Inicio Hemeroteca El poeta está muerto – Cees Nooteboom

El poeta está muerto – Cees Nooteboom

por Verboser

En «Tumbas de poetas y pensadores», Cees Noteboom plantea un recorrido hacia las tumbas de entrañables escritores, ahí donde se encuentran resposando, para entablar un diálogo, y en el que pretende establecer una relación entre la literatura moderna y una tradicion literaria muy presente en ella. Solo los poetas, siguen hablando despues de muertos, parece sugerir Noteboom. Sus multiples visitas a los lugares de descanso de figuras como Vallejo, Neruda, y Cortázar en Paris o bien la tumba de Antonio Machado en Collioure, a la de Stevenson en Samoa y a la de Kawabata en Japón; a las de Keats y Shelley en Roma, pueden ser entendidas como un peregrinaje a las obras mismas que forman parte de una mística donde la palabra, el rumor de la voz que destila la muerte, perdura sobre el tiempo y de esta forma prueba su inmortalidad.

El siguiente texto es un fragmento en el que Noteboom reflexiona sobre esa dimensión de la poesía inserapable del mundo, y sus efectos incluso cuando los autores ya no son más que un verso común que es la lápida sobre la que descansan sus restos.

 

                                                 Tumbas de poetas y pensadores
Cees Noteboom

¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben.

¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuanto repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba.

Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho. El que escribió esas palabras murió, pero las palabras mismas siguen viviendo. Podríamos pronunciarlas en voz alta, como si se las dijéramos a otros. Por eso vamos allí: para oír esas palabras en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.

En estos últimos años he visitado innumerables tumbas de poetas y las sensaciones que he experimentado junto a ellas han sido siempre las mismas. Visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos. Yacen en muros, en lo alto de montículos, bajo modestas piedras u ostentosos monumentos, en metrópolis o en remotas islas, junto a desconocidos o junto a otras celebridades;descansan allí desde hace tanto tiempo que hasta las inscripciones funerarias han envejecido, o en tumbas recién cavadas; las losas están de pie o yacen en el suelo; no han elegido a sus vecinos, duermen en mármol o granito junto a catedráticos u oficiales, con su esposa o su padre o sin ellos, sin palabras o con las suyas propias, palabras cinceladas en la piedra, las palabras que ya conocíamos, que un día fueron escritas con tinta sobre papel y ahora están petrificadas.

He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas le hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

En toda gran poesía, por moderna que sea, está contenida la herencia de los clásicos, de lo anterior, de lo que a lo largo de los siglos se ha preservado para nosotros. Si tenemos un poco de paciencia y estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo recibiremos esa herencia como regalo.

Por esta razón, tal vez lo mejor sea leer en dos direcciones: primero desde hoy hacia épocas más antiguas y sólo después en sentido inverso. Entonces se pondrá de manifiesto que algunas cosas que a temprana edad, cuando empezábamos a leer, nos parecieron tan maravillosas, porque nos hablaban directamente, luego ya no nos causan ese efecto; pero en cambio descubriremos el valor de aquello que antes se presentó como inaccesible, oscuro, hermético. Si queremos decir algo verdaderamente desalentador, sólo tenemos que explicar con Shelley que la poesía abarca all science [toda ciencia] y es algo to wich all science must be referred [a lo que hay que remitir toda ciencia] y, además, aseverar que leer poesía es un oficio. Pero, por fastidioso que parezca, así es. Es un oficio que se aprende leyendo poesía. Los poetas que leemos devienen maestros, a la par que nosotros mismos, y el proceso de aprendizaje dura toda una vida. En la casa de la poesía hay muchas moradas, infinitas, tan diferentes entre sí como lo son los poetas y las épocas, las sociedades y las tradiciones en las que aquéllos han vivido. El lector entra y sale de esta casa; no quiere ni imaginar una vida sin poesía, vive en un permanente vaivén de voces y lenguajes, en una incesante conversación babilónica de hablas llameantes. Para el verdadero amante de la poesía siempre es Pentecostés.

Hoy ya no puedo leer lo que leía ayer. A los diecisiete años se leen unos poemas y a los setenta otros. Antaño fueron Gorter, Rilke o Eluard, hoy son Stevens o Juarroz, Montale o Celan, Tranströmer o Kouwenaar, Pessoa, Elizabeth Bishop, Pilinszky, Herbert, Heaney, Claus; pero esto no significa que ya no quiera leer a los de entonces. Los sigo necesitando al igual que necesito a Campert y a Vallejo o a Slauerhoff y a Rimbaud. Sé dónde están; puedo hacer que vengan a mí en cualquier momento. La poesía, en su significado más profundo, es invariable, pero habla de lo universal y del mundo valiéndose de unas voces que cambian constantemente, cada una a su manera personalísima, y de este modo ilustra y acompaña la amalgama de ficción y realidad que nos constituye. La forma en que lo hace nunca es la misma, porque tampoco nosotros somos los mismos. Siempre necesitamos a otros poetas y otros poemas, oscuros o claros, irónicos o místicos, poetas del tiempo cíclico o del tiempo lineal, o de la ciudad o de la naturaleza, poetas mundanos u hostiles al mundo. Unas veces quiero que la poesía sea humilde y ascética; otras, que cante, incluso que grite por mí; quiero que reflexione sobre sí misma, que se entristezca, que apenas diga nada, que balbucee y se esconda, o que festeje la vida y nos deje sin respiración con un torrente de palabras. Hay instantes en los que deseo perderme en su oscuridad; y otros en los que desearía que escribiera con la punzante agudeza del buril. Yo no puedo ser siempre el mismo y tampoco exijo que lo sea la poesía. Lo único que exijo es que esté ahí: hermética, clara, racional, metafísica, danzante, contemplativa, que hable del mundo en el que vivo, del mundo real, inventado, efímero, peligroso, posible, imposible, existente. Y sé que siempre estará ahí, con todas sus máscaras, con todos sus nombres y sus formas, con todos sus poetas y sus lectores: un elemento natural como el agua y la tierra, el fuego y el aire. No sabemos quiénes son sus lectores. Una “inmensa minoría”, dijo Juan Ramón Jiménez, ¿y por qué no iba a ser así?

Se puede oír poesía en pequeñas habitaciones o en grandes salas, pero para leerla se precisa recogimiento; las personas que la lean estarán solas. Juntas, esas personas constituyen una sociedad; quienes forman parte de ella saben que existe. En este sentido, los lectores son semejantes a monjes cartujos, con frecuencia juntos, las más de las veces solos. Leer es algo que hace uno por sí mismo y en soledad, una aventura espiritual: quien busque claridad inmediata y rehúya lo ignoto es mejor que se mantenga alejado de la poesía, pues ésta no siempre le servirá, no desde luego la mística de Hadewijch o Góngora, ni tampoco Eliot, Paz o Celan. Ha habido muchas veces que no la he comprendido, incluso cuando la he traducido, por ejemplo Montale o Vallejo. Pero no importó. El lector es la tablilla de cera y el poema el sello; algo me ha hablado y yo, sin entenderlo, sé lo que ha dicho. Muchas veces me he quedado contemplando unos versos de Wallace Stevens, anhelando que el poeta revelara el secreto que se escondía en el hermético espacio vacío en torno a las palabras, que dijera que no era relevante, que yo no podía leer su poema como una carta o un informe, que me llevaría tiempo hacer que se acercara a mí, o que el lenguaje no puede sobrevivir si no se le permite de vez en cuando ser oscuro e incomprensible, porque debe su posterior claridad precisamente a las aventuras vividas en regiones todavía inexploradas.

“Muchas veces hay que expresar las cosas de manera complicada”, dijo alguna vez Thomas Eliot a Donald Hall en una entrevista. “Cuando escribí La tierra baldía me daba igual si sabía o no lo que decía”. El poeta como druida o médium: una idea que, naturalmente, para el espíritu positivista es abominación. Sea como fuere, lo mismo que las personas no pueden vivir sin sueños peligrosos e inesperados, tampoco el mundo puede existir sin poesía, y por poesía no entendemos aquí nada que sea una simple ensoñación.

El amor a la poesía empieza probablemente a la edad de los grandes sentimientos, cuando uno todavía cree que un gran sentimiento engendra a su vez gran poesía. La mayoría de las personas nunca supera este malentendido, como se ve con toda claridad en las esquelas mortuorias y en las colaboraciones que se envían a las revistas literarias.

[…]


Fuente: Cees Nooteboom, Tumbas de poetas y pensadores, Madrid, Siruela, 2007. Fotografías de Simone Sassen. Traducción de María Condor.

ARTÍCULOS RELACIONADOS