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La risa asesina: Joker (2019) de Todd Phillips

por Verboser

Por: Alejandro Nuñez 

Vivimos en una sociedad en la que basta una mera película para asustar a un sector no menor de personas. Resulta más sencillo criticar una pieza de arte (tome la forma que tome) sin ver siquiera de qué se trata. La mera presencia de Joker (2019) en multisalas levanta las alarmas, un cliché ante toda película que tiene la idea de ofrecer un comentario respecto a nuestros tiempos. Verse a uno mismo con frecuencia es perturbador. Aborrecemos todo aquello que, por más incómodo que sea, se ajusta más a la realidad que cualquier selfie, o cualquier otra imagen diseñada para distraernos.

Pero si atravesamos el ruido y los temores sin fundamentos, si nos adentramos en esa caverna oscura frente a la imagen del proyector, veremos algo muy distinto a una amenaza, aunque no por ello menos perturbante. La corrupción es no solo uno de los mayores pánicos de nuestra época, tiene la mala suerte de ser, también, un factor recurrente de la película. El cuerpo social que se desquebraja en Ciudad Gótica no dista mucho de la mente y cuerpo enfermos de Arthur Fleck (Phoenix), sujeto que es tanto un producto como una causa de ese entorno en decadencia.

Lo guiños a trabajos de Scorsese han sido obvios desde el primer teaser. Por citar algunos están Taxi Driver (1976), El rey de la comedia (1983). La condición de Fleck, no obstante, hace eco de una frase en Los infiltrados (2006), enunciada curiosamente por otro “Joker”, Jack Nicholson. En la piel de un mafioso de Boston, dice: “No quiero ser un producto de mi ambiente. Quiero que mi ambiente sea un producto de mí”.

Ambas partes de esta cita resumen el recorrido de Fleck de un enfermo mental a símbolo antisistema. El contrapúblico que se forma a su alrededor, los protestantes enmascarados o con la cara pintada, es una voz que por momentos irrumpe en la normalidad de las clases altas, a quienes culpan por la situación residual en que se encuentra su metrópoli. Así, la decadencia gradual del protagonista coincide con su ascenso a la fama, una revolución que, no obstante, se nos niega el derecho de ver en detalle. La prisa aparente de Phillips por enfocar el lente de la cámara en Arthur, en su departamento, en los delirios de su imaginación, le hace perder de vista la relación estrecha que mantiene este personaje con la tierra que le ha dado vida. Tierra corrupta mas no baldía, pues lo que crece de ella todavía puede transformar e incomodar.

Igual de mérito tienen esos simples acordes que acompañan la frustración de Arthur. Producto de Hildur Guðnadóttir, más conocida por su trabajo en la serie Chernobyl (2019), son un trasfondo perfecto para las secuencias que van destruyendo la cordura del protagonista, contrastando enormemente con otras opciones musicales que Phillips decidió incorporar, a veces sin mucho éxito. El director de la trilogía de ¿Qué pasó ayer? (2009 – 2013) ensombrece momentos trascendentales de su película al no atreverse a silenciar la banda sonora, ocasionando que sus escenas nunca cumplan con todo lo que pueden llegar a ser.

Joker es un drama, pero uno que prefiere contenerse, desplegando solo parte de lo que en un momento se pensó que sería. Este no es un cine de excesos (como sí lo podría ser el de Gaspar Noe), y dudo mucho que haya querido serlo. Dicho sea de paso, cumplir con el hype y lograr todo su potencial no son la misma cosa. Pese a ello, la película de Phillips nos da otra gran interpretación de Phoenix que añadir a nuestra lista, así como una historia sólida y diferente dentro del abarrotado mercado de adaptaciones de cómics.

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