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Cartas a Antonio (1938-1939)

por Verboser

Para César Moro (1903- 1956) Antonio fue su más intenso y loco amor. Ese sentimiento surrealista que André Bretón describe como algo desenfrenado, ilógico y único. La historia de amor homosexual entre César Moro, primer poeta latinoamericano surrealista, y Antonio Acosta Martínez, teniente del Ejército mexicano, inspiró una serie de cartas y poemas que nos introducen a una intensidad y a un desamor que sobrepasan la cordura. Una relación de altibajos que duró ocho años, mientras el poeta se encontraba residiendo en México. Poco se sabe de la vida de César Moro, quedan sus obras, sus cartas como epístolas de amor y algunos testimonios recogidos, como el del acoso que sufrió por parte de los estudiantes del colegio Leoncio Prado por su orientación sexual, algo que la Lima conservadora de aquella época no aceptaba. Ahora, de este amor nos queda la lírica de un poeta que amaba con intensa pasión.

Compartimos seis cartas, del poeta, dedicadas a Antonio y escritas entre 1938-1939:

CARTAS A ANTONIO

                                                                                         I. 

Un deseo de verdadera comunicación contigo se hace más y más urgente. A veces me parece que no somos bastante amigos, que tienes todavía muchas reservas conmigo. Quizá yo, sin quererlo, tengo la culpa. Enteramente a la merced de tu presencia ardientemente deseada o de tu ausencia desesperadamente vivida, cuando estoy frente a ti estoy bajo tu imperio absoluto. Si estás
alegre estoy alegre, si estás triste estoy triste: no tengo tiempo de pensar, sólo puedo
sentir. Cuando te vas pienso y reflexiono y me avergüenzo de imaginar que puedes
juzgarme egoísta, o aun peor, que puedes interpretar mi vehemencia como la voracidad
elemental de la satisfacción de un deseo. Esto estaría muy lejos de la verdad. Mi afecto
por ti es tan profundo, tan leal, tan puro que no puede tener uno sino múltiples aspectos.
Cuando te digo cosas que pueden parecerte pueriles, no hago sino exteriorizar en
forma espontánea una convicción. No me explico cómo los demás no perciben
inmediatamente lo que yo veo, no supongo, veo en ti. O quizá hay demasiada gente que
lo ve como yo, y entonces me entristece pensar que, si bien nadie puede quererte como
yo, en cambio todos tienen más méritos y mayor posibilidad de hacerse querer por ti.
Cuando digo quererte hago abstracción de todo aquello que pueda parecerte equívoco y
queda siempre una extensión inmensa de afecto y de ternura.
Pensar que tú puedes creer que me divierto, que estoy alegre o siquiera tranquilo
lejos de ti, me entristece como si hubiera cometido un crimen. Nada puede distraerme de
mi única preocupación, de mi solo pensamiento, de la tristeza incurable de no verte a
todas horas, de estar lejos del maravilloso espectáculo, de tu presencia. Te quiero,
comprende solamente esta cosa sencilla y terrible: querer y querer cada día más y con
más fuerza y hacer que el Universo dependa de tu voluntad o de tu capricho. El tiempo
es hermoso si tú quieres, horriblemente triste si estás triste o si tu rostro se cubre con las
nubes de la cólera o del disgusto. Apenas te alejas y ya el cielo radioso se oscurece.

                                                                                                                         Domingo, 23 de octubre de 1938

                                                                             II.

El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se
vierte. Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio, el gran
silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la noche, a pasos
callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu rostro severo, con el
misterio y la distancia y con el gran silencio.
Yo no podré besarte, a veces dices, yo no podré besarte…
El corazón respira apenas ante el milagro repentino de tu presencia. Los ojos
quisieran guardar para siempre el color de incendio de tus ojos, el resplandor de tu mirada,
el exacto volumen de tu cuerpo, y devorarte y envolverte y guardarte ajeno a todas las
miradas.
Te llamo desde lejos, de muy lejos; tú no me oyes, mi voz te llega amortiguada.
Tú no me oyes. Si me oyeras vendrías y tus ojos se cubrirían de lágrimas y a través de esa
bruma verías la imagen del amor acribillado. Pero no oyes y tu ausencia se renueva. Estás
cerca de mí, estás cerca; todo me lo dice: el calor de tu cuerpo, tu cuerpo mismo, la sombra
terrible de tu cuerpo interceptando la luz del sol. Tu voz también quiere decirme que estás
cerca. Pero no es cierto… Ya te fuiste. Acaso no has llegado todavía y yo estoy ciego,
completamente ciego, mirándote sin verte y llamándote hacia aquel punto donde ya nadie
puede seguirme, donde la soledad me acosa, donde nada responde ni nada me acompaña.
¡Volver a verte!
Por un camino que no llega te aguardo y te estaré aguardando siempre; más lejos
que mi vida, más lejos que el recuerdo de la vida consciente; desde mi oscuridad,
agazapado, solo, horriblemente solo, esperando que al fin vuelvas y te detengas y me
mires y hables y tu voz me haga nacer y me devuelva al mundo de mí mismo que he
perdido al encontrarte sin hallarte.

                                                                                                                                                     25 de enero de 1939

III.

Estoy libre de deseo. Vivo al interior de él y siendo él ya no sufro de él. Ya no es múltiple
en los fines, si polifacético en el deseo. Ya no vivo sino en el deseo.
Desearte es ver todos los árboles y el cielo, el agua y el aire en ti. Mi vida se ha hecho
simple, clara, ardiente, limpia.
¡Ay! ¡Si yo no amara! Sería la guerra de cien años de mi vida. Los frentes dispersos.
Ahora la batalla es una, uno su fragor.
Te puedo dar todos los nombres: cielo, vida, alfabeto, aire que respiro.
Si todo eres tú, ya mi deseo es uno en su fin. Pero si a veces te presentas como el aire o
la luz, fuera de ti no deseo, ni vivo y estoy ciego.
Megalomanía del amor. Qué delirio de grandeza puede igualarte. O deseo de su sola
grandeza, de su solo brillo.
En tu deseo todas las formas reprimidas, exaltadas, demenciales, absurdas se resuelven y
se hacen ( . . .tivas). Crece la realidad y por primera vez la muerte no existe.
Grandeza de saberte el más alto deber, la urgencia mayor, y sacrificarte a un deseo
simplemente humano.
Soy el santo de los santos. El receptáculo de tu amor. Gracias a ti, de este fuego que ha
quemado toda impureza.
¿Quién puede asegurarme una eternidad sin amarte? Pero, ¿quién puede consolarme del
trance de la muerte y darme la certeza, la única que pido, de amarte exactamente a través
de todas las transformaciones post mortem?
Si puedo amar así, mi eternidad sería segura. ¿Tal eternidad dura sólo una vida?

                                                                                                                                   28 de febrero, medianoche

IV.

Te quiero con tu gran crueldad, porque apareces en medio de mi sueño y me levantas y
como un dios, como un auténtico dios, como el único y verdadero, con la injusticia de los
dioses, todo negro dios nocturno, todo de obsidiana con tu cabeza de diamante, como un
potro salvaje, con tus manos salvajes y tus pies de oro que sostienen tu cuerpo negro, me
arrastras y me arrojas al mar de las torturas y de las suposiciones.
Nada existe fuera de ti, sólo el silencio y el espacio. Pero tú eres el espacio y la noche, el
aire y el agua que bebo, el silencioso veneno y el volcán en cuyo abismo caí hace tiempo,
hace siglos, desde antes de nacer, para que de los cabellos me arrastres a mi muerte.
Inútilmente me debato, inútilmente pregunto. Los dioses son mudos; como un muro que
se aleja, así respondes a mis preguntas, a la sed quemante de mi vida.
¿Para qué resistir a tu poder? Para qué luchar con tu fuerza de rayo, contra tus brazos de
torrente; si así ha de ser, si eres el punto, el polo que imanta mi vida.
Tu historia es la historia del hombre. El gran drama en que mi existencia es el zarzal
ardiendo, el objeto de tu venganza cósmica, de tu rencor de acero. Todo sexo y todo fuego,
así eres. Todo hielo y todo sombra, así eres. Hermoso demonio de la noche, tigre
implacable de testículos de estrella, gran tigre negro de semen inagotable de nubes
inundando el mundo.
Guárdame junto a ti, cerca de tu ombligo en que principia el aire; cerca de tus axilas donde
se acaba el aire. Cerca de tus pies y cerca de tus manos. Guárdame junto a ti.
Seré tu sombra y el agua de tu sed, con ojos; en tu sueño seré aquel punto luminoso que
se agranda y lo convierte todo en lumbre; en tu lecho al dormir oirás como un murmullo
 y un calor a tus pies se anudará que irá subiendo y lentamente se apoderará de tus
miembros y un gran descanso tomará tu cuerpo y al extender tu mano sentirás un cuerpo
extraño, helado: seré yo. Me llevas en tu sangre y en tu aliento, nada podrá borrarme. Es
inútil tu fuerza para ahuyentarme, tu rabia es menos fuerte que mi amor; ya tú y yo unidos
para siempre, a pesar tuyo, vamos juntos. En el placer que tomas lejos de mí hay un
sollozo y tu nombre. Frente a tus ojos el fuego inextinguible.

                                                                                                                                   18 de junio de 1939

V.

Yo puedo pronunciar tu nombre hasta perder el conocimiento, hasta olvidarme de mí
mismo; hasta salir enloquecido y destrozado, lleno de sangre y ciego a perderme en las
suposiciones y en las alucinaciones más torturantes. Todo me persigue con tu nombre. Tu
imagen aparece a cada instante debajo de todas las imágenes, de todas las
representaciones.
Nada puede hacerme sufrir más que el espectáculo del amor. Yo solo, frente al mundo,
fuera del mundo, en el mundo intermedio de la nostalgia fúnebre, de las aguas maternas,
del gran claustro, del paraíso perdido; frente a ti y lejos, tan lejos que ya nada puede
salvarme, ni la muerte.
Me has arrojado por debajo de mí mismo: las palabras se van acumulando; hay palabras
de las que ya no se vuelve, que abren una brecha por la que se introducen el veneno y la
tristeza de muerte; la desolación total, la soledad, el abandono definitivo.
Encerrado dentro de mí, solo con tu recuerdo que me persigue noche y día sin reposo. Ya
no puedo acordarme de cuando sonreías, ahora apareces alejándote y con una mirada que
yo no hubiera querido conocer. Ya sé todo lo que nunca hubiera querido saber, lo que
algunos hombres conocen solamente pocos instantes antes de su muerte. Y debo seguir
viviendo sin esperanza, sin estímulo, sin ese pequeño espacio de refugio de descanso que
todos necesitamos. Quizás más que nadie tenía yo necesidad de una tabla de salvación,
de una última apariencia engañosa de la vida para seguir adelante, para salvarme de mí
mismo y de la conciencia que del mundo y de la vida he tenido desde que pude darme
cuenta de la vida.
Ahora, dónde ir, dónde volver la cara, a quién contar lo que puede sufrir un ser humano
que a veces desconozco y que siento como un extranjero enloquecido dentro de una casa
vacía. Qué puede reservarme la vida sino la repetición constante de un solo instante, del
más amargo de los instantes. Cada nuevo día que viene no hace sino traerme la misma
desesperación; mi primer pensamiento, al despertar, eres tú; el último, al dormir, eres tú.
Y mi sueño no es sino una angustiosa búsqueda de ti. Sueño que te vas, que me abandonas,
como si pudiera abandonarse algo que nunca se ha aceptado. Porque tú nunca me has
aceptado, nunca has querido saber nada de mí. Apenas llegaste, ya no pude ver nada, salí
despavorido tras de ti y así he continuado.
Ojalá fuera verdad el mito del alma que se vende al diablo, ya la hubiera yo vendido por
toda una eternidad para estar más cerca de ti, para tener la seguridad de verte siempre. Lo que me aterroriza de la muerte es saber que entonces no podré pensar en ti, que ya no
vendrá tu recuerdo a torturarme; que mi ternura, mi pobre ternura rechazada no podrá
envolverte en una mirada, en un anhelo infinito.
El cielo es azul, la vida es hermosa, el aire se vuelve respirable porque existes. Yo sé que
la vida es hermosa aunque no la recuerdo, sé que el cielo es azul aunque no lo miro nunca,
sé que puede ser más azul que nunca cuando tú sonríes. Tu sonrisa es lo más bello y
humano que yo conozca. Cuando sonríes parece que todas las montañas del mundo
tuvieran sol y árboles y que vinieran a tu encuentro a besar las huellas de tus pasos; parece
que la noche se hubiera acabado para siempre y que ya sólo la luz y el amor y una
inocencia cósmica reinaran sobre el universo, donde los planetas y los astros no pueden
compararse a ti sino como reflejos o emanaciones de tu presencia en el mundo. Ya que
en tu poder está volver sombrío el día y hacer clara la noche y desencadenar lluvias
tempestuosas y hacer gemir los elementos, ¿por qué no quieres transformarme en un
pedazo de tu sombra, o en tu aliento o simplemente en una partícula de tu pensamiento?
Si no quieres salvarme condéname a una muerte fulminante, condéname a. la desaparición
total, pero que no siga esta larga angustia, este temor de cada día, de cada hora. Haz que
vuelva al origen de mi vida, a la nada, y no vuelvas a crearme ni a traerme nuevamente a
la vida ni siquiera bajo la forma de una piedra; aún así tendría la nostalgia insaciable de
ti, la memoria de tu recuerdo. Dispérsame en el aire o en el fuego o en el agua o mejor en
la nada, fuera del mundo.
Sólo pido a la vida que nunca me deje un momento de reposo, que mientras haya un soplo
de vida en mí, me torture y me enloquezca tu recuerdo, que cada día se me haga más
odiosa tu ausencia y que por una fuerza incontenible me llegue a encerrar en una soledad
que no esté habitada sino por tu presencia. Ya no sé quién soy ni quién fui antes de
conocerte. ¿Acaso yo existía antes de conocerte? No, no era sino un reflejo de la luz que
iba llegando, de tu presencia que se acercaba. Persígueme, tortúrame, maldíceme, pero
no me abandones a mi propia desesperación. Trata de comprender los sentimientos de un
ser mortal que te venera, que siente un ansia irracional de confundirse contigo, que no
conoce de la vida otra cosa que lo que tú le has enseñado; que sabe que el día es un largo
período de siglos que parecen un instante cuando tu presencia se manifiesta; el resto del
tiempo es noche. Manifiéstate a mí bajo tu apariencia humana; no tomes el aspecto del
sol o de la lluvia para venir a verme; a veces me es difícil reconocerte en el rumor del
viento o cuando en mis sueños adquieres el aspecto demasiado violento de una enorme
piedra de basalto que rueda por el espacio infinito sin detenerse y me arrastra a la
desolación de playas muertas que la planta del hombre no había hollado aún, playas todas
negras en que una montaña que ocupa todo el horizonte sostiene una reproducción del
tamaño del cielo de tu cabeza tal como yo la conozco, tu cabeza rodeada de centellas y
que despide un fuego tan terrible que a veces se propaga hasta las nubes e incendia el
mundo. Pero basta el movimiento imperceptible de uno solo de tus músculos, el más
pequeño, para que todo vuelva a ser como nosotros creíamos que era, antes de que tu
presencia se manifestara al mundo y antes de que yo fuera el primero y el último de tus
adeptos, oh espíritu nocturno. Abrásame en tus llamas poderoso demonio; consúmeme en
tu aliento de tromba marina, poderoso Pegaso celeste, gran caballo apocalíptico de patas
de lluvia, de cabeza de meteoro, de vientre de sol y luna, de ojos de montañas de la luna.
Gran vendaval, dispérsame en la lluvia y en la ausencia celeste, dispérsame en el huracán de celajes que arremolina tu paso de centella por la avenida de los dioses donde termina
la Vía Láctea que nace de tu pene. 

                                                                                                                                     25 de julio de 1939

VI.

¿Qué puedo decirte aún? ¿No te he dicho mil veces con la palabra y mil veces con el
silencio, con el desesperado lenguaje de los ojos o del pensamiento que se retuerce sobre
sí mismo y labra infatigable, como la gota de agua, la piedra del cerebro y deshace el
corazón vacío y la esperanza tenaz y el aguardar eterno, no te he dicho, mil y mil veces
más, lo que ahora no me atrevo a decirte y que tú sabes y no quieres saber?
A quién, sino a ti, puedo hacer responsable de esta lluvia que cae interminable, de esta
brumosa tristeza que me corroe el gusto de la vida; a quién, si no a ti, debo hacer
responsable de esos espacios fugaces y brillantes de mi vida en que todo parece nacer y
ordenarse según un nuevo orden desconocido y una alegría sin medida: la alegría potente
de haberte conocido, de saber que tú eres, y que eres sin remedio en mi vida; la última
alegría, la última tristeza, el solo nombre que mi mente pronuncia sin descanso a través
de la experiencia insoportable de los días que pasan inútiles, sin alegría fuera de ti.
No puedo resolverme a aceptar el hecho evidente, crudelísimo, de saberte distante,
indiferente, ajeno. Lo sé, no puedo aceptarlo. Te adoro. Palabras, palabras… Nada es
comparable a la sensación de mi ternura por ti; llámala de cualquier modo: justa, injusta,
reprobable, monstruosa; también es un hecho innegable, más fuerte que mi muerte, más
fuerte que el infierno de cada día y que la desesperación en que me debato. Es así, así será
siempre.
Nada tengo que reprocharte o debiera reprocharte hasta el aire que respiro; no es tu culpa
ser lo más hermoso y lo más terrible en mi vida. Tu ausencia, tu sadismo, tu indiferencia:
qué cosa puedo hallar fuera de tu mundo absorbente sino el silencio y la sombra mortales
en que a lo largo de los días te busco. ¡Qué bella debe ser la vida! Ahora llueve, para mí
podría ser la hora luminosa, el cielo azul, el aire tibio de la estación más tibia en el clima
ideal del mundo si pudiera verte interminablemente, hasta que mis ojos se cerraran
viéndote, aparición concreta de mi paraíso perdido, de mi lejano paraíso que no encontraré
jamás y que me deja más solo y más indefenso que a todo ser humano.

                                                                                                                                          10 de octubre de 1939


*Material recogido de la Obras Completas de César Moro II /  Editorial Sur Librería Anticuaria y Academia Peruana de la Lengua

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