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En el bosque | Ryunosuke Akutagawa

por Verboser

Ryunosuke Akutagawa   (Tokio , 1892  – 1927) fue un escritor japonés. Aparte de su nombre real, utilizó los pseudónimos Chokodo Shujin y Gaki para documentar su produccion literaria.  En 1910 comenzó a estudiar en la Escuela Superior Nº 1 de Tokio, trasladándose en 1913 al Departamento de Literatura Inglesa en la Facultad de Letras de la Universidad Imperial de Tokio. Fundó junto a varios compañeros la revista Shinshicho. En 1915 apareció su primera obra publicada ‘Rashomon y otros cuentos’; que años más tarde, fue adaptada al cine por el director Akira Kurosawa en la película Rashomon (1950). Pasó su últimos años de vida encerrado en su habitación, víctima de alucinaciones, hasta que finalmente se suicidó ingiriendo veronal.
Además de sus novelas y cuentos, había publicado una gran cantidad de ensayos literarios que, junto a su producción literaria, analizaba y reinterpretaba las leyendas y tradiciones de su país aplicando técnicas literarias occidentales. Ya en 1935 su amigo Kikuchi Kan creó el Premio Akutagawa, uno de los más prestigiosos de Japón, en su honor.

‘En el bosque’ es un cuento que pertenece al volumen «Rashomon y otros cuentos», y que sirvió de argumento para la adaptación cinematográfica de Kurosawa.

 

EN EL BOSQUE

 

Declaración del leñador interrogado por el Oficial de Investigación del Kebiishi*

—Yo confirmo, señor oficial, mi declaración anterior. Fui el que descubrió el cadáver. Fui esta mañana, como siempre, a hachar abetos del otro lado de la montaña. Encontré el cadáver, estaba en el bosque al pie de la montaña.  ¿El lugar exacto? A ciento cincuenta metros, creo, del parador de Yamashina. Es un paraje bastante salvaje, donde crecen el bambú y algunos pinos raquíticos.

El muerto estaba en el piso, de espaldas. Vestía atuendo de cazador de color celeste y llevaba un quimono gris, a la moda de la capital. No se apreciaba mas que una herida en su cuerpo, pero era una herida muy profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas a su alrededor estaban como teñidas de rojo. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual estaba tan prendido un gran tábano, que ni siquiera escuchó mis pasos.

¿Si encontré una espada o algún otro objeto? No. Absolutamente nada. Sólo descubrí, al pie de un abeto próximo, una cuerda y un peine. Ninguna otra cosa descubrí en los alrededores, pero la hierba y las hojas secas de bambú estaban pisoteadas a mas no poder; antes de ser asesinada, la víctima debió oponer fuerte resistencia. ¿Si vi algún caballo? No, señor oficial. No es ése un lugar al que pueda llegar un caballo. Una insalvable espesura separa al paraje de la carretera.

 
Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

—Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, hacia el mediodía, me parece; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba hacia Sekiyama, acompañado por una mujer a caballo. La mujer tenía un velo. Su quimono era de color violeta. En cuanto al caballo, creo que era un alazán con las crines recortadas. ¿Las medidas? Tal vez un metro y medio, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Llevaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo muy bien esa aljaba laqueada de negro en la que llevaba una veintena de flechas.

¿Quién iba a adivinar el destino que le esperaba? La vida humana es tan efímera como el rocío o como el relámpago… Cuánto lo siento… No tengo palabras para expresarlo…

 

Declaración del policía interrogado por el mismo oficial

—¿El hombre al que apresé? Es el famoso bandolero Tajomaru, no lo dude. Pero cuando lo agarré, estaba caído sobre el puente de Awataguchi, quejándose. Parece que se había caído del caballo. ¿A qué hora? Al caer la noche de ayer.

La vez anterior, cuando se me escapó por poco, llevaba el mismo quimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted mismo comprobó, llevaba también arco y flechas. ¿Dice que idénticas armas tenía la víctima? Entonces no quedan dudas, Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba negra, las diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía él. Y el caballo era, como usted dijo un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado por obra de este animal era su destino. Arrastrando sus sueltas riendas, el caballo mordisqueaba hierbas lo más tranquilo cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los bandoleros que rondan por los caminos que conducen a la capital, Tajomaru es conocido como el más mujeriego. El otoño pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien asesinó a este hombre, es fácil suponer qué fue de la mujer que venía a caballo.

Señor oficial, no es mi deseo meterme en lo que no me concierne, pero valdría la pena aclarar este punto.

 

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

—Sí, es el cuerpo de mi yerno. Él no era de la capital; era el jerarca del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre más que a Takehiro. Tiene un cutis moreno y un lunar cerca del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¿Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino? ¿Y dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo dejar de sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana; investigue qué le ocurrió a mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo dijo que se llama? ¡Ah, sí… Tajomaru! ¡Lo odio, lo odio! No solamente asesinó a mi yerno, también… (La anciana rompe en sollozos.)

 

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté al hombre, pero no a la mujer. ¿Quiere saber dónde está ella? Qué sé yo. ¿Qué quieren que les diga? Las torturas más atroces no podrían hacer que yo diga lo que no sé. Nada tengo que perder, y nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. Un golpe de viento agitó por un momento el velo y descubrió el rostro de la hermosa mujer. Sólo por un instante… y un instante después, el rostro volvió a quedar oculto. Quizá la brevedad de mi visión fue causa de que su cara me pareciese tan hermosa como la sagrada Bodhisattva. Enajenado, decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviera que matar a su acompañante.

¿Qué? ¡Vaya! Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes quieren hacer creer que creen. Para raptar a una mujer, necesariamente hay que matar a su compañero. Yo sólo mato por medio del sable que llevo en mi cintura, mientras que ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta con palabras aparentemente generosas. A menudo, cuando ustedes asesinan, no corre sangre, y en apariencia la víctima continúa viviendo. ¡Pero no por eso ustedes la han asesinado menos! ¿Quién es más asesino, ustedes o yo? Pero lo mejor es poseer a la mujer sin verse obligado a matar al hombre. Mi estado de ánimo en aquel momento me indujo a tratar de lograr a la mujer sin atentar, mientras me fuera posible, contra la vida del hombre. Como eso sería imposible en el transitado camino de Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Me hice pasar por viajero, y les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba en la que yo había descubierto una enorme cantidad de espejos y de sable. Para ocultarlos de la mirada de otros, los había enterrado en el bosque al pie de la montaña. Yo buscaba un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Entonces… ¡Qué terrible es la avaricia! No había pasado media hora cuando la pareja marchaba conmigo por el camino de la montaña.

Cuando llegamos al bosque, les dije que el tesoro estaba enterrado más allá, y les pedí que me siguieran para verlo. Enceguecido por la codicia, el hombre lo hizo sin dudar, pero la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su actitud ante la cerrada espesura; era precisamente lo que yo esperaba. De modo que, dejándola, me introduje en el bosque acompañado por el hombre.

Al comienzo no había otra cosa que bambúes. Tras marchar durante un rato, alcanzamos un pequeño claro junto al cual se elevaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, le dije con expresión sincera que el tesoro estaba bajo unos abetos. El hombre se encaminó sin vacilar hacia los árboles raquíticos. Los bambúes se hacían menos y menos espesos y por fin alcanzamos un pequeño claro. Apenas llegamos, me arrojé sobre él y lo derribé. Estaba armado y era fuerte, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos lo até al tronco de un abeto. Soy ladrón. Siempre llevo una cuerda atada a mi cintura para saltar un cerco o algo así. Para impedir que gritara, tuve que llenarle la boca con hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien amarrado, regresé en busca de la mujer y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó, y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando divisó al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, quién sabe cuándo, entre su ropa. En mi vida vi mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aunque reaccioné con presteza, a punto estuve de no eludir su furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru; conseguí desarmarla sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podría hacer. Obtuve lo que me proponía sin cometer un asesinato.

Sí. Sin cometer un asesinato. Yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que deseaba mi muerte o la de su marido, que no soportaría que dos hombres vivos la hubiesen poseído, que eso sería peor que la muerte. Más todavía. Que ella se uniría al que sobreviviera. En aquel momento, lo confieso, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Tajomaru es presa de un escalofrío.)

Escuchando lo que cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado tras deshacerme de ella de un empellón. Y no habría marchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí que no abandonaría el lugar sin antes matar a su marido.

Pero no iba a matarlo indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes deben haber encontrado la cuerda al pie del abeto, pues la olvidé allí). Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y se arrojó sobre mí sin decir una palabra. Nada me queda por contar. Ya conocen el final. En el vigésimo tercer asalto, mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí por él, verdadera lástima. Nadie me había resistido más de veinte… (Deja escapar un suspiro.) 

Mientras su cuerpo se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma chorreante. ¡Había desaparecido! ¿Hacia dónde se había dirigido? La busqué entre los abetos. No descubrí rastro alguno en el suelo cubierto de hojas secas de bambú. Ni mi oído percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al iniciarse la lucha la mujer había huido a través del bosque en busca de auxilio. A partir de ese instante, lo que estaba en juego, lo más importante del mundo, era mi vida; apoderándome de armas del muerto retorné el camino hacia la carretera. Lo que sucedió después no vale la pena contarlo. Antes de entrar en la capital, vendí la espada. Tarde o temprano seré colgado, lo supe siempre. Condénenme a muerte. (Dice esto con gesto arrogante.)

 

Confesión de la mujer que llegó al templo de Kiyomizu

—Después de violarme, el hombre del quimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones sólo servían para clavar más profundamente en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente traté de correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo y, arrojándome un puntapié, me hizo caer. En ese instante advertí un extraño resplandor en los ojos de mi marido… Un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que recuerdo esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos algo que comprendí claramente. Eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa más que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité algo y caí desvanecida.

Cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la consciencia, no lo sé. El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo. Su expresión era la misma de antes, una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo definir lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproxime a mi marido y le dije:

—Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! ¡Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije a gritos. Él, inmóvil, seguía mirándome despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió levársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad encontré cerca mi puñal.

Lo tomé y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

—Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces movió los labios. Las hojas secas que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: “Mátame”.

Completamente fuera de mí, le hundí el puñal en el pecho, a través de su quimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando recuperé la conciencia, miré a mi alrededor. Mi marido, atado como antes, estaba muerto desde hacia tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, lamían su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo intente! Pero, puesto que sigo viva, no tengo de qué jactarme. Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu rechazaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podría hacer. Yo… yo… yo… (Estalla en sollozos.)

 

Lo que narró el muerto por los labios de una médium

—El bandolero, después de violar a mi mujer, se sentó a su lado y trató de consolarla por todos los medios. Yo no podía hablar y estaba amarrado al tronco de un abeto. Pero la miraba a ella tratando de hacerme entender con la mirada, tratando de decirle: “No lo escuches, todo lo que dice es mentira”. Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas secas de bambú. Miraba fijamente sus rodillas. Daba la impresión de que atendía a lo que decía el bandido. Eso es, al menos, lo que a mí me parecía. El bandolero, a su vez, elegía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: “ahora que tu cuerpo ha sido profanado por mí, tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Si no fuera por el inmenso amor que me inspiraste, yo nunca hubiera actuado de esta manera”. Y repetiría una vez y otra vez argumentos de este estilo.

Y de pronto, mi mujer alzó la cabeza extasiada. Ni yo la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi  bellísima mujer respondió al ladrón que la había violado a la vista de su marido maniatado? Le dijo: “Llévame adonde quieras”. (Largo silencio.)

Pero no terminó ahí la traición de mi mujer, llegó mucho más lejos. ¡De no haber sido así, yo no sufriría tanto en la negra profundidad de esta noche! Tomada de la mano del bandolero, estaba por abandonar el lugar, cuando dirigió hacia mí su rostro pálido y, señalándome con el dedo, dijo al otro: “¡Mata a ese hombre! ¡Si él sigue vivo yo no podré vivir contigo!”. Y gritó una y otra vez como una loca: “¡Mátalo! ¡Acaba con él!”. Estas palabras, sonando con violencia, continúan persiguiéndome en la eternidad. ¿Pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseo tan horrible? ¿Alguien escuchó palabras tan malignas? Palabras que… (Aquí hace un silencio, prorrumpiendo en extraña risa.)

Al escuchar semejante pedido, hasta el bandido compadeció. “¡Acaba con este hombre!” Repitiendo eso, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente durante un largo instante, no le respondió. Y acto seguido la arrojó de un puntapié sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en extrañas carcajadas.) y cruzándose lentamente de brazos, el bandido se dirigió hacia mí, preguntándome: “¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?”

Solamente por este gesto habría perdonado a ese bandido.

Mientras yo vacilaba, dudando, mi esposa gritó y emprendió la huida, internándose en el bosque. El bandido, sin perder un instante, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo asistía inmóvil a esa pesadilla.

Cuando mi mujer es escapó, el bandido se apoderó de mis armas y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba: “Esta vez me toca a mí”. Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. “¿Alguien llora?”, me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención; eran mis propios sollozos lo que había escuchado.

Por fin pude liberar completamente mi cuerpo adolorido. Ante mi vista relucía el puñal que mi esposa había perdido. Asiéndolo, lo clavé de un solo golpe en mi pecho. No sentí ningún dolor, sólo un borbotón acre y tibio subir por mi garganta. A medida que mi pecho crispaba, el silencio se ahondaba. ¡Ah, qué silencio! No cantaba un solo pájaro en el cielo de aquel bosque. Apenas caían, filtrándose entre los bambúes y los abetos, los últimos rayos del sol poniente… Luego desaparecieron bambúes y abetos. Tendido sentí unos pasos furtivos que se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía la difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

 

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