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Retablo: los andes íntimos

por Verboser

Por: Javier Baldeón Osorio 

En una de sus escenas, Retablo muestra a un adolescente que se explaya acerca de todo lo que le gustaría hacer con una mujer mientras monta morbosamente unos puercos. Sus palabras son en quechua y el gran promedio de espectadores seguramente deberá recurrir a los subtítulos para entenderlas. Y no obstante, el modo en que las dice conserva una cruda familiaridad que espanta o arranca risas nerviosas en el cine. El discurso desbocado del muchacho en un porquerizo de las alturas ayacuchanas podría ser el de cualquiera en Lima u otra ciudad de la región, de clase media o popular, de padres andinos o criollos. Esa avidez por someter a través del sexo suena similar en cualquier lenguaje. Retablo trata un tema que, por transversal, nos interpela desde el principio.

Su mayor mérito es convertir Ayacucho en un espacio cercano, incluso íntimo. En los primeros planos de la película vemos al aprendiz de artesano, cuyos ojos cubre su padre, intentando describir a una familia que luego representarán en un Retablo. La película no solo nos instala de inmediato en la subjetividad de Segundo (Junior Béjar Roca), desde cuya perspectiva se narra la historia. Nos pide empatizar con su sensibilidad artística, con esa mirada que por definición enfrenta al mundo escindiendo la norma, y que en la película se encarna muy bien en el personaje de Noé (Amiel Cayo), su padre, a quien poco después vemos en el taller ensañándole el oficio y el dedicado amor que siente por su trabajo. Y luego el contraste: ambos personajes observan el brutal castigo que reciben dos abigeos en la plaza. La película está llena de esas brillantes y pequeñas dicotomías. Si la tradición expresa su forma más bella en cada Retablo, esta también reserva un lugar siniestro para quien ose transgredir sus reglas. Al espacio libre y privado del taller, se le opone el escarmiento público de la plaza.

Es otro gran mérito Retablo: la sociedad que nos muestra no está llena de esa gratuita simpatía con la que vemos representado el mundo andino en otras películas peruanas de circuito masivo. No está llena de esos momentos edulcorados que en Paloma de papel (2003) buscaban mostrarnos un pueblito idílico en Ayacucho hasta antes de la llegada de los terroristas. Tampoco está esa mirada que nos dibuja la sierra como un paraje exótico u olvidado. Como en Made in Usa (2006), donde una festividad andina servía para hablarnos de un ritual que, entre otras cosas, permitía a un hombre cumplir la fantasía de poseer sexualmente a su hija. O como incluso sucede en la más reciente Wiñaypacha (2017), cuyo afán por explicar cada costumbre de sus personajes (¿había que preocuparse tanto por el público foráneo?) por momentos casi asfixiaba la historia. Aunque cabrían más ejemplos y matices, en casi todos los casos la sierra aparece como un lugar lejano y apenas explorado que, o bien debe ser explicado en clave antropológica, o se vuelve materia para fantasear libremente acerca de una otredad que nos maravilla o repele.

Retablo esquiva con fortuna varios clichés e instala con natural familiaridad el escenario serrano. Están allí las festividades, las calles angostas de Huamanga, el impagable cielo ayacuchano, sus iglesias inacabables o sus coloridos mercados de artesanías. Y ninguno de estos elementos se halla divorciado de lo que es central en la película. Ayacucho y el paisaje andino solo cobran sentido cuando son funcionales a una historia cuyo dramatismo no está circunscrito a lo local.  Retablo no problematiza los Andes por aquello que es diferente. Nos cuenta cómo se manifiestan allí nuestras taras comunes. También nuestras estrategias de salvación.

Tras descubrir el secreto de su padre, vemos a Segundo deambulando con una rigidez lacónica que expresa muy bien la amargura contenida del personaje. Se ha ido de él la deslumbrada admiración que le dirigía al principio. Observa en cambio con simpatía la violencia con la que se miden sus pares, la agresiva vitalidad con la que revelan orgullosos su hombría. Y nuevamente el contraste: Su padre intentado limpiar de su espalda una vergüenza que lo carcome. Precisamente como si se tratara de un Retablo, la película abunda en gestos sutiles, en esas pequeñas expresiones visuales que ahondan la historia mejor que cualquier diálogo explicativo. La escena crucial mantiene esa estrategia: Segundo está ebrio, en el umbral de la habitación de la muchacha que le gusta. Ha ido hasta allí porque quiere probar su virilidad en ella. La decisión que toma no incide directamente en el resto de la película, pero define al personaje, al tipo de hombre que este finalmente ha decidido ser

En más de una entrevista, el director Álvaro Delgado Aparicio ha contado que originalmente no pensó el quechua como la lengua principal del largometraje. De hecho, Delgado ni siquiera conoce el idioma. Fue Magaly Solier (también de notable actuación) quien propuso el cambio, pues era la lengua materna de ella y de la mayoría de actores. Fue un espectacular acierto. Esa pequeña apropiación de la película por parte del elenco parece explicar la genuina autenticidad que impregna cada escena. Quizás hagan falta más propuestas así, con actores locales que generen mayor agencia en sus personajes y maticen un poco el tipo de representaciones que aparecen como rótulos para ciertos escenarios del Perú (pues quienes realizan y dirigen películas usualmente no provienen de los escenarios que estas muestran). Por la razones que fueran, Retablo.es una película notable. Sobra decir que deberíamos verla todos.

Sinopsis: La película se centra en Segundo, un joven ayacuchano, a quien Noé, su padre, enseña el oficio familiar de construir retablos. Durante un viaje para vender sus productos se descubre un secreto que hará añicos la vida de la familia.

Director: Alvaro Delgado Aparicio

Actores: Magaly Solier, Amiel Cayo, Junior Béjar, Mauro Chuchón.

Mira el trailer aquí:

 

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