Inicio Entrevistas Manuel Fernández: «Yo no me siento de ninguna generación en particular»

Manuel Fernández: «Yo no me siento de ninguna generación en particular»

por Verboser

Con una trilogía ya publicada, conoce los pensares, las manías y el proceso creativo de Manuel Fernández en esta entrevista a profundidad.

Ximena López Bustamante
Comunicadora
@ximenalb

Primer sábado de marzo. Un amable portero me deja pasar, intercambiamos sonrisas de bienvenida – imagino la habitualidad con la que el escritor del 203 recibe visitas-. Sin mucha espera, Manuel Fernández (Lima,1976), lingüista de profesión y autor de poemarios como Octubre (Estruendomudo, 2006), La Marcha del Polen (Estruendomudo, 2013) y Procesos Autónomos (Estruendomudo, 2016) me abre la puerta.
Me reciben el poeta e Ignacio, su hijo mayor. Lleva puestas unas sandalias negras, de diario –se ven muy cómodas-, un short de buzo aún más cómodo y un polo negro, un tanto discreto excepto por la colorida calavera mexicana estampada en el medio.

Contextualizando Procesos

Empecemos con un tema biográfico. A través de la experiencia y los procesos históricos acontecidos, es notable la recurrencia de escenarios urbanos en tus tres libros. ¿De qué manera la oscura época de los 80’s en la historia del Perú afectó a tu familia? ¿En qué medida marcó tu vida?

  • Afectó a todos, a mí, a mi familia, a mis familiares más cercanos, afectó a mi barrio, al país entero. Afectó dramáticamente a mi familia. Hay un antes y un después. Hay un drástico empobrecimiento económico en casa, tiempo después todo mi barrio lo tenía. Hay un empobrecimiento que después, incluso, sale de lo puramente económico y pasa a niveles morales, institucionales, anímicos… O sea, somos de alguna manera una “generación” a la que le cuesta hacer las paces con las tragedias de esos tiempos, las de sus padres, las del entorno, etc. Hay otras personas que no perdonan a la política todavía. Conozco mucha gente a la que no le interesa la política. Bueno, yo creo que es una forma de negar también lo que vivieron. Además, la política está ahí, no va a desaparecer porque no la consumamos. Las decisiones políticas finalmente nos van a alcanzar. Sin embargo, hay un grueso grande de gente que vivió esa época y siente que puede obviar y seguir adelante con sus vidas, comiéndose esa parte del discurso neoliberal -creyendo que uno(a) es emprendedor(a) y que no necesita de más nada-, olvidándose de las buenas políticas y la participación ciudadana.

¿Manuel Fernández ya se reconcilió con la política del Perú?

  • Yo sí, con lo único que nunca me voy a reconciliar es con el APRA. (Risas). Es decir, soy un ciudadano, me informo de mi coyuntura, tengo un ejercicio político, me involucro en las futuras decisiones de mi realidad, ser ciudadano no es así nomás. La política no es el problema, el problema es el APRA.

¿Cuál es tu relación con la izquierda actual?

  • Mmm, no sé. No soy, ni he sido militante de ningún partido político. En realidad, no sé cuál es mi relación con la izquierda porque ni siquiera sé cuál es la izquierda ahora. Lo único que tengo claro es que entre el 83 y el 89, tuvimos un partido de izquierda real, la Izquierda Unida. Después de eso, yo ya no creo en nada.

Unos cuadros sobre la Revolución China de 1949 adornan el departamento. También conocida como la Revolución Comunista China, suceso histórico en el que resaltaron nombres como Mao Tse- Tung, líder del Partido Comunista de China (PCCh), entre otros, absorben nuestra atención un momento y Manuel me cuenta que un allegado suyo se los trajo de China hace algún tiempo. Dice tenerles mucho aprecio; especialmente al cuadro donde aparece Mao. -La fotografía puede ser con ese cuadro-, me señala.

¿Cómo se logra, de algún modo, embellecer el caos y el terror que significa la violencia para el Perú en tu poética?

  • No lo sé. No sé si exista alguna forma correcta de embellecer. Tal vez tratar de retratarlo tal cual, sin el dramatismo, de repente, de alguien a quien le pueda ser ajeno. Sin que sea la mirada de otro la que descubre, sino simplemente darle a ese suceso cotidiano algunas pinceladas de humanidad. Hubo un momento en los 80’s, en el que la violencia, la escasez, la miseria, se volvieron cotidianos; en que las relaciones personales se volvieron precarias, me refiero a relaciones como amistad, solidaridad, empatía. Hubo un momento en el cual había muy poco y por ese poco, había que pelear.
    Entonces, yo siento que si alguien ha vivido esos tiempos y lo puede retratar, es probable que en el fondo para otros que también vivieron lo mismo, esto pueda ser bello. Poetizar esas situaciones desesperantes puede que sea lo que lo hace bello, no lo sé.

Centrémonos un poco más a fondo en tu último libro, Procesos Autónomos, ¿Cómo evolucionó la idea origen?

  • Primero que este libro lo escribí en diez años, tal y como lo cuento al inicio. Perdí todos mis textos del computador, no es broma, de verdad pasó. Afortunadamente, recuperé todo en Compu Palace. Son unos capos esos huevones (Ríe). Bueno, la intención fue construir diez textos sobre la historia política, la sociedad, nuestro pasado más reciente. Al final quedaron siete de los diez poemas iniciales. Mi intención fue hacer un poemario con estructura de tesis para enmendarme con la academia por mi mal rendimiento como universitario, porque yo me gradué con Fujimori pues, bachiller automático.

¿Sabes qué poema me llevó a pensar que podía hacer algo así como lo que tenía más o menos pensado? -, pregunta.
«El poema SALMO de En los Extramuros del mundo (1971) de Enrique Verástegui, que tiene dos notas de a pie, me hizo pensar que todo era posible. Primera vez que veía notas de a pie en un poema. Me loqueó pues. (Sonríe). La idea poco a poco fue tomando forma. Mi esperanza es que se leyera en secciones donde se sienta la ciudad, la arquitectura, el espacio; en otro lenguaje, y en otras ciertas cuestiones religiosas. Posteriormente, hice un poema de política, sobre la izquierda, que lo llamé ‘Procesos Autónomos’, que es finalmente el último poema del último capítulo, el cual tiene tres secciones. Y así, quería ir poniendo cine y otros espacios culturales que se vieron afectados también en ese entonces. Claro que este último tema lo tuve que sacar del plan, ya que desarticulaba el discurso original del libro».

Tras esta confesión, me parece apropiado preguntarle sobre su relación con Hora Zero (1970) y otros grupos poéticos del medio. Manuel junta los labios, absorbe una bocanada de aire y responde: “Bueno, yo soy respetuoso con la tradición, creo que hay una tradición importante. En los 70’s lo que más me gusta es Verástegui, Cisneros, etc. Hay otros grupos poéticos que aparecieron después, por ejemplo, yo estudié con algunos integrantes del grupo Inmanencia (1998), todos buena onda. De hecho, para mí hay dos poetas fundamentales, que son Eguren y Juan Gonzalo Rose, cada uno en su tiempo. Ojo. Eso no quiere decir que Vallejo no sea buen poeta o Carlos Oquendo de Amat o Carlos Germán Belli, etc. Pero digamos que estos dos poetas son lo que consiguen que me acerque a algo parecido a la reflexión”.  

Falencias de un cronista, aciertos de un poeta

Alonso Borregán fue un cronista semiculto que arribó al Perú en la época de la conquista. Lo sacamos a la luz, ya que Fernández, repetidas veces, lo cita en poemas como Cosas de indios y otros.
En la conquista del Perú, surgen aquellos encargados de documentar lo que pasaba en estas tierras a los europeos. Los españoles que llegaban eran letrados, de la élite española, ellos contaban los sucesos mediante textos denominados crónicas. De este modo, aparecen los cronistas. Estos se clasificaban en cronistas cultos, quienes dominaban la forma y estructura del lenguaje, además tenían nociones acerca de la estructura de un texto. Pero a la par, existió otro grupo que no pertenecía a la élite española, los cronistas semicultos. Soldados, civiles de clase media, curiosos, aventureros…
“En mi último año de Linguística, nos pidieron tema para la pseudotesis, todo el mundo escogía sus libros y yo no tenía ni idea de qué hacer. Hasta que llegó un profesor peruano de Alemania, quien había trabajado en un proyecto de Cronistas semicultos”.
«Mi profesor me comentaba que había mucho para estudiar de estos fenómenos lingüísticos que presentaban las crónicas de los semicultos, en especial de Alonso Borregán”, enfatiza. “Y es que, claro, uno se pone a leer el texto de Borregán y no termina, no sabes cuándo parar, no tiene signos de puntuación, no hila las ideas. Es pura verborrea. Ahora entiendo cuando Porras Barrenechea lo tilda de idiota en Los cronistas del Perú (1962)”, ríe. “Entonces fui conociendo a Borregán y me sentí muy identificado con él, es ahí cuando decidí hacer mi tesis sobre él y lo cronistas semicultos. Claro que titulé mi tesis con un nombre más sensual. Fue algo así como Las estrategias semántico- sintáctico en la crónica semiculta…, ya ni me acuerdo, pero al final nunca hicimos tesis”.
A pesar de no haber finalizado su tesis, el poeta asegura recordar muy bien a aquel torpe personaje de la conquista. “Me quedé también con la sensación de Borregán al llegar a Perú y sentirse afortunado por ser uno de los primeros en tener contacto con una realidad absolutamente nueva y poder tomar nota. Contarlo todo en el papel. El problema es que no tiene cómo, porque son semicultos, no lo van a hacer bien, como se debe. Eso es lo dramático. Cuánta información novedosa se habrá perdido por no tener un buen uso del lenguaje”, puntualiza Manuel mientras agrega una frase final: “Lo mismo pasa ahora, tenemos a periodistas viéndolo todo, pero a nadie contándolo”.

En las conclusiones de Procesos Autónomos, manifiestas entre tantos otros puntos que no hay poesía sin ideas. ¿A qué te refieres?

  • Yo creo que debe haber ideas en el texto, no creo tanto en la creación por la creación o el dejarse llevar. Hay una contraparte del proceso. Tengo la sensación de que un libro responde a una preconcepción, a un querer hacer, o un querer llevar al lector hacia algún lugar. Se me hace complicado pensar en un libro que no haya partido de una idea o de un conjunto de ideas.

Apreciaciones sobre la poesía actual

¿Crees que existe un deber del poeta para con la sociedad?

  • El poeta es un ciudadano, como tal tiene un compromiso con la sociedad. Irrenunciable. Su aporte es mayor, mientras mayor sea su sinceridad. Por lo tanto, los escritores aportan a la sociedad, aún sin querer hacerlo, porque están poniendo sobre la mesa, el debate. Desde su lectura, ya están afectando a un grupo de personas.

¿Qué opinas de las nuevas formas de hacer poesía? Los performers, la contracultura…

  • Ok, puede ser un defecto. Y si lo es, lo asumo como tal. Pero, yo creo en el texto. Creo que la poesía es un texto en donde tus recursos son las palabras, donde le das cierto sentido al lenguaje para un construir. Yo siempre voy a buscar el texto. La performance me parece bonita, sí, pero no me dice nada. Yo me quedo con el texto, tal vez por eso decidí estudiar Lingüística y no Literatura.

¿Cual es tu relación con la crítica? ¿Lees crítica?

  • No leo crítica. Lo que pasa es que cuando pasas por una facultad de Humanidades, entiendes que la crítica es solo lo que se ve en las revistas indexadas académicas, y lo demás es magazine. Y ahorita el pleito es si tenemos críticos o no tenemos críticos, si existe una crítica o no existe una crítica. Pero, reconozco el esfuerzo de la crítica por darle una correcta lectura. Además, ya ni sé en qué grupo generacional me meten cuando me critican.

¿Cómo ubicas tu poética dentro de tu generación?

  • La verdad, yo no creo mucho en la “generación”, porque la generación supone agrupar a la gente bajo qué concepto, por el año en que nacieron o por el año en que publicaron. Ojo que muchos seguimos publicando en el tiempo. El concepto mismo puede ser válido para señalar a un grupo de personas, pero no me gusta mucho ese término. Puede sonar un poco pesado cuando me preguntan sobre mi generación, pero en verdad yo no me siento de ninguna generación en particular. Primero, están los de los noventa, conozco a muchos de ellos personalmente. Como te decía, estudié con algunos. Victoria Guerrero ya estaba más grande pero andaba por ahí, la veía rondando la Facultad. Digamos que este sería mi nicho, aunque yo no publiqué en esa época, comparto con ellos muchos referentes literarios. Después vienen los de los 2000, ahí se me ubica a mí porque publiqué en 2006. Tengo cercanía con los 2000 por la movida inicial de Estruendomudo, junto a Lasso y Pomareda. Con ellos compartía conversaciones de editorial, lecturas del momento, trabajábamos más que todo. No compartía referentes literarios con los 2000, en cambio.

El 8 de junio del 2015 el Ministro de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología del gobierno japonés, Hakubun Shimomura, tuvo una idea feroz, la cual proponía eliminar o reformar las carreras de humanidades para centrarse en las más técnicas, siguiendo la premisa de reactivar la economía de su país. Es así como envió a más de 86 universidades, una carta firmada por el Primer Ministro solicitando lo dicho líneas arriba. Lamentablemente, más de 20 universidades acataron el pedido.  Me pregunto si nuestra vaguedad de ver pasar la desgracia y no hacer nada al respecto, desemboque en tragedias como esa.
Ante esto, profundizamos un poco más en el término Humanidades. Concepto que Fernández emplea en Procesos Autónomos repetidas veces, ya sea para referirse a una columna en la academia, o abarcar -tal vez- el ámbito moral, dentro de lo etérico.
“Me preocupa todo esto, las humanidades poco a poco van de retirada en diversas instituciones tanto nacionales como internacionales. Al trabajar en una universidad y volver a pisar una facultad de Humanidades, ya no como estudiante sino como profesor, me encuentro con un gran problema, no solo en Perú sino a nivel internacional. Y es que las humanidades  están en retirada. Poco a poco los cursos de humanidades van desapareciendo de ciertas mallas profesionales, van desapareciendo de los cursos generales. Incluso, hay universidades que han prescindido de algunas humanidades como la Historia o la Filosofía. Yo creo que, en cualquiera de los casos, es un error. En el mundo profesional no solo prima la técnica, que es aprender algunos trucos, también están las humanidades, las cuales alimentan la capacidad de reflexión, permiten maravillarse con alguno nuevo, con un concepto, con una idea. Idea que nos permite avanzar”.

¿Hasta qué punto crees que la academia pueda deshumanizar al poeta?

  • Hasta el punto de dejarlo como una momia. Recuerdo que cuando ingresé a la universidad, bueno, yo como todos los demás, quería escribir, quería ser poeta, quería ser un artista, quería, quería. Y ahora soy… no sé (ríe un poco). Bueno, y ahora no repiten el mismo discurso, lo van cambiando cada 5, 6 años, pero ahí está al fin y al cabo. Sin embargo, la vocación artística, la vocación literaria que debimos tener en algún momento, murió, se secó, caducó. Yo me salvé, pero he visto casos en los que la biblioteca se comía a personas, morían. La academia los absorbió, y es que claro, la academia hace su labor, te informa y te informa, muchas veces en demasía; pero, un buen lector sabe a qué conocimiento enfrentarse. Uno entra queriendo ser Cormac McCarthy y sale siendo… como yo. Punto para la academia. Risas, risas, risas.

Manuel Fernández, el poeta

Dejando volar un poco la imaginación, ¿Te ves en otro perfil de escritor? Anclándonos en este viejo perfil del escritor bohemio:

  • La verdad nunca he sido muy bohemio, no tengo una gran resistencia al alcohol, necesito dormir más o menos bien. Las aventuras vivenciales etílicas no me atraen mucho. Ese es un modelo importado de Anagrama con las novelas de Bukowski, a partir del 94 al 97 todo el mundo leía Bukowski. Todos querían ser Bukowski, todo querían pelear, tomar, tener sexo casual, violento y ya. Y se olvidaban que además de eso, Bukowski también era buen escritor. Entre todo su caos, tenía disciplina. Él todas las mañanas se levantaba a leer y hacer ejercicios literarios. (Recordemos el poema El incendio de un sueño, en el que da un recuento de sus lecturas y las visitas que hacía a la Biblioteca Pública de Los Angeles). Yo creo en el trabajo. La disciplina es algo plausible. Por ejemplo, yo no tengo una disciplina con horarios a lo Vargas Llosa. Puedo pasar mucho tiempo sin leer ni escribir, no tengo una disciplina constante. Pienso que eso es más de narradores, los narradores se levantan y escriben 2000 palabras al día, sino se pierde, se relaja y es verdad. Yo por eso no escribo narrativa. (Se ríe).

“Me parece más complicado escribir narrativa que poesía. La primera supone trabajo y paciencia; en cambio, con la poesía yo escribo y escribo y si me angustio o algo, lo dejo ahí, luego vuelvo, lo retomo, y así. Tenemos un ritmo. No necesito la bohemia, yo sería feliz, así como estoy”, dice mientras mira a su alrededor… “Todo más Augusto Carrasco, cuánta sensibilidad en ese sujeto”.

Cuando se le preguntó en una entrevista a Ignacio Echevarría sobre cómo escribía sus novelas Roberto Bolaño, el albacea literario del escritor chileno respondió con una anécdota: “Bolaño escribía de noche, con sus auriculares puestos y escuchando canciones de heavy metal”. Es sabido que los escritores, en su mayoría, acogen pequeñas manías o rituales al momento de enfrentarse a la hoja en blanco. Si Bolaño prefería el heavy metal; por el contrario, Juan Ramón Jiménez, prefería el silencio absoluto, así como Fernández.
Es así como Jiménez lo confesó en un artículo llamado Informaciones (Madrid, 1945), donde comentó sus desvíos y manías. Juan Ramón acotó que, incluso, forró de corcho su despacho del piso madrileño donde vivía para poder componer sus poemas tranquilo.
Tal parece que estas excentricidades no forman parte del proceso creativo de Manuel Fernández, quien dice no tener ritual alguno.

Noté un escritorio al entrar, supongo que será el tuyo, ¿Qué tan importante consideras la calma, el silencio para escribir?

  • Sí, es mi escritorio y mi biblioteca. La mayoría de cosas las he escrito de madrugada o de noche. Necesito que todos duerman, que Bomba (su mascota) esté tranquila, que las calles no griten. Nunca he podido concentrarme mucho con la bulla.
    No tengo ese don de periodista, ese que te escribe todo hasta en un pañuelo. Claro que alguien estornuda y todo se va al carajo. (Risas).

Situación que me recuerda al poema aquel de E. Verástegui, que dedica a Fritjof Capra, Visiones místicas en Huanchaco, el cual parece haber sido escrito en un corto periodo de tiempo, mientras Enrique escribía un artículo para el periódico, el sol se oponía y el poema iba naciendo.

¿Qué tipo de lector es Manuel Fernández?

  • No soy un lector voraz. Leo muy lentamente, me demoro. Y me demoro más, si encuentro una frase que me gustó, y regreso, y me gusta otra, y regreso y regreso, y regreso. No tomo apuntes, dejo marcas. Mi buena memoria me ayuda a recordar el porqué de la marca que dejé y retomo la lectura. Muchas veces esas marcas se convierten en inspiración para completar los tres últimos versos de un poema o conectarlos con unos nuevos. Suelo dejar marcas en mis libros, sutiles claro. Pero no los escribo, ni los garabateo, no. Tampoco soy un lector constante, ni ordenado. No soy el típico lector académico que lee por periodos, por etapas, por ismos.

«Recuerdo que tenía amigos que me preguntaban qué leía y, ni bien les respondía, ellos me bombardeaban con sus últimos títulos leídos y los venideros. Yo me preguntaba, en qué momento decodificaban lo leído…»

¿Tienes algunos proyectos en mente?

  • No mucho. Escribo desordenadamente, no tengo nada en específico. Trabajo en poemas más subjetivos, algo más personal. Me gustaría escribir poemas cortos. Poemas de 18 o 25 versos, con un lenguaje más coloquial, sin tanta destrucción verbal. Otra escritura. Volver a la forma en la que uno empezó a escribir. Siento que el lenguaje y la forma de Octubre, La Marcha del Polen y Procesos Autónomos han cumplido ya, su función.

¿Veremos a Fernández publicando narrativa alguna vez?

  • No creo, no creo. Es muy complicado escribir narrativa, el proceso narrativo implica hacer investigación del tiempo, la época, la coyuntura, trabajar en los personajes. Eso significa tener la disciplina de todos los días escribir 2000 palabras, y las ganas. Creo que es una forma que para un poeta puede resultar, incluso, antinatural…

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