El equipaje del ángel | 5 poemas de Nilton Santiago

por Verboser

Nilton Santiago (Lima, 1979) Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Ha publicado los libros de poesía El libro de los espejos (segundo Premio Nacional de Poesía Copé 2003; Lima, Ediciones Copé, 2005), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (II Premio Internacional de la Fundación Centro de Poesía José Hierro), El equipaje del ángel (XXVII Premio TIFLOS de Poesía; Madrid; Madrid, Visor, 2014), finalista del Premio Adonáis de Poesía 2014, y Las musas se han ido de copas (Madrid, Visor, 2015), con el que obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana.

En el 2019, Nilton Santiago fue galardonado con el Premio Internacional de Poesía «Vicente Huidobro» por su publicación de «La historia universal del etcétera».

 

LAS ABEJAS NO SABEN AÚN LAS BONDADES DE LAS REPÚBLICAS

Hace casi ya un siglo que te vi por última vez
y eso fue esta mañana
desde luego, estabas irreconocible, habías borrado el rojo de tu sangre
y un poco de cielo de tus ojos, tenías otro nombre
y eras demasiado joven para usar tus pulmones para respirar,
aún así rompiste todos los protocolos del amor y de los ambulatorios
y me tocaste el corazón, dejándolo como una de esas manzanas
de caramelo que venden en los parques de atracciones.
En ese entonces, para pasar el rato, pasaba horas mirando el cielo
hasta que te veía leyendo la suerte en las manos de Dios,
dormida como siempre
dejándote lamer el yeso del alma por familias enteras de camaleones ex presidiarios.
Los comunistas sólo me hablaban para pedirme consejos de cómo conocerte,
de cómo hacerte el amor con la herrumbre de sus huesos,
pero pasabas de ellos / todos tenemos suficientes fantasmas
como para volvernos parte de uno –decías–
mientras ponías a la hora todos los relojes de arena de la ciudad.

No puedo quitarme de la cabeza esas mañanas
en las que dejar de soñar era como descargar camiones llenos de estrellas
y leer el diario –que tontería– como si hiciésemos la autopsia de nuestro tiempo
(es muy curioso, pero para los aymaras
los hablantes están de cara al pasado y de espaldas al futuro).
Ya sé que me repito, pero no es ninguna broma que la prensa libre
únicamente sirve para envolver pescado
o quizá para enterarte de cosas como que la mayoría de los peces de colores
sólo tienen tres segundos de memoria
o que hay un senador estatal de Nebraska que acaba de presentar una demanda contra Dios.
Tengo que confesar que el “Tea Party” me estriñe
y también algunos discursos de mis colegas, los progresistas,
esos que escapan de las ambulancias de la realidad con sus patas de palo.
Caray, tampoco puedo quitarme de la cabeza
el que no hay nada de malo en desear la muerte de un dictador
o que en Latinoamérica ya no son necesarios los golpes militares.
(porque ya están todos en los gobiernos).

En esos casos, también la vida de un poema, como la de un telediario
es el anticipo de la sonrisa de una libélula desahuciada de la luz.
Se me va la olla cuando escribo, lo sé,
es que no me gusta la poesía oscura
y por eso leo cada día el horóscopo de Unica Zürn, la mujer magnolia,
y también los largos manifiestos que fueron redactados sobre las piedras de la noche
y que ahora los puedes encontrar husmeando en google.
Hace casi ya un siglo que te vi por última vez
y eso fue esta mañana,
sé que me esperabas detrás de una gota de lluvia
me esperas y sé que es inútil, aún queda un siglo para vernos
y la vida no da para tanto,
por ahora, encárgate de limpiar los paisajes que salen de tu voz
que este siglo, solo para variar, tan sólo,
me toca ser un árbol camino al aserradero.
Por cierto, amigos oficinistas, también se va al cielo en ascensor
y tranquilos, es físicamente imposible para los cerdos mirar al cielo.

 

LAS CENIZAS DE ULISES

Ahora lo sabemos, tu país era la sonrisa de Ulises,
la frontera más allá de la frontera,
donde las vacas y los cangrejos escapan de algún Chagall
y donde los autobuses, como hospicios para dramaturgos,
son misteriosos escarabajos atrapados en las autovías.
Sí, nuestro país es una nena de veintipocos que aún piensa que los chicos
creen en el matrimonio,
en esa luz que se parece demasiado al sexo de los ángeles.
Deberíamos dejar de hablar de nosotros,
del New York Times envolviendo los anónimos recuerdos de los campos de guerra,
como si fuesen pescado fresco,
allí donde los cascos azules caen como moscas
(total, por la cuenta que les trae a los banqueros y a los gorriones)
Por esos lares, los honorarios de las estrellas
son los mismos que el de los pájaros que brotaban de tu sonrisa
cuando éramos pequeños y los árboles recogían los frutos graves de la noche,
la frágil materia de las aves migratorias
(que también era la nuestra y la de las enfermeras de guerra)
Hoy he vuelto a casa, a la frontera más allá de la frontera
y tengo que decirte que los árboles son apenas un puñado de otoño
brotando de las chimeneas de los autobuses
(los árboles, que para nosotros eran mucho más que los sindicalistas de los bosques)
que Chagall está en paro,
que las columnas de rebeldes han firmado una tregua
con los murciélagos de traje y corbata
y que ya nadie me conoce, a pesar de que he preguntado por ti.
Déjame contarte que la clase media ha sido embotellada y arrojada por el retrete,
que nuestro amigo, el pescador, el que hablaba el dialecto
de las estrellas de mar,
ha dejado de beber, de colocarse y de hacer chistes sobre los conservadores,
y ahora lo ves deambular repitiendo una y otra vez
aquellas palabras de Céline:
“El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches” y lo entiendo,
me pongo la chaqueta y, qué demonios, voy por cigarrillos
y una botella de ginebra.
Le hago otro flaco favor a mi soledad.

 

LAS REDES MI CORAZÓN YA NO ESTÁN PARA PECES

Acabo de salir de la estación con el billete de metro entre los dedos —como si fuese la radiografía de una nena con mariposas de metal en el estómago— hace frío y los árboles entran lentamente en los cajeros automáticos para protegerse del invierno. Dicen que aquí no se empadronó ningún ángel ex guerrillero, ninguna flor murió aquí a causa de una lluvia de abejas y magnolias. Da igual, he decidido tomarme dos segundos de respiro, olvidar que la realidad es un pájaro encerrado en un espejo, un goteo incesante de sus plumas en el hemisferio azul del corazón. Esta mañana me he despertado con tu nombre sobre los labios (aunque creo que el no hablarnos es el lenguaje que mejor nos define), sonriendo como una carta recién abierta. El alba, como un animal a medio hacer, nos ha reconocido como pájaros. Es cierto, son ellos y no otros los que se esconden entre las costuras de la lluvia al empezar el día. Son ellos y no otros los que descienden por las monedas de los termómetros para traernos el recado de los hombres del tiempo. Sí, es cierto, tengo un problema con las aves en general, las encuentro inquietantes cuando llueve y creo que, si fuese por ellas, volarían sólo en primera clase. Sé que escriben, en silencio, partituras de miel contra los árboles y que las flores les dan angustia porque tienen el mismo pensamiento de los astrofísicos cuando se enamoran. Nada de esto tiene que ver con el objeto de este poema que era —vaya tontería describir una jaula o, quizás, llorar como un niño por la ejecución de una lágrima, atiborrarme de cafeína y crisantemos solitarios. Ya lo sabes, los paraguas son los habitantes más sinceros de esta ciudad en blanco y negro. Honradas sean las lágrimas de recambio en las gasolineras de mi corazón. Honradas las estrellas que chillan de noche cuando aún el cielo no ha fijado sus engranajes y se parece a una ratonera para cometas y meteoritos. Ya lo sabes, no se habita una ciudad, sino la soledad de sus gentes, ya lo sabes, un pájaro no es un pájaro, sino un invento de la necesidad de volar sobre la jaula de tus labios. Como lo ves, estoy hecho polvo y las redes de mi corazón ya no están para peces.

 

LA SOLEDAD NUNCA NOS DEJA A SOLAS

En poesía 1 + 1 es “0”, es decir, una rosa enferma, solía decir Lawrence Ferlinghetti
ese animal paradójico que recogía toda la luz de la luna por las noches
para luego venderla en las gasolineras,
en cualquier caso, también el pintalabios de Gisele Bündchen
no es lo que parece, es decir, todas las primaveras que ha padecido el mundo
encerradas en un espejo que ha olvidado su oficio,
es decir, fabricar estrellas de mar y venderlas
como se vende el agua embotellada los días que llueven erizos.
La mañana del 24 de marzo de 1919 encalló, cerca de Yonkers, New York,
el arca de los dones, en la vida “real” esto no sería más que otro suceso naufragando
en la portada de los telediarios
pero en poesía, significó la llegada al mundo de Lawrence,
buen amigo de Allen y de los dos “Jack” (Kerouac & Prévert)
a los 14 años ya rasguñaba las estrellas con su maquinilla de afeitar
y a los 30 ya había hecho un doctorado en la Sorbonne
sobre la influencia del chamanismo en Wall Street,
aunque él lo hubiese querido hacer sobre los desayunos de Ezra Pound
o sobre los ronquidos de Gregory Corso.
Otra mañana, esta vez en Río Grande do Sul, llegó a la tierra el origen del mundo,
es decir, Gisele,
la descubrieron cuando tenía 13 años regando, con la mirada, las estrellas de su jardín
esto pasó en la vida real pero en poesía queda mejor decir que la vieron
devorando una hamburguesa
mientras discutía con el sastre de la imaginación de Ronald McDonald.
Ahora, a los 30, Gisele ya no deja en bragas a la estatua de la libertad
ni paraliza la respiración de Dios cuando éste espía el mundo a través de sus ojos
pero sigue alborotando el gallinero, es decir, la gota de rocío que es el mundo entre sus manos limpias de enfermera de guerra.

En poesía, “0” + “0” es el origen del universo y también de la mirada de Cesare Pavese
esto no lo escribí yo a los 13 años
porque nunca tuve 13 años, sino 365 días llenos de pompas de jabón,
esto se diría así en la vida real
pero en poesía, 365 pompas de jabón es lo mismo que decir 15 atentados con “coche bomba”.
En ese entonces, mi soledad huía de los toques de queda y de los controles militares
y se quedaba quieta, bajo la sábana, luchando contra los molinillos de viento
que eran las sombras de las velas en los candelabros,
esas que solíamos tener en casa por la falta de luz eléctrica.
Ahora se me “está pasando el arroz” (pensar en hijos me da sarpullido)
y no tengo en el banco ni 30 estrellas vegetales de Tartaria
no tengo ningún doctorado y tengo miedo hasta de la guardia urbana,
es cierto, ya no existe Sendero Luminoso
ni el ejército revolucionario para la liberación de las flores,
pero mi soledad aún sigue allí, despierta bajo las sábanas de tu nombre
bien repartida entre 365 días llenos de pompas de jabón.

Por cierto, dicen que nuestro corazón late más de 100.000 veces al día
y que la luna, ese vertedero de lágrimas, pesa 81 billones de toneladas
no obstante, en materia poética,
esto es, en la vida real, la luna tiene el peso exacto del corazón de Giselle
es decir, el de 100.000 pompas de jabón,
esto me lo contó una vez Lawrence,
buen amigo de los chatarreros del paraíso que algunos han visto en su corazón.

 

LOVE STORY

Anochece,
(o eso parece por la forma en que la luz empaca tu sonrisa)
la luna es una libélula más alrededor de tu corazón
y la melancolía, como el corazón de una fulana, crece desmesurada y bellamente
hasta exiliarse entre tus labios y mis labios,
o entre lo que queda de nosotros y la tristeza de los árboles, mejor dicho.
Hay movimientos obreros bajo el campo lunar de tu cama
hay plazas rojas, hay Tian’anmen, hay Place de la Bastille
y a ti lo único que te preocupa
es que tus pecas cambian de sitio cada vez que te duchas.
Quién diría que a estas alturas del partido estaría tan colado por ti
ahora me lo explico; haces conmigo lo que los pájaros con el aire:
lo seducen para poder volar y no caer a plomo.
Sé que nunca un alquimista tuvo un diente de oro
sé que Gioacometti almuerza cada día en la terraza de tu mirada
y se juega tres gramos de talento por ver de cerca tus lunares,
sé que ahora pasas de mis huesos
porque no me gustan los lentos besos de cinco estrellas
o porque creo que el sindicalismo es una pecera en una casa de citas.
Te echo tanto de menos que no me acuerdo ya ni de tu nombre
y no princesa, no quiero besos de despedida, soy una rana republicana.

 

 

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