital le increparía a Dios de una vez y para siempre todo lo vivido y por vivir. No obstante, me apretó la mano y me pidió que no cobrara ninguna prima por accidente, aduciendo e inculpándose a la vez que suya fue la culpa del accidente.

No me rebajé a su invalidez, a su carácter cristiano,  y si alguna vez había soñado con zafarme y cortar con las actitudes de mi padre, esta sería la ocasión no solo de librarme yo sino también de resarcir a mi padre. Reclamé la prima por accidente, pero también tuve el arrojo de exigir, en el peor de los casos, una prima por defunción. Me prometieron la prima, e incluso me ofrecieron un cachuelo, que a la par de servirme como sustento me entretendría los días, las semanas o los meses que el gerente de la Empresa demoraría en firmar el cheque de la prima.

Mi trabajo, simple y llanamente, consistía en importunar a las personas depositando volantes publicitarios en sus casas o, deteniéndoles en plena calle,  ofrecerles amablemente un volante. No diré que muchas veces fui rechazado, solo que me esquivaban y yo los esquivaba a ellos. Lo sencillo, y fue a lo que me dediqué con meticulosidad, era depositarlos en sus casas, de dos en dos o de tres en tres. O a veces, de puro entusiasmo, llenar la entrada de sus casas o sus jardines de puro volante sobre la calvicie prematura y su solución o sobre pañales para adultos. Si me descubrían las empleadas, corría un par de cuadras y tachaba esa calle por cuatro días. Si eran perros los que olfateaban mis intenciones y salían salvajes a enseñarme sus dientes, buscaba una piedra y trataba de quiñarlos, mientras depositaba por  montones volantes sobre la Iglesia de los Santos de Los Últimos Días, o sobre algún político aprista. Pero lo rutinario era tener un día de trabajo de lo más sereno y apacible, con puertas lo suficientemente anchas como para dejar más de un volante, calles sumamente tranquilas y limpias como para caminar con desparpajo o amas de casa sensibles a mi labor y que con una sonrisa recibían mis volantes sobre lo último en  perfumes franceses. No exigía mucho, tampoco me exigían mucho. Solo me ocupaba de mi zona, a la que de tanto recorrer había intuido como un cuadrado perfecto, con limites casi simétricos e inviolables por cualquier forma circular o deformidad parabólica, que comenzaba en la avenida Pardo y terminaba en la avenida Angamos como fronteras laterales, abarcando desde la avenida Arequipa hasta el malecón Cisneros con dirección al mar. Era mi territorio, era mi trabajo, era yo todo un volantero. Y llevaba gorrita contra el sol.

Pero mis problemas surgieron cuando crucé la delgada línea que separaba mi zona de otras, sin saber que estas ya tenían un volantero y que incurrir en aquella práctica era como acostarse con la mujer del prójimo.  Los días anteriores había tachado varias calles hostiles, había esquivado al personal de Serenazgo, y había marcado las casas donde habían descubierto quien ensuciaba sus entradas con volantes sobre hoteles al paso o pollerías angurrientas, redoblando su seguridad. Angustiado por cobrar mi jornal, apurado por la necesidad de acabar con mis volantes, crucé mis fronteras e invadí territorio desconocido. Cuando ya llevaba buen trecho repartiendo mis volantes, lo vi, lo reconocí y me asusté. Llevábamos el mismo maletín repleto de volantes, vestíamos el mismo y vergonzoso uniforme que consistía en un polo que promocionaba leche en polvo, e incluso llegué a adivinar  en sus ojos los pecados que todo volantero alguna vez en esta noble labor había cometido, como vaciar nuestro maletín en un tacho de basura o subir a una combi y dejar los volantes debajo de un asiento.

Empecé a retroceder con calma, intentando delatar en mis pasos alguna equivocación que diera a entender a mi colega volantero que había invadido su zona por error de novato.  Al día siguiente encontré mi zona llena de volantes, miles, como pica picas de una fiesta a la que no había sido invitado, que ensuciaban las calles, diseminados con desenfreno, formando masas amorfas en las puertas y jardines de las casas. Vacié mi maletín en el malecón y me largué. Aún la laboriosidad, el sentido del deber de mi padre trataban de influir en mis actos, haciéndome pensar en qué haría él en mi lugar. Le compré una corbata azul, y fui a visitarlo al hospital. Estuve con él 3 horas y 15 minutos, viéndolo como, inmovilizado, trataba de moverse: como un insecto que cae de espaldas y trata de volver a su posición erguida con lástima y excesivo dolor físico y moral. La imagen de mi padre interpretando a un insecto me produjo vértigo y determinación. Al día siguiente recogí mis volantes y un maletín más, lleno de volantes de los que nadie nunca quiere repartir: de sex shops y burdeles baratos. Y llené las calles y casas de mi colega volantero con los más sucios volantes que óptimamente debieron ser repartidos por las calles de La Victoria o de Surquillo a cierto público y a cierta hora, donde un mercado potencial recibiría con los brazos abiertos esos volantes, pero que en las calles beatas de Miraflores resultaban escandalosas y perturbadoras. Logré ver como una señora, que parecía haberse maquillado con formol, abrir su puerta, levantar un volante y proferir un grito meramente católico. Minutos después, Serenazgo interceptaba a mi colega volantero, que recién iniciaba su labor. Volví a mi zona y trabajé con entusiasmo, diría yo con ahínco. No imaginaba que este trabajo, como muchos, tenía un gremio, o dicho y nunca mejor expresado, una secta, basada en principios de camaradería y respeto, y que cuyos agremiados perpetrarían sobre mí los peores ultrajes del oficio de volantero.

Los días que siguieron a mi vendetta, empecé a ver como se reducía mi zona, con casas invadidas con volantes ajenos, que siguiendo una metástasis avanzaban, cercándome y restringiendo mi radio de acción a una zona imaginaria que ahora la intuía como una protuberancia ovalada, con ángulos accidentados y toscos. No bien doblaba una esquina, encontraba a un colega repartiendo sus volantes con serenidad en mi zona, en mis calles, bajo mis árboles, siendo amenazado por los mismos perros que yo quiñé a puro pulso. Un día el supervisor de la Empresa me encontró llenando una casa con varios puñados de volantes que no había alcanzado a repartir. Me obligó, so pena de despido, a tocar la puerta, pedir perdón, recoger mis volantes y repartirlos de uno en uno. Pero no eran mis colegas los verdaderos enemigos, ni aun lo era el supervisor. La amenaza real era Serenazgo que, alertado por los vecinos, patrullaban las calles con celo. Vi cómo detenían a varios colegas, quitándoles el maletín, sacudiéndolos a empujones, y luego ser llevados seguramente para ficharlos y levantarles un prontuario. Al día siguiente la Empresa los reemplazaba, y a ellos los mandaban a otros distritos como El Agustino o Comas, por lo que todos evitábamos ser detenidos. Los tiempos cambiaban, las calles eran cercadas con rejas y guachimanes rudos, las pistas se llenaban con más y más autos. El oficio de volantero iba a morir con el advenimiento del nuevo siglo, pero se iba a morir de a poquitos. Un día subí a una combi, dejé mis volantes debajo del asiento y fui a visitar a mi padre. Ya lo habían operado dos veces, y si se necesitaba una tercera el seguro ya no la cubriría. Pero a pesar de eso, del quirófano y las drogas contra el dolor, parecía haber rejuvenecido muchos años, pues su rostro mostraba una palidez que lo hacía joven. Era la palidez de la muerte.

-Tu madre se fue porque tenía miedo de ser madre -me dijo, apretándome la mano-. Había intentado abortar varias veces sin decirme nada. Claro, cómo decirle algo a un borracho. Cuando me enteré, la amenacé con matarla si abortaba. Aguantó los ocho meses, y cuando naciste, te dejó en la casa de tu abuela. Nunca alcancé a pedirle perdón por amenazarla, o por haberla embarazado.

Una semana después mi padre falleció. Y si yo quería sacar su cuerpo del hospital, tenía que pagar algunos gastos extras, no obstante, ahora sí podía exigir una prima por defunción, que me alcanzaría para pagar lo del hospital y comenzar un nueva vida en la selva. Pero me cerraron la puerta en la cara, sacándome a empujones, después de agarrarle el cuello al encargado de Recursos Humanos tras enterarme que alguien había cobrado el cheque de la prima. Les reventé un par de lunas a los autos que tenían el logo de la Empresa y fui a recoger mis volantes. Pedí cuatro maletines más y salí en busca de mi colega volantero. Lo encontré descansando a la sombra de un busto de Julio Ramón Ribeyro, y sin desperdiciar ni un minuto, me abalancé sobre él, tumbándolo con golpes certeros en los pulmones y en la cabeza, mientras trataba al instante de desgajarle los dientes. Le vacié los bolsillos y le vacié los maletines, que contenían unos volantes recién impresos y que aún tenían la tinta fresca y sus esquinas filudas. Fue como ver una pequeña lluvia de guillettes. Lo mismo hice con dos colegas más, que descansaban cerca del malecón. Con el dinero que les quité, saqué el cuerpo de mi padre del hospital, y me fui a la selva, tratando de huir con dignidad, como un héroe abofeteado.

Siempre tuve miedo de ser como mi padre, de tener un poquito de fe, de ser dominado por algo que no conociera pero que al final me obligara a esperar con mansedumbre eso que mi padre llamaba esperanza y que consistía en aguantar, aguantar y aguantar, y que tal vez era la paz de los vencidos.

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