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La escritura sí tiene sexo

por Verboser

Por Luis Martín Cueva

Alguna vez, Blanca Varela afirmaba en una entrevista: la poesía no tiene sexo, ello en relación a una serie ideas/concepciones que buscaban otorgar ciertos rasgos distintivos, en este caso de género, a algunos tipos de escritura producida principalmente por mujeres. Una afirmación tal, respondía más bien a un concepto de poesía desvinculada de patrones prestablecidos que casi naturalmente se le atribuyen a las poetas “femeninas”: el cuerpo, lo domestico, la vida, los hijos, entre otros tópicos, diferenciándolas de una escritura masculina o producida por hombres.

Durante un tiempo, se pretendía negar las evidentes marcas genéricas-sexuales de ciertos tipos de escritura, de tal modo, que el pensar en una escritura sin sexo, es decir, sin una clara identidad de género, se convertía en un modo de asumir y defender una escritura neutra y totalizante (inmaterial), que por un tema ideológico, se distanciaba de escrituras singulares, consideradas menores, y producidas por mujeres: Lo universal frente a lo particular

Sin embargo, al desarrollo de propuestas en la literatura, especialmente en el terreno de la poesía, podíamos advertir rasgos muy distintivos que se configuraban de tal manera, que era posible distinguir elementos en poéticas disímiles, y que a su vez, respondían a una interacción de unas con otras, una forma de comunicación/comunidad que compartían una serie de detalles en la construcción de un mismo corpus. La poética del cuerpo, por ejemplo, cultivó una forma de expresión a través de la escritura, y que suponía la conformación de un discurso de identidad, principalmente atribuida a una “poesía femenina”.

Resultaba entonces interesante como ciertos tipos de escritura habían adoptado formas que traspasaban la inmaterialidad desde donde se concebía la escritura, penetrado sus límites de tal modo que producía discursos/estéticas que hallaba sustento en el reconocimiento del género/sexo del sujeto poético/autor asociándolo al discurso meramente textual; es decir, resulta entonces posible identificar quién está detrás del texto,(hombre/mujer) a través de los rasgos de una poética que claramente pasa de ser neutral a ser puramente subjetiva.

En ese proceso de análisis, era claro que al indagar entre un vasto universo de escrituras, podíamos evidenciar que efectivamente, un grupo de escritoras adoptaban cierta poética/discurso para abordar temas que en el entramado cultural resultaban censurables, es decir, hablar desde la escritura, era una forma de reivindicación contra los límites que la estructura patriarcal establecía. En ese sentido, la escritura se constituía como el lugar en el que se articulaba un discurso intelectual, en proyección a una serie de posturas sobre la educación de la mujer, el libre pensamiento, y la sexualidad. Así mismo, se personificaba adoptando una identidad muy vinculada al sujeto autor que producía el texto: la escritura tomaba/formaba cuerpo.

La poética del cuerpo como ejemplo de ello, se situaba en esa línea estética, desplegando una serie de conceptos sobre la poesía vinculada al cuerpo, al espacio simbólico de la escritura y la mujer en la sociedad, y que a su vez constituía un discurso de identidad, es decir, era posible reconocer una escritura particular producirá por mujeres, a través de las menciones del cuerpo femenino, censurado en el imaginario social, y reivindicado en la escritura como instrumento de identidad. La escritura femenina, en ese sentido, contenía una forma sexuada que resultaba distinguible a un nivel expresivo. Tales rasgos construían un corpus para la definición de una escritura “femenina”. Sin embargo, y aun a pesar de la influencia que tuvo en la literatura tal forma de expresión, este prototipo escritura femenina no necesariamente asumía el rostro representativo de lo femenino.

Por otro lado, resultaba necesario identificar, en ciertos tipos de escritura producida por mujeres, un discurso reivindicativo, que desde cierto espacio pretendía denunciar las políticas abusivas del patriarcado en contra de la mujer. En esa dirección, se propone una  definición de “escritura feminista”, como aquella de carácter reivindicativo, en contra del orden patriarcal, y sus normas, así como de expresa denuncia que busca la liberación de la expresión femenina y todo lo que concierne a su censura en la estructura social.

Este tipo de escritura se distinguía de aquella que buscaba abarcar lo femenino dentro de una serie de conceptos de orden simbólico y que hallan sustento en un imaginario, más que en función a una real definición de lo femenino en sí mismo. Entonces, se afirmaba: No existe tal cosa como una escritura “femenina”. ¿Podríamos acaso dar pautas para definir lo “femenino”? Con ello desechábamos toda idea de una escritura sexuada o genérica, en tanto reconocíamos que aquellos rasgos que la hacían distintivas, constituían una estética muy particular en el que se articulaba un proyecto ideológico: el feminismo, dejando a la escritura en su dimensión neutra e inmaterial.

Era claro por un lado, que no toda escritura producida por mujeres alegaba tales preceptos, ni detentaba una política de denuncia contra el sistema patriarcal, por lo que, exhibir una única figura que comprenda e identifique una escritura en sus rasgos genérico-sexuales (a nivel expresivo), resultaba por demás impreciso.

Sin embargo al mirar hacia el otro lado, podíamos cuestionar y analizar los elementos que conformaban cierto tipo de “escritura masculina” o producida por hombres. ¿Aquella no distinguía acaso ciertos rasgos que la hacían identificables al igual que sucedía con una escritura producida por mujeres? O es que se trataba realmente de una escritura neutral/inmaterial que dicho sea de paso se configuraba como totalizadora y universal frente a lo particular/íntimo de la escritura producida por mujeres. Enfrentar tales escrituras, nos permitía advertir rasgos distintivos a nivel expresivo y simbólico, que tienen un significado mayor.

Para Nelly Richards, teórica feminista, el hecho de asumir que una escritura no tiene sexo (neutralización del lenguaje expresivo), y que ésta, es indiferente a las diferencias genérico-sexuales, no hace sino reforzar el poder establecido de lo masculino hegemónico (neutro/universal) frente a lo femenino (personal/particular), es decir, aquel concepto de neutralidad de la escritura, solo distingue los rasgos de una escritura “femenina”, por tratarse de un esquema muy particular y único, más aquella escritura “masculina”, es considerada neutral y universal.

Resultaba entonces necesario redefinir la noción de escritura femenina. Sin embargo ¿qué es aquello femenino que interviene en la escritura? ¿se puede hablar de una escritura femenina y distinguirla de una escritura masculina otorgándole rasgos de género-sexo desde el discurso/lenguaje empleados?

En ese esquema, podemos asumir la escritura (neutral/masculina) como una estructura simbólica, en donde aquello que está plenamente establecido, que representa la institucionalización del signo y preserva los límites de lo social/simbólico, pertenece a una categoría hegemónica y totalizante; frente a ello, se contrapone una escritura (particular/femenina) que desde un espacio reducido, se va a pretender desbordar los límites del signo, destruir lo establecido a través del lenguaje tanto a nivel simbólico como social/real.

Una escritura femenina, en ese sentido, intenta rebalsar los límites de lo signado/establecido, en la cual ésta no contempla una identidad salvo en contraposición a aquello que pretende enmarcarlo: es decir la escritura puede ser bisexual, asexual, omnisexual (Josefina Ludmer). De tal modo que, cualquier escritura que quiebre lo reglamentado por la estructura patriarcal, y que desborde los patrones de la discursividad masculina puede entonces definirse como lo femenino que opera desde los espacios alternos al poder y que pretende destruir aquello central de lo masculino hegemónico que norma la identidad. (Nelly Richards)

Lo femenino, en esa dirección, puede definirse como el lugar donde el poder es ejercido, aquello oprimido, violentado, desfigurado y que se mantiene en un espacio reducido (lo particular), desde el cual se construye discursos que signifiquen una crisis al poder central (lo signado), independientemente de que el sujeto detrás del texto sea hombre o mujer, es decir, en lo femenino se articulan los grupos oprimidos por la cultura patriarcal, entra en aquella categoría, escritura femenina, querer, feminista, vanguardista, etc. y que buscan producir una modificación en sentido transformador al universo simbólico ya establecido (Eltit)

En ese sentido, esta particularidad del desplazamiento de los signos entre el entramado cultural de la escritura femenina, entendiendo lo femenino como lo que desborda tanto a nivel simbólico como social, siempre producirá una crisis. Esta crisis no es más que una reacción frente al poder ejercido desde la estructura patriarcal, que norma, que establece, que fija y se posiciona. Frente a ello, una escritura femenina es siempre portadora de un discurso reivindicativo contrapuesto a los parámetros del patriarcado, y que asimismo pretende destruirlo sino en el menor caso transformarlo.

No resulta entonces extraño el tomar las vanguardias como un ejemplo de estética que ha pretendido traspasar las fronteras del signo, y que ha impregnado en la escritura una serie de conceptos que bien la acercan a la noción de escritura femenina, sexuada, y distanciada de todo eje neutral. La escritura no solamente está marcada por características genérico-sexuales, sino que es el lugar donde se articulan y se tensionan los discursos que operan en la realidad.

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