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Entre mujeres solas | 7 poemas de Giovanna Pollarolo

por Verboser

Giovanna Pollarolo Giglio (Tacna, 1952) es una poeta, guionista, narradora y académica peruana. Ha incursionado en el cine como guionista de películas peruanas como La boca del lobo, Pantaleón y las visitadoras, No se lo digas a nadie, entre otras. Ha publicado los libros de poemas Huerto de los olivos (1987), Entre mujeres solas (1991), La ceremonia del adiós (1998), y las novelas Dos veces por semana (2008), Toda la culpa la tiene Mario (2016).
La poesía de Giovanna Pollarolo, muy oculta a veces entre la vasta poesía peruana, destaca por su tono confesional, y el empleo de un lenguaje muy cotidiano. En su poética se construyen universos muy personales, dramas silenciosos vividos por voces de mujeres tentadas a la resignación, marcadas por la desilusión de la cotidianidad, la vida, la soledad y el amor.

“Entre mujeres solas” (2013) reúne en conjunto sus tres poemarios.

 

A VECES OCURRE

te despiertas a medianoche
enciendes la luz y la luz no se enciende
caminas a oscuras, adivinando.
O te quedas pensando
tratando de olvidar que tienes sed.
O frío
tanto, tanto frío
sabes que necesitas una frazada pero no te levantas
prefieres no levantarte
esperas que venga el sueño. Esperas, esperas.
El sueño tarda pero termina por llegar.
Y al día siguiente
sin saber por qué
aprietas el interruptor
y el foco se enciende
recuerdas el frío y ves una frazada, estaba a la mano
ahí, a un paso.
Puede ser que te preguntes
¿qué me habrá pasado?
o no te preguntes nada porque ya es de día;
dices: ya pasó la noche y no quiero pensar
pudo haber sido un sueño.
Y te lo echas a la espalda, como todos los sueños.

 

BIEN DIFÍCIL

es ser la musa de un poeta en estos tiempos
eres su mujer y él se aprovecha
de todas esas imágenes que lo asfixian
una casa una mujer unos hijos
y él hubiera querido alas
pero construyó una casa lee el periódico y hace el amor durante el día
cada vez con menos entusiasmo
por las noches escribe
habla mal de ti
y cuando te encuentras en esos poemas
quisieras borrarlos porque a romperlos no te atreves
eres sólo la musa de un poeta
que no canta que se aburre
aunque después explique que no es por ti
eres apenas el pretexto
para desencadenar viejos fantasmas
quizás hubieras querido ser la musa
de un poeta de otros tiempos
y aún esperas ese poema que un día soñaste
cuando no habían construido una casa.

 

TODAS PIENSAN

que tengo suerte
les he contado que por las mañanas
despido a mi marido
desde la ventana, una sonrisa
nuestro hijo en mis brazos
voy todos los días al mercado
me adorno a media tarde
mientras estreno en la puerta
la sonrisa de bienvenida.
Nunca espero en vano
nunca un suspiro, un miedo
pero a veces, de madrugada espío
el ir y venir de la gente, la calle
y él me llama
quiere que vuelva a la cama
¿no tienes frío?, susurra. Me besa.

Tengo suerte, yo sé,
pero estoy aburrida.

 

EL LLEGÓ CON LA LUNA LLENA

La noche era clara
el mar calmado y azul.
Esa noche la luna se mostró entera
sin la sombra de ninguna nube;
eran las doce
y nuestros cuerpos proyectaban sombras
como si estuviera amaneciendo.
Mirábamos el cielo, el mar, la arena
a cincuenta metros se distinguía
cada roca
cada ola punto de reventar
hasta las botellas y las latas vacías de cerveza
abandonadas en la orilla.
Milagro de milagros
amanecía en plena noche
y él acababa de llegar.
Me dio un beso, bebimos, bailamos.
Bendije, entonces, mis peregrinajes
a la cruz
el conjuro de la bruja
experta en amores
mis avemarías
el mismo deseo tres veces repetido
que formulé ante la luna nueva
cada noche.
Pero él, acabada la fiesta, se deshizo de mi abrazo
y dijo: no sé por qué he venido
no te amo,
no sé qué estoy haciendo aquí.
Y recordé la piedra que tiré al río
las noches sin luna,
mi falta de fe.

 

HA PASADO YA UNA SEMANA

y no hemos notado ningún cambio.
Todavía queda la mitad
del pastel de choclo
que hicimos el día de su partida.
La ropa sucia que dejó
está limpia, pero mojada:
con suerte si mañana hay sol
la plancharemos por la tarde.
Todavía se nota la forma de su cuerpo
en el hueco de su lado de la cama;
seguimos almorzando a la misma hora,
Por la noche vemos televisión:
el mismo noticiero
los mismos comerciales.
Nadie ocupa su sillón.
tampoco su puesto en la mesa.
Me lo habían advertido:
es como cuando a alguien
le amputan un brazo o una pierna
y aunque sabe que le falta
el dolor lo despierta por la noche,
justo ahí, donde ya no hay nada.

 

EL PRIMER VIAJE QUE HICE CONTIGO

fue de Tacna a la Boca del Río
un sábado de invierno por la mañana.
Compraste dos Inca Kolas y dos mixtos en el Italia
y yo saqué a escondidas dos toallas de mi casa.
Había apenas una tenue resolana
zurumbe,
acá llaman zurumbe a la neblina de mediodía que refresca y alivia
los calores del verano, te expliqué;
no era verdad, pero la palabra te gustó y me creíste
a pesar del invierno.
Te hablé de una playa llamada Pozo Redondo
que parecía de postal:
algún día levantaré ahí una casa para mi vejez, dije
y te fui indicando el camino.
Cuando llegamos empezó a brillar el sol
la playa también te pareció hermosa
como el sueño de la casa mirando al mar, en lo alto.
Ahí mismo, en la arena
junto a la inmensa roca que nos protegía del viento
hicimos el amor por primera vez.
El sol cegaba mis ojos, pero creo que fui feliz.
Anochecía cuando regresamos
y yo me senté muy cerca de ti, juntas nuestras manos.
Mirando la carretera, mirándonos
nos detuvimos varias veces
te gustaba el olor limpio del desierto
y el silencio y las estrellas y el cielo despejado.
Juramos que nos amaríamos siempre.

Tuve que detener el auto al costado de la carretera
lloré hasta cuando el sol me hizo saber que era mediodía
y el calor me agobiaba.
Entonces me soné la nariz
y el pañuelo se llenó de sangre.
Se me ha roto el corazón, pensé.

 

REENCUENTRO

Estás igualita, me dice
Los años no han pasado por ti, le miento.
Me casé, tengo dos hijos, decimos las dos a la vez.
Me va bien, sí muy bien.
Tenemos que vernos más seguido.
Sí tenemos.
¿De qué hablábamos antes?, me pregunto.
¿De qué, cuando no teníamos, hijos, marido, ni empleada?
cuando no era necesario encubrir ni adornar
una máscara bien puesta, casi cara.
Hablábamos, entonces, del futuro
cada una soñaba lo que ahora no es
o lo que ahora es, pero distinto
casarse, tener hijos
irse de la casa que parecía una cárcel
decirle adiós para siempre a las monjas
una vida de postal, sin ropa sucia
ni platos que lavar
esas cosas no se sueñan en los sueños.
Hacemos entre tantas máscaras sonrientes
el primer brindis
el segundo y el tercero
alguien ha traído las fotos de entonces
leemos los autógrafos
reímos de lo mismo de siempre, los profesores
que entonces eran más jóvenes de lo que somos
vuelven a parecernos viejos aburridos. Ellas,
solteronas histéricas, viejas amargadas
recordamos los grandes amores
que no acabaron en matrimonio
soltera, casada, viuda, divorciada, monja
sin hijos, con hijos, uno, dos, tres
cumplido ya el anuncio del juego de la soga
nos asombra la relación de compañeras muertas
las recordamos, nos entristecemos
bebemos, fumamos
contamos nuestras miserias, somos amigas
de una tarde
comparamos el tamaño de los penes de nuestros maridos
su habilidad o torpeza en la cama
los amantes.
No hay madre Giusseppina espiando detrás de la puerta
papá que nos mande a dormir, ni exámenes pendientes.
Días marcados por los timbres entre el recreo y la clase
nos recuerdan ahora la felicidad. Estaba ahí
y no lo sabíamos.
Como no podíamos saber que veinte años después
estamos soñando al revés
y lo daríamos todo por empezar de nuevo
cuando las cartas no habían sido todavía echadas.

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