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Entrevista a Alfredo Bryce Echenique, por César Hildebrandt

por Verboser

El escritor Alfredo Bryce Echenique, autor de la célebre novela «Un mundo para Julius», es entrevistado por el experimentado César Hildebrandt, en una conversación abierta y muy amena, a modo de monólogo. En ella, Bryce habla del oficio de escribir, su relación con la política peruana, su amistad con Julio Ramón Ribeyro, y sus anécdotas como escritor latinoamericano exiliado en Europa. Entrevista recogida en el libro «Cambio de palabras» (Debate, 2018) reeditado este año, que reúne las mejores entrevistas del periodista.

 

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
(24 de julio de 1972)

Creo que la gente ha creído ver una gran ironía en Un mundo para Julius, ha creído ver en esa novela a un enemigo directo de esta clase, de este grupo que se llama la oligarquía… Yo he vivido metido en este grupo por determinismo geográfico si se quiere e, indudablemente, no me sentí feliz en él. ¿Por qué? No lo sé. He roto con él, me he aislado, me he escondido, sin poder encontrar otro grupo social donde ubicarme. Me siento bastante desgastado en el fondo. Pero la novela no es solo una novela de ironía ni de rencor ni de rigor hacia esta clase. También es una novela de nostalgia y de ternura. La gente no ha visto la ternura que hay hacia los valores de esta clase que, indudablemente, tuvo valores, aunque no sean más que valores en su aspecto externo: los buenos modales, la belleza de sus costumbres… evidentemente apoyados en una enorme injusticia social. Si, como tú dices, yo uso la ironía también con personajes que no pertenecen a esa clase, es porque lo miro desde la perspectiva de Juan Lucas o de Susan, con el humor de esta clase. El humor es un personaje de la novela… Ese “cojudo” al principio de la novela y que tú dices que también te pareció sorprendente, a mí me pareció necesario. Es muy difícil presentar el antagonismo entre un niño y una clase social. Ese adjetivo era la única manera de presentar un comienzo de ruptura que no podía ser razonando, porque venía de un niño. La novela pedía eso… Siempre he pensado que «Un mundo para Julius» es una crónica eterna. No tiene ni intriga. Solo metafóricamente puede decirse que termina con la muerte de Julius como niño. Como te digo, creo que es una novela sin plan, pobre de estructura. Yo no creo ser un novelista: soy un contador de historias. Si yo pudiera usar el micrófono, hablaría y no escribiría… Mi gran dificultad fue crear el clima de “oralidad” de la novela, y esto lo señaló muy bien Abelardo Oquendo… Dices que algunos “enfrentaron” mi estilo con el de Vargas Llosa. Hay muchas diferencias. Mario siente la literatura las 24 horas del día, tiene fe en ella. Yo tengo rachas de desconfianza. Mario es cerebral, paciente y por eso tiene muchísima ventaja sobre los escritores “intuitivos”. Yo soy intuitivo. No creas que hablo de romanticismo, de “inspiración”, de que a las tres de la mañana me viene la inspiración: eso no existe, es mentira. Yo leo mucha teoría literaria –al fin y al cabo soy profesor de literatura- pero procuro olvidarla cuando escribo. Inconscientemente me sirvo de ella, pero procuro dejarla de lado para que triunfe el lado visceral de la novela… Mario no es un militante político –vamos, hasta donde yo sé-, pero es un hombre que tiene opiniones políticas muy severas, muy suyas, muy coherentes. Yo soy un hombre profundamente incoherente y caótico a ese nivel. Todo me interesa y detesto escoger. Necesito lanzarme a toda sensación, a toda idea con verdadero cariño, con inocencia, y cuando he sacado algún provecho de ella, salirme e irme a otra cosa que puede ser completamente la contraria. Y cuando traté de escoger… quise vincularme a grupos políticos, y fui un desastre. Esa gente me quería, me sigue queriendo, pero me trataba como un personaje bueno, pero digno de desconfianza. Un día llegaba yo a una reunión con todo mi escepticismo a cuestas y decía no puede ser, no vamos lograr nada, esto es un fracaso. Otro día sentía que ver una corrida de toros era profundamente más necesario para mi vida que una revolución. Ese día asumí mis contradicciones, mi incoherencia. No soy un hombre útil, si quieres, pero por lo menos no trato de mentir… Yo siempre tuve presente el fantasma de la marginalidad. En el mundo en el que viví siempre me interesó el tonto, el cojudo del grupo, el mal futbolista en el colegio, el que fracasaba. En estos pequeños grupos, hay que ser fuerte; sino te conviertes en el punto, como dicen. Yo era un buen alumno, era primera en la clase muchas veces. Me acuerdo cuando las monjas del Inmaculado Corazón le decían a mi madre: Su hijo es un líder. Yo era líder de la boca para afuera. Por adentro estaba completamente desgarrado y me sentía totalmente identificado con el alumno pobre, aquel cuyos padres habían muerto y su tía lo estaba manteniendo porque tenía un nombre que lo obligaba.
En París me sucedió una anécdota muy divertida. Tenía una amiga en París, a la cual quería mucho, que pertenecía a la gran oligarquía francesa. Era una alumna mía, y me traía en su automóvil desde la universidad. Y un día dio una fiesta y me dijo: No te puedo invitar porque mi familia no te conoce, no sabe quién eres. Entonces yo le dije: Soy Bryce Echenique, desciendo del presidente… Y me dijo: No, acá eres una porquería. Sentí un verdadero placer, de ser yo lo que había sido tanta gente para mi familia en el Perú, cuando yo decía voy a traer a este amigo que he conocido en la calle, y me decían: No lo puedes traer porque no conocemos a su familia. Asumí con profundo placer mi categoría de pobre diablo… Creo que la única ventaja que tiene un aristócrata decadente, podrido y arruinado es poder juntarse con quien a uno le da la gana… Lo que me interesa a mí, y esto lo he aprendido de Hemingway, es la buena conducta ante toda situación. Salir de toda situación limpio. Otra cosa muy importante es la nostalgia que uno siente. De un mundo perdido, de un mundo irrecuperable. A ese nivel mi vida es profundamente solitaria, me siento profundamente solo… A mí se me ha atribuido la influencia de una serie de escritores. Y cuando yo he leído esto, he ido a una librería y he comprado los libros de estos escritores, para leerlos y saber por qué han influido en mí antes de que los leyera. Con algunos de ellos me he identificado profundamente. Es el caso de Salinger, a quien leo y releo. Pero la influencia determinante de mi estilo no la ha tenido un escritor sino un amigo. Es Alberto Masa Gálvez, un abogado de nota, un gran señorón de Lima, pero cuando habla conmigo se olvida de todas sus actuales obsesiones de poder y grandeza, digamos así, y se convierte en mi compañero de colegio, y juntos nos cagamos en la humanidad, como se dice… Yo hice mi tesis de doctorado sobre Henry de Montherlant, un escritor profundamente antipático a quien admiro mucho. Es el gran lector de los estoicos y de los escépticos y a través de él yo he bebido de esas fuentes. Pero no veo influencia de él en mi estilo. Un escritor que sí puede haber influido en mi obra –o por lo menos así lo quisiera- es Céline, un personaje detestable como ser humano, colaboracionista… Yo ya no me planteo para qué sirve la literatura. Ya ves, eso se lo dejo a la gente más coherente, más eficaz que yo… Mira, “Yo soy el rey” es un cuento profundamente moral, para empezar por ahí. Moral y cucufato. Lo único que me ha interesado es contar una primera experiencia en un prostíbulo, que todos la hemos tenido en este país, desgraciadamente. Quién no se enamoró de una prostituta, quién no se quiso tirar a la sirvienta de la casa. Yo no lo hice, porque ya asomaban en mí los elementos de un buen cojudo. Los vivos de mis amigos lo hicieron todo. De ahí viene mi rompimiento profundo con mi clase social… y como dices tú, mi nostalgia por Vilma. En las familias decadentes como la mía, al borde de la extinción o al paso a la pequeña burguesía –todos viven de los recuerdos, mi abuelo fue presidente, fulano fue virrey, todos viven de los recuerdos, ya nadie es nada-, la servidumbre juega un rol importantísimo. La servidumbre decide de algún modo nuestras vidas, forman parte de la familia. Ayer, por ejemplo, cancelé todas las entrevistas para ir a tomar té con la Mama Rosa, que me tuvo en los brazos cuando nací, que me crió. Y ella me mandó a decir un día que regresara de París, por eso he regresado. He venido a verla antes de que se muera. Y estuve toda la tarde con ella… Dices que el destino que le endilgo a Vilma es una de las protestas más explicitas del libro. Efectivamente. Me reventó siempre que no hubiera otra alternativa para estas mujeres que el ser violadas por los niños de la casa. Eso siempre me indignó, siempre me hizo un profundo daño. Y, cobardemente, me fui a Europa, si quieres, para que esto no siguiera sucediendo ante mis ojos. Pero no cogí un fusil, ¿te das cuenta?… Ya está en la aduana mi libro Huerto Cerrado, que Barral ha reeditado y que ha sido prohibido por la censura española, lo cual me ha dolido mucho, porque yo quiero mucho a España. Y ayer ha aparecido un librito de una nueva editorial, Mosca Azul, que es como un avance de mi próximo libro. Se llama “Muerte de Sevilla en Madrid”. Es la historia de dos personajes: uno, que es el águila imperial, un gran señorón de la oligarquía española al que la alcahuetería limeña coloca de jefe de una empresa de aviones y que, al ver a Sevilla, personaje paupérrimo, recluido en un rincón de la Municipalidad de Lima, al ver la miseria por primera vez en su vida, se pudre, empieza a pudrirse en su oficina, y se muere. Mientras tanto, Sevilla, que ha ganado el sorteo y es mandado a España a vivir entre el lujo, se muere de tanto lujo. Le da una diarrea y se va cagando por el Museo del Prado, por las calles de Madrid, hasta que un día ve un panorama que le hace recordar a Huancayo, donde había sido muy feliz, y se tira a Huancayo. Esto forma parte de mi próximo libro, cuyo título provisional es El humorista está triste… Yo gano el diez por ciento de lo que publico. ¿Quién se come el otro 90 por ciento? Para mí es un misterio. Es decir, este es el destino de todo escritor. Volviendo a lo del boom: es cierto que hay un aspecto netamente comercial, pero eso pertenece a los editores. Ahora, literariamente, hay una respuesta de gran calidad. Nadie puede negar la calidad de Vargas Llosa, de Carpentier, de García Márquez, de Onetti –que es otro que están tratando de lanzar ahora que está completamente alcohólico se han dado cuenta tarde de que es un genio-. ¿Qué nos interesa del lado comercial? Hay un negocio, un montaje publicitado, pero hay excelentes novelas también… Yo por Julio Ramón Ribeyro tengo una verdadera veneración. Para mí es, de lejos, el mejor cuentista que ha dado el Perú. Y nadie lo reconoce. Él, por ejemplo, no se ha subido al carro. Le importa un pepino. Y que sus libros se vendan o no se vendan le importa un carajo. Lo que me llega a mí es que Ribeyro no reciba el premio de su calidad y que otros escritores –prefiero no decir nombres, hay algunos que me son gratuitamente antipáticos, oportunistas-… Cuántos llegaron a París el año 68 para ponerse a la cabeza de la revolución, y no bien acabó eso, prrruummp, se van a otra parte a hacer su autopublicidad, eso es asqueroso. Y cuando esos escriben una buena novela te da más rabia todavía, ¿no?… Podría empezar diciéndote que soy un escéptico. Te agrego ahora que soy un escéptico sin ambiciones, que es la última especie inocente que queda sobre la Tierra. Esto me da muy buena conciencia. ¿Por qué no soy un hombre político? Porque el hombre político necesita tener una tendencia hacia el mesianismo. Y mi vida ha sido llevada siempre por afectos privados. A mí me hablan del proletariado o de la oligarquía, y ambos términos me dejan profundamente indiferente. Pero yo puedo dar mi vida por un proletario si es que ha sido mi amigo. Tengo amigos que incluso están en la clandestinidad en el Perú, por los cuales yo siento un gran respeto, un profundo cariño. Los considero inmensamente superiores a mí y yo iría a la cárcel por ellos. Pero al nivel de la amistad, tal vez no compartiendo sus ideas. Tengo una incapacidad fisiológica para la política. A mí me explican todos los días qué es el Sinamos, por ejemplo, y al día siguiente me preguntan qué es el Sinamos y yo ya me he olvidado. Yo tengo una profunda simpatía por el personaje del general Velasco. No lo conozco, pero encantaría emborracharme con él, porque estoy seguro de que sabe las de Quico y Caco y que ve a través del alquitrán. Debe ser un personaje encantador. Lo que piense, lo que haga, me tiene sin cuidado. En una entrevista para un periódico español me insistían sobre el aspecto político del Perú y en un momento el periodista me dijo: Pare usted de decirle Velásquez, se llama Velasco. ¿Te das cuenta? Hasta ese nivel soy incapaz. Lo cual no impide que, siendo un personaje profundamente incoherente, dentro de diez años me encuentres de diputado. Tienes razón: justamente por la incoherencia… De nuevo sobre Ribeyro: a veces, a las tres de la mañana, cuando nos caemos de tanto whisky, le exijo que me lea un cuento. Mis ruegos empiezan a las 12. A las tres, a veces me lee y siempre pienso que es un cuentista incomparable. Si dejo de escribir cuentos va a ser porque nunca llegaré a la altura de Julio Ramón… Dicen que soy un hombre de éxito. Yo no me he enterado. En los instantes en que me he sentido hombre de éxito, me he sentido profundamente solo y abandonado. La fama no da sino soledad. Yo le tengo terror… Y realmente, ¿cuál es el éxito, pues, oye? El otro día he salido a la calle, me moría de miedo, pregunté por el expreso de Miraflores y alguien me gritó: ¡No es expreso, es el bussing! Me paré en un sitio que no era paradero, subí al ómnibus y saqué 50 centavos y me gritaron: ¡Vale tres soles! Entonces, dije: Esta es una ciudad maravillosa, porque nadie me conoce. En Barcelona, una vez me pasearon hasta en calesa. Y mi momento más dichoso fue cuando los escritores teníamos que firmar. Se llama la Feria del Libro y nos traen como prostitutas, nos exhiben, nos pasean, nos retocan, nos peinan, nos dan vueltas por las calles. Entonces, decidí jugar el rol del escritor de éxito. Me entelé, me puse buenmozo, me coloqué delante de un alto así de libros míos, vi una chica muy linda, inmediatamente vi las posibilidades, a través de la literatura y del éxito, de salir a tomar té con ella, y me dijo: “Deme Un mundo para Julius”, y en el momento en que lo iba a firmar me dijo: “Por favor, me lo empaqueta y me da la factura” Creía que yo era el dependiente. Lo empaqueté, le di una factura y la mandé a la caja. Me quedé profundamente deprimido, y dije: Esto me pasa por puta… Sí, uno de los momentos graves ha sido… En París, conocí una vez a una muchacha, y la amé profundamente. Ella era una ninfómana y una hippie drogadicta. Yo la traté con la misma facilidad con que trato a todo el mundo, para mí nunca ha habido ninguna barrera. Y ella me probó, con su conducta, que entre nosotros dos no había ninguna posibilidad de diálogo. Este ha sido uno de los momentos más tristes de mi vida. Vi que entre dos seres humanos no había ninguna posibilidad de diálogo. Ella me probó que yo vivía en el siglo XIV y que ella vivía en el siglo XXI. Desde entonces he hecho esfuerzos notables para poder ir algún día a Estados Unidos, donde ella vive ahora, y decirle. Mira, ya llegué al siglo XXI. Probablemente ella esté entonces en el siglo XXV… La época más feliz de mi vida fue cuando nadie me conocía, y yo escribía como un loco. Les leía a mis amigos y mis amigos se emborrachaban y peleaban. Me acuerdo de Germán Carnero peleando con Hernando Cortés, dos actores de teatro: uno encima de una mesa y el otro encima de una silla, mentándose la madre por un cuento mío. Uno decía que el desenlace era perfecto, el otro que era una porquería. Yo sufría porque los vecinos me querían expulsar de la casa, esos latinoamericanos indeseables. No sé quién tuvo la mala idea de convencerme para que publicara. Ahí se acabó la corta vida feliz de Alfredo Bryce… Tengo cuentos inéditos muy malos, pocos pero tengo. Yo una vez le contaba a mi esposa –mi esposa es una mujer maravillosa, mi gran crítica literaria, yo escribo una cosa y se la enseño: si ella dice esto es una porquería yo la boto-. Una vez le dije: Voy a escribir un cuento. Y ella: Qué linda idea. La plasmé y no salió. Ella me dijo: No, mucho mejor era cuando me lo contaste anoche, en la cama. No se publicará eso nunca. Ahí está guardado, como recuerdo de un fracaso.

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