Inicio Narrativa Los inocentes | 3 cuentos de Oswaldo Reynoso

Los inocentes | 3 cuentos de Oswaldo Reynoso

por Verboser

Oswaldo Reynoso Díaz (Arequipa, 1931 – Lima, 2016) es un escritor y poeta peruano miembro la denominada generación del ’50 en la literatura peruana -junto a Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Manuel Scorza- que se caracteriza por introducir en la narrativa el neorrealismo urbano, vinculado a los grupos marginales de la sociedad y en las que busca recrear los conflictos que se sitúan en los ambientes duros de Lima. Durante 1966 – 1976, fue parte del ‘Grupo Narración’ congregado por Antonio Gálvez Ronceros, Miguel Gutiérrez (líder e ideólogo del grupo), Gregorio Martínez, Roberto Reyes, entre otros; movimiento trascendental para la narrativa de los 70’s. Es llamado el verdadero transgresor de la literatura peruana, su obra destaca la belleza de la juventud criolla: tierna y agresiva, resaltando la marginalidad que resulta principal en Los Inocentes (1961), desligándose del encadenamiento al que el Perú se veía forzado en formas, estilos y temas procedentes para la época, arrasando con estructuras inservibles; así mismo utiliza la jerga popular y la alta poesía del momento iluminándose entre sí. Pese a que hace más de cincuenta años sus libros fueron rechazados por grandes editoriales, acusándolos de obscenos; hoy siguen penetrando el modo de pensar de jóvenes, escribiendo a ese nivel, cómo uno más de la collera. En el 2013 Oswaldo Reynoso fue condecorado por la Casa de la Literatura Peruana en «reconocimiento a su destacada contribución a la literatura peruana, en cuya obra narrativa coinciden diestramente la prosa refinada y la reivindicación del universo urbano popular”.

‘Cuidado con soltar a Los inocentes entre los jóvenes, pueden empezar a pensar.’
Javier Arévalo.

CARA DE ÁNGEL                                       

I
Febrero. (Un día cualquiera).
2 p.m.

Metió las manos en los bolsillos y fue más hombre que nunca.

“El semáforo es caramelo de menta: exquisitamenta. Ahora, rojo: bola de billar suspendida en el aire”.

El sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo.

“Así me gusta: bajo el sol, triste, y con las manos en los bolsillos. (Sólo los viciosos tienen esa costumbre). ¡Al diablo con la vieja! Con las manos en los bolsillos. Porque quiero. Porque me da la gana”.

Entró por Moquegua al Jirón de la Unión.

“Esa camisa roja que está en la vitrina es bonita, pero cara. Es marca B.V.D. Todas las vitrinas deberían tener espejos. A la gente le gusta mirarse en las vitrinas. A mí, también. El color rojo de la camisa haría resaltar la palidez de mi rostro. Estoy ojeroso: mejor. Tengo el cabello crecido: mucho mejor. Cara de Ángel: sí. Nunca: María Bonita. Ni mucho menos: Mará Félix. Que no se les vuelva a ocurrir llamarme así; porque les saco la mierda. No tengo cara de muchachita. Mi cara es de hombre. En mi rostro ya se vislumbra una pelusilla un poco dorada que, de aquí a tres meses, será una barba tupida y, entonces, usaré gillete. Si los muchachos del billar supieran lo que hice con Gilda, la hermana de Corsario, nunca volverían a llamarme María Bonita. Se prendió de mi cuello mordiéndome la boca. Por broma dije: Mi boca no es manzana dulce. Entonces la mocosa refregó, violentamente, su cuerpo contra el mío. No quiso que le agarrara las piernas. Tan sólo pude estrujarle los senos. Su ropa interior era de nailon: resbaladiza, tibia, sucia, arrecha. Recuerdo que era roja como la camisa de la vitrina. (Rojo es color de serrano, dice Manos Voladoras, el afeminado de la peluquería, entornando los ojos). Con esa camisa mi rostro estaría más pálido. Me compraría un pantalón negro. Me compraría gafas oscuras. Tendría pinta de trasnochador «dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa», como dice Choro Plantado, el borracho de mi cuadra. Y mis diecisiete años, a lo mejor, se transforma en veinte. Ahorititita, le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Está mira que te mira que te mira. Pensará: camisa roja y pichón en cama. Simulo no verlo. Su mirada quema. Seguramente estoy sonrojado. Eso le gusta: inocencia y pecado. Está nervioso. No se atreve a dirigirme la palabra. Clavo mis ojos en los suyos, como jugando, para avergonzarlo. Desvía la mirada. Miro la camisa. Él me mira. Lo miro. Y, él, mira la camisa. Mejor hay que sonreír. Si me voy, él me sigue. Si me quedo, él me habla. ¡Esto es un lío! ¡Un lío! Hace días uno de esos me siguió más de veinte cuadras. No decía nada. Iba detrás de mí: incansable, silencioso, avergonzado. Entré a mi casa. Comí. Salí al cine, con la vieja. Y él, triste, se perdió al llegar a una esquina. ¡Pobrecitos! Parecen perros hambrientos, apaleados, corridos. Pero, ¡qué caray!, uno no puede ser carne de ellos. Por fin se acerca. Habla. Contesto: Sí. Sí, me gusta la camisa… Pero, no lo conozco… ¿Qué? ¿Qué quiere ser mi amigo? ¿Para qué?… ¿Por gusto?, ¿simpatía? No, no lo creo… ¡Ah ya! ¿Obsequiarme la camisa? ¿A cambio de qué?… Ya las paro. ¿A su casa? No, no señor, no, disculpe. Si desea le presento a un amigo… ¿Conmigo? No… ¿a la playa? No, me hace daño el agua salada…  ¿A los ojos? No, al estómago… ¿Al cine? Tampoco. La oscuridad me ahoga. (Con Yoni, sí. Yoni, compañero de clase: loquita: buenas piernas en la oscuridad con chocolate, con fruna. Las piernas de Gilda son mejores. Uno de estos días se las toco). Pierde su tiempo conmigo. Ahí nos vemos”.

Sacó las manos de los bolsillos. Bajó la cabeza. Dio una patada en el aire. Levantó un brazo más arriba de la nuca. Se mordió las uñas. Esbelta y triste quedó su imagen, en relieve, contra el sol. Las tiendas del Jirón de la Unión permanecían cerradas. Poquísimas personas transitaban por el centro de la ciudad. El viento, opaco y caluroso, levantaba hojas de periódicos amarillentas y sucias. La tarde —lenta, sudorosa, repleta de sonidos sordos y lejanos — se levanta la niña. La ciudad soportaba el peso, salvaje y violento, del sol.

“Es una vaina venir por estas calles. Uno siempre se ha de encontrar con locas. Que lo miran. Que lo siguen. Que le hablan. Que le ofrecen hasta el cielo. Y, ¿por qué siempre tienen que mirarme? Mi cara tiene la culpa. Sí: Cara de Ángel. Cuando gano plata en el billar mi vieja cree que ya estoy con uno de esos y, sin averiguar nada, me pega. Hoy me ha pegado. No me quiere. Para ella debo ser ensarte, triple ensarte”.

Metió las manos en los bolsillos y quedó más hombre que nunca.

Elástico y calmo, avanza por el Jirón de la Unión.

“Siempre he sido un tonto. Siempre he querido ser hombre. Pero siempre he fracasado. Tengo miedo de ser cobarde. A los soldados —no sé dónde lo he leído —. Antes de la batalla le dan pisco con pólvora para que sean valientes. En lugar de pólvora, que no puedo conseguir, como fósforos y sigo siendo cobarde, sin embargo. Si uno quiere tener amigos y gilas hay que ser valiente, pendejo. Hay que saber fumar, chupar, jugar, robar, faltar al colegio, sacar plata a maricones y acostarse con putas. He intentado todo, pero siempre me quedo en la mitad, ¿será porque soy cobarde? Mi vieja, también, tiene la culpa. Me trata como si aún continuara siendo niño de teta. Y lo peor del caso es que me trata así delante de los muchachos de la Quinta y me expone a burlas. Siempre tengo que trompearme para demostrarles que soy hombre. El otro día, a las cinco de la tarde, me envió a comprar pan. No quise ir: al Collera estaba en la esquina. (Colorete gritaba enfurecido). Protesté, pero al final, como siempre, se impuso la vieja. Saqué la bici y, pedaleando a todo full, pasé por la esquina. Me vieron. Compré pan. Al volver los vi en la puerta de mi Quinta. Cuando quise entrar, Colorete cogió la bici. Con sonrisa maligna dijo: “Zafa, zafa, no te metas con hombres. Aquí nadies es niñito de casa. Carambola, di: ¿alguna vez has ido a la panadería por mandado de tu vieja? No. Ves. Aquí sólo hay hombres. ¡Hasta cuando no te desahuevas!” Quise pegarle, pero sin darme cuenta dije: “¿Acaso he comprado pan para mi casa? Es para mí. Me gusta comer pan. En las mañanas mi vieja compra para todo el día”. Colorete, poniéndose serio, repuso: dije: “A nosotros también no gusta comer pan”. Y sin darme tiempo, tomó la bolsa y repartió el pan. Comimos, en silencio, sin mirarnos, como si estuviéramos cumpliendo una tarea penosa, colegial, aritmética. Uno a uno los muchachos se fueron. Al final, sólo quedó Colorete. Me asustó con la mirada. Ya no había cólera ni burla en sus ojos: había ternura, extraña, terrible. Cuando se dio cuenta que lo miraba, se avergonzó. Quise darle la mano y decirle: “Te comprendo”. Pero qué difícil es sincerarse sin cebada. Sé que esa tarde Colorete quiso decirme algo, sin embargo, calló: tuvo miedo. Sin decir nada se fue. Esa noche no pude dormir. Resonaban las palabras de la vieja, pobre vieja, pobre: “Ya no sé qué hacer contigo. Toda la plata que te doy te la juegas. Eres un mal hijo. ¿Dónde está el pan? Me vas a matar a colerones”. Esa noche hubiera sido bueno llorar”.

Olor de gasolina en el viento sofocante.

“En estas vitrinas hay relojes, chocolates, esclavas, pantalones americanos, camisas, tabas, ropas de baño. Si uno tuviera plata… Y es bien fácil conseguir dinero. Lo único malo es que la vieja lo averigua todo. “¿De dónde sacaste esa camisa? ¿Quién te la dio?” Y la cantaleta no termina. Hace poco no más, los muchachos del billar, la collera del barrio, planearon el robo de una moto. El trabajito salió como el ajo. El dinero que se consiguió tuvo que gastarse en cine, en carreras, en cebada, en cigarrillos finos. No se puede comprar ropa, para no meterse en pleitos con la vieja. El único que hace lo que le da la gana es Colorete. Grita y se impone y, si el viejo protesta, le saca en cara su negocio, su cantar: el viejo, su viejo es cabrón. Por eso Colorete no sólo roba, sino hasta se vive, públicamente, con un maricón que dicen que es doctor”.

Llega a la Plaza San Martín. El sol opaco y terrible cae sobre los jardines. Obreros, vagos, soldados y marineros duermen en el pasto: sueño sudoroso, biológico, pesado.

“Cómo quisiera estar en la playa: arena; gilas en ropa de baño; carpas de colores, como los circos; espuma; música; olor a mariscos; ojos sedientos de mi cuerpo delgado, elástico y pálido dorado. ¿Y si la Plaza se transformara en playa…? Siento, en no sé dónde, una pereza blanda, como si fuera algodón. Ahora, sube por la garganta y no puedo contener un bostezo delicioso, esperado, que me hace lagrimear. Tengo sueño. Me parezco al gato de la señora vecina cuando se echa patas arriba, hambriento de gata, bajo el sol”.

Medio día. Plaza San Martín: bocinas, pitos, ultimoras, tranvías bulliciosos. El cielo, pesado y ardiente, sofoca. La sangre arde. Cara de Ángel: tendido en el pasto.

“Y si la Plaza fuera un cementerio: cementerio ardiente, sin flores, con muertos enterrados, verticalmente. Entonces vendría el viento marino del Callao y dejaría al ras del suelo cráneos podridos; y los muertos en invierno se juntarían, para no sentir frío; y en verano se echarían en el pasto para que el sol los caliente; y los autos tendrían miedo de atropellarlos; el patrullero, de vez en cuando, les traería comida y emoliente; y en las noches brillarían con los avisos luminosos: mar con botes de colores… Y si los muertos fueran los manifestantes de ayer, hubiera sido formidable que anoche, el Jefe del Partido, encabezando el suicidio colectivo, se hubiera lanzado del balcón, una vez terminado su discurso, y todos, todos, hasta los policías se hubieran muerto y anoche un señor dijo que el Jefe hablaba para la juventud y no entendí nada y a mi papá lo tomaron preso por meterse en política y mi mamá siempre dice que era bueno y que la política lo mató y yo no sé nada de política no me interesa tampoco y quisiera cagar en el palacio del Presidente por gusto por joder y el profesor de historia con la lata de la higuera de Pizarro y que los almagristas lo mataron y que me daba sueño y que me hacía mojar la cabeza y es peligroso dormir con la cara al sol uno quiere despertarse y no puede como si se estuviera muerto y se quisiera resucitar estoy sudando y me gusta el olor de mi cuerpo el olor de las muchachas de mi barrio me arrecha sobre todo en verano tienen olor a pescado a fierro en inverno no se lavan y apestan rico las manos de Gilda olían a marisco a mar las piernas de Gilda buenas buenas buenas esta noche voy a México y no tendré miedo y el viejo si insiste un poco más casi me lleva da asco con viejo pero la camisa roja bonita Colorete es cochino con Yoni tal vez quince días que no me lo toco y parece que revienta con el sol las bolas hacen carambola jardinera dados gigantes que chocan contra el mar siempre siete siete cuando se pierde los senos de Gilda con leche tibia y dulce playa mar ruido olas música azul con verde miel helada con la lengua agridulce retumba en ola en roca el mar roca en agua y ola tumbo en tumbo roca amor en roca Gilda en roca cara sol Yoni mar en cine fruna en mar roca roca en tumbo cara roca mar mar marmarmarmarmar amar amar amaaaaar”.
II
4 p.m. del mismo día

—Que no se escape.
La collera del barrio, bulliciosa, en tropel (manada de cervatillos montaraces), llega al Paseo de la República.
—Cruza, cruza, rápido.
Colorete sujeta del brazo a Cara de Ángel que es llevado a la fuerza.
—Cuidado viene auto. (Se agitan como patos).
Atraviesan la calle y se dirigen a la parte más tupida y oculta del Parque de la Reserva. (Pantalones negros, azules celestes; camisas rojas, negras, amarillas se estremecen delirantes entre ramas verdes).
—Sácale la mierda.
El cielo estaba nublado, sucio, triste. El calor es más intenso. Todos están ahí: Corsario, Natkinkón, el Príncipe, Colorete (el capazote de la collera), el Chino, el Rosquita, Cara de Ángel, Carambola.
—Quítale la plata.
Los cuerpos parecen que tuvieran miel y las camisas se pegan, tibias. El olor agrio y ardiente de las axilas se mezcla, violentamente, con el vaho húmedo y suave del césped. Hay furia. Ganas de quedarse en la mitra del Papa. Cara de Ángel, pálido, no puede hablar: tartamudea. Sabe que Colorete le lleva bronca.
—¡Desahuévalo! (Grita Carambola).
Lejos: autos y tranvías pasan veloces. Cara de Ángel quiere correr, abrazar a su mamá y pedirle perdón por todos los colerones.
—Ya maricón, ¡defiéndete! (Empieza Colorete)
Estaban frente a frente, midiéndose. (Gallitos feroces). Los demás hacen ruedo. (Gallinas atolondradas).
—Éntrale, éntrale sin miedo, María Bonita.
Todos ríen. Cara de Ángel sabe que su rival es cobarde y traidor, que sabe dar buenas chalacas, que tiene una zurda fuerte y mañosa, y sabe defenderse la cara y otras cosas y que, además, cuando se ve perdido, “acaricia con la uña” que siempre carga en el bolsillo.
Hay cólera y odio animales en los ojos grandes y biliosos de Colorete. Transpira, cierra y abre los puños, desesperado. Escupe a un lado y a otro, nerviosamente. Cara de Ángel sigue pálido, con las manos en los bolsillos, esperando el ataque. Trata de explicarse el porqué la bronca que le lleva Colorete. Busca en el recuerdo algún incidente ofensivo; pero lo único que recuerda es que siempre fue bueno con Colorete. O a lo mejor, así como existe simpatía natural, espontánea; existe también odio instintivo, natural, espontáneo. De pronto, algo se quiebra, se desmorona, en su interior y se duele por él, por sus amigos, por su mamá. En el pecho siente un charco helado que lo hiere. Cómo quisiera que, de un momento a otro, Colorete le diera la mano, que los muchachos dijeran: “No te asustes, Cara de Ángel, todo esto es un juego: te queremos”.
—¡Desahuévate, María Bonita! ¡Éntrale!
Colorete se avienta furioso, lo toma por la cintura y cae al piso. Ágil, con las piernas, le hace tenaza en el cuello. El rostro de Cara de Ángel se enrojece y las piernas de Colorete ajustan, nerviosas. Sorpresivamente, Cara de Ángel le toma el brazo y se lo tuerce por la espalda; libera el cuello y aprovecha para montarse sobre su rival. Colorete se encabrita y logra incorporarse botando al suelo a su enemigo.
—Espérate, espérate, María Bonita, me voy a quitar la camisa.
Los contendores se quitan la camisa. Colorete, orgulloso, exhibe su pecho moreno y musculoso; Cara de Ángel, pálido y delgado, se avergüenza. Nuevamente, se trenzan. Ahora, Cara de Ángel está echado boca abajo y Colorete está jinete sobre él, torciéndole el cuello ajustando fuerte, al mismo tiempo, qué, ansioso, mete la cara por los sobacos de su rival y aspira con deleite. (Le gusta el olor de mi cuerpo, piensa Cara de Ángel). Voltea el rostro y lo mira. Los ojos de Colorete ya no tienen furia, tienen un brillo extraño que asusta. Es el mismo brillo y la misma ansiedad que vio en los ojos de Gilda la noche que casi le toca las piernas. Cara de Ángel siente miedo desconocido y oscuro. Hay un vacío vertiginoso en el estómago, como si se estuviera en el último piso del Ministerio de Educación y el asfalto negro de la calle atrajera, irresistiblemente. Desesperadas las manos se prenden al pasto y grita.
—¡Estás armado, mostacero de mierda! ¡Déjame!
Cara de Ángel se incorpora furioso. Los muchachos ríen y hacen cargamontón. Colorete sale sudoroso y ordena que le quiten, a Cara de Ángel, el dinero que les ganó en el cracp. Lo aprisionan y le hurgan los bolsillos, pero no encuentran plata. (Cuando fue el baño escondió entre las medias tres libras).
—No hay nada
—Debe habérselas guardado en los zapatos
Cara de Ángel lucha desesperado, no por el dinero, sino porque tiene los pies sucios, las medias están que apestan y le da vergüenza, en pleno verano cuando todos se bañan y andan limpios. Le preocupa la opinión de Colorete. Piensa: ahora, él, me odiará más, sabrá que soy sucio, que no me gusta lavarme los pies. Por fin, lo dominan y le sacan los zapatos, luego las medias y aparecen tres libras húmedas y hediondas. El Rosquita las lava en la pila. Cara de Ángel ha quedado tendido en el suelo, escondiendo los pies. Colorete lo mira con disimulada ternura y expresivo asco.
—Cochino, sucio, sucio. Te creía limpio. Pero me gustas más así: sucio. Un día de estos te agarro, de verdad.
—Esta noche hay cebada. (Grita el Rosquita).
—Oye tú. Hasta ahora nadie me ha dicho mostacero. Tú acabas de decirlo y eso no lo perdono. Saca los dados. Vas a ver quién es Colorete. Vas a jugar conmigo, conmigo, y quien pierde se la corre, aquí mismo.
Cara de Ángel tiene que aceptar el desafío, de lo contrario, hablarán mal de él.
—Tira, tu primero. Número mayor gana. (Dice Colorete).
Cara de Ángel toma los dados, les echa un poco de saliva y los mueve como si estuviera celebrando culto a una deidad misteriosa, sangrienta. Los deja caes suave; ruedan: marcan diez.
—¡Qué lechero! (Grita Natkinkón).
Colorete recoge los dados. Escupe a uno y otro lado. Cierra los ojos y tira los cubiletes: marcan once.
—Córretela. (Ordena Colorete).
Cara de Ángel se tiende al suelo de costado; quiere llorar. Piensa que ya no podrá ir a México; quince días que se ha contenido: ¡para esto!
—Si quieres, mira esta foto. (Dice Corsario).
Del bolsillo trasero del pantalón saca una foto y se la enseña. Se pelean por verla. Cara de Ángel ve una mujer desnuda que está agarrándose los senos. Cierra los ojos y piensa en Gilda.
—Ya, de una vez, o te agarramos entre todos. (Grita furioso, Colorete).
Todos se quedan en silencio. Sólo se escucha, a lo lejos, el ruido de autos y tranvías y, de vez en cuando, pitos; cerca: el respirar agitado de los muchachos. Cara de Ángel siente una profundidad dulce y una humedad turbulenta en la boca. Un olor picante a madera, a manzana, lo transporta a los brazos de Gilda. Corsario le mira el rostro arrebatado. El Chino, como hipnotizado, no deja de mirarlo. Carambola, asustado piensa en Alicia cuando baila; el Príncipe, también piensa en Alicia y recuerda a Dora. Natkinkón, en cuclillas, sonriente, se come las uñas. El Rosquita, gracioso y palomilla, da vueltas y no puede contener la risa pícara. Colorete, solo, distante, con las manos en los bolsillos, sin camisa, con la espalda llena de pasto y sudor respira agitado sin dejar de ver a Cara de Ángel. La tarde se ha detenido. Colorete piensa que está solo, absolutamente solo en el mundo y siente un dolor terrible en los testículos. De pronto, gritan y aplauden; se empujan, unos a otros; miran el cuerpo de Cara de Ángel y se van a la carrera. El Rosquita, por delante, sale del Parque de la Reserva, enseñando las tres libras. Cara de Ángel queda solo echado en el pasto. Los árboles recortan en pedazos el cielo nublado, caluroso, sucio, sucio, sucio.

Portada de la primera edición de «Los Inocentes», publicado en 1961

 

CARAMBOLA

Medianoche en el billar “La Estrella”: humo y penumbra. Las bolas suenan, opacas. Se habla a media voz, como en la iglesia. Máquinas eléctricas resaltan, en la oscuridad, con luces y, en el silencio, con cascabeles finos.
—No hay caso, este Choro Plantado es un trome con el taco. Y es bien gallada. Cómo quisiera ser como él, comenta Carambola con un compañero de clase que por primera vez pisa el billar.
—Caramba, ¿si tú me enseñas a jugar podré llegar a ser como él?
—Claro, si te empeñas y vienes todas las noches.
—Ahora me enseñas, ¿ya?
—Mejor es que primero veas cómo juegan. Miremos al Choro Plantado. Manya, desde las siete está juega que juega, sin cansarse. No vayas a creer que es vicioso; él sólo juega para liberarse.
—¿Liberarse de qué, ah?
—Es lo que hasta ahora no podemos comprender; pero así lo dice él. Luquea cómo arrocha a los sabidos. Míralo, a pesar de ser un poco gordo y casi teclo, cómo se desliza suavecito alrededor de la mesa. Y cómo pica a los sobrados. Él es bien derecho, juega sin trampas y castiga a los torcidos. Manya, manya, está solo. Ya no tiene rivales. Ahora viene lo bueno: juega por jugar, solicísimo. No sé de dónde saca magia y hechiza las bolas.

Sólo una mesa iluminada. El Choro Plantado se exhibe como nunca. Los conocidos del barrio se aglomeran, silenciosos, en torno a la mesa. Hasta Don Lucho, que es tan serio, ha dejado el mostrador para verlo. Alguien, tal vez el Rosquita, salió corriendo a la cantina y avisó a gritos que El Choro Plantado estaba inspirado. Pobre japonés, piensa Don lucho, se quedó sin clientes madrugadores; porque el Choro Plantado tiene para largo. Los espectadores, perdidos en la oscuridad hueca del gran salón de billares, sólo ven iluminados el rostro y las manos del Choro Plantado. Elegante y trágico, da vueltas buscando, da vueltas buscando el ángulo preciso. Silencioso y calmo, echa tiza al taco. Transfigurado, taquea y las bolas avanzan, retroceden, se detienen y se encuentran en increíble carambola, como si estuvieran unidas por un hilo mágico, misterioso. Ebrio y, tal vez, un poco triste y, posiblemente, liberado, como dice él, respira y vuelve a taquear.
Las carambolas se suceden como cuentas de rosario. Las horas avanzan y, sorpresivamente, la madrugada entra en el billar con la negra que vende tamales calientitos. Es hora de retirarse, dice el amigo de Carambola. Carambola lo despide en la puerta, no puede acompañarlo. Esta noche tiene que hablar, de todas maneras, con el Choro Plantado de “un asunto de hombres, de vital importancia”.
—Me buscabas, Carambola, ¿no es así? —preguntó el Choro Plantado, mientras guardaba su taco en una bolsa de nailon.
—Sí, Don Mario. Este… yo quiero hablar con usted, pero no aquí. Este… ¿qué le parece si vamos al japonés?
—¿No es un poco tarde para ti? Aún eres mocoso y en tu casa te pueden sonar.
—Yo no soy mocoso y nadies me importa y… además, a nadies le importo en mi casa.
—Si es así, vamos.
Invierno húmedo y gris, hasta en la madrugada, la gente los postes, con la neblina, se vuelven borrosos y distantes. La luz pálida transforma el asfalto en espejo negro, brillante. Y las calles son estrechos callejones interminables, desiertos. Cómo poder hablar sin miedo, de frente, con el corazón desnudo, sin avergonzarse. Caminan en silencio. Carambola: tímido y con la ansiedad adolescente del joven que quiere ser hombre, urgentemente, y el Choro Plantado: ebrio, pero triste.

Parece que de propósito se detuviera la madrugada. Nadie juega cacho en la cantina: beben. Hablan, escuchan radiola. Se toma cerveza y la espuma se bota al suelo cubierto de aserrín húmedo y sucio.
—Esta cantina parece el desaguadero de todas las fiestas— dice, por decir algo, el Choro Plantado.
—Es verdad, Don Mario. Aquí todos la rematan— contesta por contestar Carambola. Luego permanecen en silencio hasta que el Choro Plantado habla.
—Tú me quieres decir algo, pero tienes miedo, ¿no es cierto? Bueno, creo que después de tomarte un pomo se te pasa el miedo. Salud. (Si parece que fuera ayer, y por lo menos, hace más de cinco años. Don Lucho lo tenía cogido por la oreja y estaba decidido a entregarlo al patuto. —No quiero que entres al billar. Este local no es para mocosos. Apenas llegas a la mesa y ya te mueres por el taco. Antes que me saquen mula por permitir menores, te mando preso—. Interviene y Don lucho, por última vez, lo perdonó. Desde entonces fue mi sombra, mi rabera. Como un perrito gracioso a todas partes me seguía. Cuando entraba al billar se quedaba en la puerta, esperándome, y cuando salía me preguntaba. —¿Y cuantas carambolas hizo? —Sin darme cuenta comencé a llamarlo Carambola y se quedó con Carambola, hasta el día de hoy). Bueno, Carambola, ya que tú no quieres hablar, escúchame. No sé por qué esta noche tengo ganas de hablar, de sincerarme, contigo. Yo sé que tú quieres ser el trome del billar; pero, para eso, no basta saber manejar el taco. Hay que tener pasión por el juego. Por la vida, Carambola. Siempre he dicho: una mesa, con buenas bandas; un taco, de mi propiedad; tres bolas, sin quiñes; cebada y carretas me bastan para llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa. Ahora, estoy casi borracho, sin haber tomado mucho: es el juego, Carambola. El juego me libera, Carambola.
—Don Mario, ¿no se enoja si le pregunto algo?
—No, pregunta no más.
—El juego ¿de qué lo libera, Don Mario?
—Eres chicoco, todavía, no comprendes. Cuando la vida te golpee, comprenderás que todos los hombres que vivimos “intensamente” guardamos un secreto. Puede ser una mujer o tal vez… no sé. Pero lo guardamos aquí, Carambola, en el corazón. Y hay días que el corazón pesa demasiado y parece que reventará y entonces hay que liberarse y se juega o se toma hasta quedar borrachos.
Tímido y asustado, con el vaso de cerveza en la mano, Carambola interrumpe.
—No diga eso, Don Mario, me asusta. No se ponga triste; porque yo también me apeno. Si en algo puedo ayudarlo, páseme la voz.
Gracias, Carambola. Es necesario que me conozcas, que sepas con quién estás hablando. No vaya a ser que te enteres por otro lado y me creas mentiroso. Yo estuve en la sombra, Carambola, pero no por ladrón, sino porque me desgracié. Lo más triste que le pude hacer pasar un hombre es que lo hagan cojudo. Por eso la maté, Carambola.
—Sí, Don Mario, algo escuché de su desgracia. (¡Jesús, Dios mío! ¡Qué desgracia! ¡Un crimen! Y la vecina despertó a toda la Quinta. Quise salir, pero mi mamá nos encerró. —No sirve que los chicos vean esas cosas—. Me caía de sueño y la sirena de la ambulancia resonaba desesperada en mi cuarto. Pero los ojos se me cerraban y mis hermanos empeñados en verlo todo por la ventana: ¡era una pesadilla! En la mañana desperté asustado y seguíamos encerrados. Ya en la tarde, mi hermana mayor nos leyó “Última Hora”. —Pobre Don Mario, no tuvo suerte con su mujer —comentaba la vecina. —Pero no la debió matar —respondía mi mamá).
—Tú estarías de cinco años, más o menos. Cuando cumplí mi pena, nadies me dijo nada, al contrario, todos los de la Quinta me invitaron. Y no me fui del barrio, porque aquí todos son buenos; me llaman choro; pero no criminal. Y ahí vamos, Carambola, jalando, tirando pa’delante, con negocios, ya tú sabes. Pero mejor hablemos de lo tuyo.
—Bueno, Don Mario, este… yo sé que usted es bien leído y experimentado. Este… no sé cómo decirle…
—Habla no más, sin miedo, para eso somos hombres.
—Ya, Don Mario, pero antes, salud. Este… estoy bien templado de una chelfa del barrio.
—Y qué pasa, ¿le has clavado un hijo?
—No, Don Mario, todavía.
—Quién es, ¿la conozco?
—Sí, Don Mario, pero mejor no le doy el nombre.
—Bueno, si lo quieres así, está bien.
—Usted que es corrido sabe que del plan de paleteo y chupete hay que pasar a otra cosa, uno no puede quedarse en el plan de cochineo. México no es lo mismo, allí falta cariño, no sé… Pero para eso está la gila de uno. Y ya no me contengo, Don Mario, y la chelfa está que quiere. Mañana domingo, o sea hoy, mis teclos se van a Chosica, no voy con ellos: les he dicho que tengo que estudiar para los exámenes. Voy a estar solo en mi hueco y he quedado con la gila para acostarnos en mi cama: vamos  a estar solititísimos.
—Te felicito, Carambola. No hay que perder la ocasión.
—Pero tengo miedo, Don Mario: la gila está cerradita.
—¿Y cómo lo sabes?
—Ella misma me lo ha dicho y además… (Había poquísima gente en la matiné. La gila casi estaba sentada en mis rodillas. —No, Carambola, aquí no. Tengo miedo—. La tuve que dejar, pero ya la había palpado bien). No puedo equivocarme, Don Mario, yo sé por qué lo digo. Ella me quiere y no puede mentirme.
—Pero las mujeres son mentirosas y más cuando se trata de amor.
—Pero mi gila, no. Don Mario, ¿es cierto que cuando están cerraditas se desangran? Tengo miedo de que me pase algo. ¿Qué me aconseja, Don Mario?
—Lo tienes que hacer con cuidado. Por si las moscas, compra en la botica algodón, gasa, alcohol. Viéndolo bien, ya no eres tan chicoco que digamos y tienes que ser sabido: a tu edad no sirve amarrarse con hijo. Mejor compra en La Colmena, lo que tú ya sabes.
—¿Pero es cierto que se desangran y pueden quedarse muertas?
—No siempre, pero se han visto casos. A un párcero mío le pasó algo muy grave. Llevó a su gila a un hotel. La feligresa era virgen y comenzó a sangrar. Asustado, cogió la sábana y trató de contener la hemorragia; pero nada. La sangre salía, salía. Había que verlo cuando en plan de compadre contaba el incidente. Decía, moviendo las manos y con los ojos: todo era rojo, rojo, rojo, rojo. Tuvo que llamar matasano. El matasano pidió una ambulancia y se la llevaron a Grau, a la Asistencia. Cuando el teclo de la gila se enteró, casi me l despacha al otro mundo. Claro, que, como dicen los médicos y las revistas de sexología, no todas las mujeres son delicadas. Como en el juego, Carambola, todo es cuestión de suerte.
—Me está metiendo miedo, Don Mario.
—No te asustes, si te cuento casos, es para que estés prevenido. No te olvides de comprar lo que te he dicho en la botica. Tienes que hacerlo despacito, con muchísimo cuidadito, con delicadeza.
—Gracias, Don Mario, por sus consejos.
—¿Puedes darme el nombre de la fulana esa? Es pura curiosidad, nada más. Te guardo el secreto. Ahora, si no quieres…
—Este… es Alicia, la hija de la señora Jesús.
El Choro Plantado, silencioso y triste, pagó la cuenta. En la radiola terminó un vals y los clientes se retiraban borrachos.
—Ahí nos vemos Carambola.
—Hasta mañana, Don Mario.
El Choro Plantado, con las manos en los bolsillos y las solapas del saco levantadas, solo, parado en la puerta de la cantina, vio la casaca roja de Carambola perderse en la neblina. Y mientras caminaba dijo, despacio, hablando consigo mismo: “Casi todas las chelfas son iguales. ¡Pobre Carambola! Si supiera que su tal Alicia es más puta que una gallina. Todas las gilas son igualitas. ¡Pobre Carambola!”

 

EL ROSQUITA

Gorrito encarnado. Cabello negro alborotado en la frente. Ojos niños y tristes. Cigarrillo que se cae. Que se cae de la boca. Casaca roja y pantalón negro: El Rosquita. Y el Rosquita es todo un muchacho. Y no es porque yo lo diga. Pero, de verdad, no se puede disimular su edad: dieciséis años, pese a que él sueña con ser adulto, ahorita mismo. Urgentemente.

Sabe que los adultos, los hombres hechos y derechos, pueden trajinar, sin miedo, por lugares prohibidos; sabe que los adultos pueden entrar a una cantina y pedir un trago; sabe que los adultos pueden entrar al cine a ver películas escabrosas e impropias para señoritas y menores; sabe que un adulto puede llevar a su enamorada al Parque de la Reserva; en fin, sabe que un adulto es un ser enteramente libre. En cambio, sabe también, que un muchacho… mejor no tocar el asunto, porque es cómo para morirse de la cólera. Por eso tal vez, pensó en falsificar no solo la letra sino también la firma de su madre para hacerse un certificado que dijera: “La que suscrive por la precente justifica que su hijo Romulo Campos tiene veinte años, por lo que está permitido de hacer cosas de hombres; Se le ruega a los señores policías no molestarlo sufre del hígado. Atentamente Gosefina Martines de Campos, su mamá”.
Por desgracia, la policía no hace caso a esa clase de documentos.

El Rosquita es cliente empedernido de billares, de cantinas, de lugares prohibidos, etc., etc. Pero también es cliente empedernido de comisarías. Por eso, para que el patrullero no se lo cargue, tiene que poner cara de “maldito”, de hombre “corrido”, torcer los ojos, fumar como vicioso, hablar groserías, fuerte, para que lo escuchen, caminar a lo James Dean, es decir como cansado de todo, y con las manos en los bolsillos y, de vez en cuando, toser ronco profundo. Pero todo para nada. Hay algo que lo denuncia como menor de edad. Tal vez sea su presencia o su manera de comportarse que es imposible disimular.

Un amigo de Rosquita, mejor diré, un párcero del Rosquita, para emplear una palabra de su uso, me contó el otro día que el Rosquita es bien niño. Así, cuando se trompea y le pegan no puede contener el llanto. Entonces, entre lágrimas, explica: “Lloro no porque me duele. Lloro de cólera: soy enfermo del hígado”.

Cuando enamora es palomilla y atrevido. Comprende que un adulto debe enamorar a viejas; pero, a él, le gustan las chiquitas. Y esto no se puede remediar. Una tarde se encontró con Margarita —trenzas, faldita de colores, catorce años— le dijo: “¡Ay corazón de pepipalta!” Margarita lo mandó, con una palabra deshonesta,  a pasear. El Rosquita enfurecido, con bilis, contestó: “Tu boca es parecida a la de esas”. Y Margarita con aires de mujer perdida le gritó: “Calla, calla, angelito”. “Fíjate, dijo el Rosquita, para mí ya no eres mujer. Eres como un hombre y ahora te pego”. Durante una semana sus amigos le gritaban: “Hasta Margarita te hace llorar”. “Acaso, acaso”, contestaba, tapándose los ojos con la punta de los dedos,  “mentira, mentira de mentira”.  Estos incidentes amargan la vida.

Rosquita, aunque no lo creas, te conozco demasiado. En la galería del cine de tu barrio eres el más ocurrente. Desde la triste soledad de la platea te he escuchado. Y un día de verano te he visto gorreando en el estribo de un tranvía de Chorrillos. Ibas con todo el cuerpo al aire y tus cabellos en tremolina al viento cubrían tus ojos. Y cada vez que venía el cobrador lo saludabas, palomilla: “Presente, mi general”. Cada chiste y un repertorio inacabable de piropos. Recuerdo que un cura gordo y serio se comía la risa, hipócrita. Te he visto también jugar fútbol en la calle de tu Quinta. Y te he visto también llorar después de la pelea con algún “torcido”, como los llamabas tú. Te he visto también en el billar “La estrella”, escondiéndote de Don Lucho. Y te he visto también cantar y bailar en la cantina del japonés. Te he visto también, tímido y oculto, deslizarte por lugares prohibidos. Y te he visto también pasear con tu muchacha, con tu gila, Rosquita.

Pero también sé que a pesar de tus gracias, de tu risa y palomillada eres triste. Eres triste porque comprendes que un muchacho como tú puede perderse. Ahí no está el Príncipe de ladrón; Colorete de “maldito” y casi, casi perdido; Cara de Ángel, de jugador capaz de empeñar su camiseta e irse desnudo, de noche, a su casa, por una mesa de billar; Carambola que está llevando mala vida con una mujer mayor que él; Natkinkón, bohemio y jaranero; y el Chino y del Corsario, mejor no hablar de ellos. Pero tú quieres ser bueno: lo sé. Si en algo has fallado ha sido por tu familia, pobre y destruida; por tu Quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio que es todo un infierno; y por tu Lima. Porque en todo Lima está la tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea. Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia.

Oswaldo Reynoso
Chosica, Junio-Octubre 1960.

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1 comentario

Carlos julio 4, 2017 - 3:54 pm

Pliz actuzlizar: Oswaldo Reynoso (Arequipa, 10 de abril de 1931 – Lima, 24 de mayo de 2016) https://es.wikipedia.org/wiki/Oswaldo_Reynoso

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