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Breves apuntes sobre ‘albión’, de Victoria Mallorga

por Verboser

Compartimos dos reseñas que fueron escritas por Ximena López Bustamante y Álvaro Jassaui Chero, las cuales fueron leídas en la segunda presentación de albión (Alastor, 2019), primer poemario de Victoria Mallorga.

LECTURA DE ÁLVARO JASSAUI

En su libro de 1973, El sistema astrológico: teoría y práctica, el poeta y astrólogo peruano Rodolfo Hinostroza afirma: “El Tauro está dotado de una enorme perseverancia y de una paciencia a toda prueba, lo cual lo capacita para repetir una y otra vez el mismo ensayo, volver una y otra vez sobre sus pasos hasta conseguir sus objetivos, así le tomen largo tiempo. Generalmente esto es capaz de producir obras de una gran solidez, resistentes al paso de los años”. Resulta entonces evidente por qué Victoria Mallorga decidió presentarse en la solapa de su primer poemario como tauro, literata, trickster: este libro es el producto de años de trabajo poético, y no era necesario decirlo para que ustedes lo reconocieran en cada uno de sus encuentros particulares con albión. El poemario está constituido por la cantidad exacta de versos para pintar la imagen sensorial que cada poema busca transmitir. La exuberancia no se encuentra en el uso lingüístico, sino más bien en la fuerza emotiva de cada imagen: albión se desborda en la cantidad de sentidos que produce, pues nos confronta no con conceptos o idearios duros, sino con la propia experiencia del sentir. Paradójicamente, mediante un manejo consciente y pormenorizado del lenguaje, albión nos sumerge en una dulce, aunque desgarradora, vorágine prelingüística, en donde cada sensación experimentada carece de nombre, exponiéndonos, por tanto, a confrontarla sin etiquetas que disminuyan su potencia. Todo esto, por supuesto, es difícil de afirmar no solo sobre una ópera prima, sino sobre cualquier poemario. A diferencia de otros buenos poetas, cuyas primeras publicaciones han sido ensayos o anticipos de una futura gran obra, Victoria nos ofrece, desde su primera publicación, una obra – parafraseando a Hinostroza – de una gran solidez, resistente al paso de los años.

Habiendo aclarado la apertura de sentidos que nos propone albión, quisiera compartir con ustedes uno de los viajes posibles que atraviesan el poemario. Partamos reconociendo que el poemario está dividido en cinco secciones: “previas al aterrizaje”, “la costumbre humana del amor erróneo”, “xxx-llámame”, “una pesadilla en el arco del siglo” y “acabose”. Las “previas al aterrizaje” nos introducen a una idea de viaje no reducida a translación en el espacio, sino como extrañamiento y turbación existencial, girando alrededor de la idea de “pertenecer”. En los viajes de estos primeros poemas, aprendemos que para pertenecer es necesario reconocer y reconocerse, y para ello es necesario el lenguaje, ser capaz de nombrar. En el ejercicio poético-conceptual de “sahara eterno”, por ejemplo, nos vemos arrojados a un espacio en el cual “los objetos no sostienen un nombre, su tiempo de vida reducido al instante que tus ojos los enfrenta”. Si no podemos nombrar, no podemos establecernos ni producir sentido a partir de nuestro estar, como dulce y tristemente nos recuerda “tierra árida” con sus versos “lo llamo pérdida para hacerlo mío en una tierra donde nada lleva mi nombre/ donde ni siquiera yo soy mía”. Incluso el acto del encuentro con un otro aparece como un viaje y, por tanto, está atravesado por la necesidad de nombrar: en “r”, encontramos “las cosas de las que hemos huido tienen nombre,/ te oigo murmurarlo en mi pecho a la espera de que vuelvan por ti”. El nombre de las cosas les da una presencia que nos persigue cuando decidimos dejarlas atrás, pero que nos permite ser cuando queremos quedarnos, cuando queremos hacernos un espacio en el que ser. Y espacio, y no mundo, es el término adecuado.  “Sensible a la naturaleza, a la lujuria y a la exuberancia que se encuentra en ella, no es infrecuente que sucumba al éxtasis contemplativo, o que se identifique con sus irresistibles fuerzas ciegas”, nos dice también Hinostroza en su caracterología del signo Tauro. En Albión no solo se nos presentan las irresistibles fuerzas de la naturaleza terrestre, ni solo imágenes de placeres sensibles cotidianos, sino también una voz que explora sensualmente la naturaleza de otros planetas, aprovechando sus significativas resonancias con el discurso astrológico. Por ejemplo, para la voz poética de “júpiter”, este planeta es un duro viaje donde el vidrio que produce la atmósfera corta hasta la posibilidad de la palabra. Para Hinostroza y la tradición astrológica en la que se inserta, Júpiter representa tanto el idealismo como la justicia y la ley. Tener el ascendente en Júpiter, como se declara en el poema, significa ser percibido como un regente de Júpiter, como alguien justo en su idealismo, tarea difícil y ardua para quien lleva también al planeta Venus en Tauro. Es decir, astrológicamente, para alguien que busca conexión y fidelidad en el placer sensual.

En “siguiendo la costumbre humana del amor erróneo”, también llamada “la trilogía de silena” por la autora, vemos cómo esta idea de pertenecer puede resultar dolorosa y paradójica. Sembrar sentidos, para el yo poético, se hace difícil. A diferencia de lo que ocurre con la figura materna, cuyas semillas brotan en cada espacio que habita, enraizarse cuesta. El único espacio donde parece brotar sentido es en un cuerpo ajeno, por lo que el sentido producido termina subyugado a la voluntad de ese otro. El sentido que al fin sembramos deja de ser nuestro.  No por nada la sección termina: “como si me dijeras al oído/ que la tristeza será eterna/ si no me callo la boca”. Querer pertenecer al otro, querer nombrar al otro, querer entrar en el alma del otro, es una forma de amor erróneo: una exploración dolorosa a la que, sin embargo, todos nos vemos arrojados, más aún si se tiene al planeta Venus iluminando la constelación de Tauro.

Pero en “xxx-llámame”, por más que el título mismo se presente como un pedido de permanencia, comenzamos a entender el viaje también como un dejar ir. “dejavu of a longer life” recuerda las palabras de un tú poético que pide “desdibújate conmigo”. Y vemos cómo las manos de la voz poética “van liberando cada palabra de tu boca/como aquella que desierta el prado”. El lenguaje crea hogar, pero también constriñe: comenzamos a intuir cómo se ha llegado a la estética del poemario, cómo su proceso nos invita a, nosotros también, dejar nuestro lenguaje de referencias fijas, que solo producen mundos fijos, y comenzar a nombrar las sensaciones en lugar de restringirlas con una palabra –un concepto– que pretende agotar su sentido. “Xxx-llámame” es también una colección de elegías a encuentros que son recuperados gracias al lenguaje. El dolor se hace presente en estos poemas, pero nunca el resentimiento. La melancolía atraviesa las palabras de esta sección, hasta hacerse nido en el último poema, “adrienne me susurró al oído”, en la palabra “rich”. No se trata, entonces, de abandonar el lenguaje del todo, sino de guardar en la memoria la sensación asociada a ciertas palabras que, como semillas, despliegan luego su sentido, floreciendo en nosotros.

En “una pesadilla en el arco del siglo”, se convierten el lenguaje y el amor en pregunta sobre la trascendencia y la eternidad, exploramos la dolorosa tensión entre el deseo de pertenecer y la aprendida necesidad de dejar ir. La sección termina, en “hibridez”, con una nueva promesa: la posibilidad, la potencialidad para el renacimiento. No todo debe morir, “somos ramas nuevamente/ el potencial latente en el roce / de tus hojas/ y las mías”.

Y así, después de aterrizar en los mundos sensibles de albión, “acabose” nos insta a partir. En el primer poema de la sección vemos el peligro del olvido absoluto, y así se explicita que el lenguaje está, siempre, para conectar. Los actos de nombrar y pertenecer, que atraviesan todo el poemario, son los que nos permiten ser, porque ser es siempre ser con los otros, ser entre los otros. El lenguaje tradicional, fijo, puede constreñirnos, pero renunciar a él nos hace algo peor: nos deja solitarios, en un mundo efímero. En “amante” está la alternativa, pero de forma negada.  El yo poético pregunta al amante “por qué caminas solo”, por qué se renuncia al vínculo con los otros. El poema no ofrece respuestas, más que la distancia y el olvido, recordándonos que si cultivamos el lenguaje no es solo para seguir siendo, sino para establecer sentidos junto a otros. Es este amante, pues, ejemplo de quien ha fracasado en su uso del lenguaje para persistir en los otros. Finalmente, el poema “homínimo” es un espejo del poemario en su totalidad. Así como albión envía al yo poético “un cuadro hecho con los colores más tangibles del mundo”, así como albión “no necesita un cuerpo para besar sus manos”, el poemario albión de Victoria Mallorga, entre todas las palabras, nos ofrece sobre todo imágenes sensibles que remueven y proponen, que llaman a repensar nuestra propia forma de nombrar, nuestros afectos, nuestros conceptos limitantes. En general, Albión nos ofrece una manera de viajar al centro mismo de nuestra experiencia sensible, para poder realmente sentir, y hablar, con los otros, en esta tierra. No se podía esperar menos de una tauro.

 

 

LECTURA DE XIMENA LÓPEZ

La lectura es un acto de autconocimiento. Como en todos los libros, y sobre todo en un poemario, los lectores somos invitados a adentrarnos, de la mano del autor o desde nuestra imaginación, en mundos donde todo puede ser posible. Donde conoceremos lugares diversos, seremos personajes múltiples y afrontaremos, desde variadas tribunas, el afilado portal de la posibilidad.

Con temperaturas usualmente frías, cielos grises y lejos, muy lejos de casa es como comienza a darse forma este primer poemario de Victoria Mallorga que a simple vista parece ser el abandono del ser amado para que luego nos demos cuenta que en albión nada es gratuito. Desde los colores de la portada hasta sus referencias en pie de página, daremos fe que bajo este título hay un mito oculto en el intermitente tema del amor. Un espectáculo natural, esperable pero sorpresivo cuando llega. Como la erupción de un volcán que todo lo incendia y lo confunde con su avance arrasador. Así es el amor.

albión. Partimos con una palabra de la que ya no diré lo que significa o de dónde viene. Imagino que al obtenerlo todos buscarán tal premisa, si es que ya no lo hicieron. Lo que sí puedo decir es que este lugar/ no lugar, este cuerpo/no cuerpo, este destino/mito ha dejado en mis adentros una llaga tierna, inmovilizada. Todavía siento el ardor placentero de tanto que me dura. Saltando entonces este agradecimiento a su autora por invitarme aquí el día de hoy, empiezo.

albión inicia en la sala de espera, con un último llamado a la señorita desarraigo para volver a casa. Abordando estas previas al aterrizaje, junto a una corona y un trono digno de lo más ligero de estas tierras, es como se da inicio a este viaje/ no viaje hacia este destino o hacia este mito.

En este lugar donde el olor a pérdida cristalizada en leña llega con el otoño, donde ya no quedan palabras en las hojas, ni nada lleva su nombre, donde no florece más nada. Pronto, el ser amado decide irse a Júpiter, con cantimplora en mano, a experimentar, a buscar significado. Elevamos la mirada y vemos a los cuervos en la altura, antes cuerpos suturados reteniendo calor, ahora se oyen desde el rechinar de un reloj eléctrico.

Avanzamos sobre albión y pronto viene “Sahara eterno”, poema del vacío. Vamos sintiendo la sangre en las manos al intentar rescatar lo poco que queda, oyendo entre vacíos las palabras no dichas. Vemos el reflejo de tu voluntad de hallar en la palabra el consuelo y la unidad definitiva, Victoria. Aun así, seguimos contigo en la espera. A la espera de que vuelvan por nosotras. Y le volvemos a decir, de que nada ha quedado en pie después de ti. Que hemos caído en un espacio donde ni tú ni ella ni nada perdura.

Siempre con la cara al desierto, siempre con cara a la luna, aceptas el abandono y decides ser marea creciente aunque no sea ese tu puerto, aunque ya no existas como antes al borde de su boca. Entonces decides decir adiós, frío, breve, dejando que llore el agobio de arrastrar el mar contigo.

Como no era ese tu puerto, auguras el pronto encuentro de uno: la luna. En el poema “lunática” se reconoce la ingravidez que inunda al ser amado al saber que todo es suyo. Al saber que todo lleva su nombre, que todo espera su paso. Luego nos consuelas con esta “teoría carente” tuya, donde el tiempo hará su función y querrás adoptar el mundo para arreglarlo sin dejar huellas.

Parece ser que el dolor se va desvaneciendo, parece ser que ella se va haciendo aire mientras tú la miras desde la roca.

Desvanecido el ser amado o amada, entonces, la voz se abre paso a un nuevo ciclo, sedienta de tierra firme. Hablándole esta vez a Silena y siguiendo la “costumbre humana del amor erróneo”, tal como lo dijo Anne Carson en su libro Autobiografía de rojo en 1998. Libro que lleva en el título la presencia de este color porque Carson decía que el rojo era el color del dolor del arte. No es casualidad, pues, que este mismo color, que este mismo dolor (tal vez) se encuentre en la portada, y es que en albión nada es gratuito. Mallorga no pretende en ningún momento sentenciar, no pretende imponer, o es que acaso pretende rendir homenaje testimonial para el abordaje al mito del amor, repitamos, costumbre humana tan errónea.

Siguiendo esta costumbre, habitaremos, “primero, en una colonia” donde no habrá tanta suerte, pues las semillas se pudrirán en el viaje y el olor a muerte vegetal lo permeará todo. Así me parece observarlo.

Sin embargo, luego vendrán “los años después de la República”. Aquí, Silena se apropia de cada paso, las protagonistas se encuentran en plazas, cuartos soldados, bunkers en países ajenos blindados por siglos. Victoria se esconde pero Silena se halla. Aun así, quieres su alma antes que la tuya. Le regalas horas claras, calladas, tuyas, porque si son de ella que ya no es tuya, entonces serán ajenas. “Y, después, la maravilla” llega. Una voz, insistente, le dice a Silena que no han surgido para llorar. Le dice que ella posee lo esencial para un milagro, que la maravilla en su cuerpo desenreda para luego, furiosa, volver a tejer. Vemos a una destructora y constructora en su genuinidad. Silena, mujer, la que destruye y construye. La misma que me dice como en el poema: que si no me callo la boca, la tristeza será eterna.

Entonces, qué pasa si un protagonista pasa de ser ella a ser él. De pronto, pensaríamos que uno de los dos no resistió al estallido del palimpsesto o que en la alquimia de este, el personaje se vuelve otra persona. Algo así pasa en xxx- llámame y en una pesadilla en el arco del siglo, llegamos a ese lugar donde el amor existe y es entero, donde el ser amado pasa a ser eso, un ser. Donde no hay que elegir porque se tiene, se es los dos.

En xxx- llámame, por ejemplo, Mallorga se reúsa a decirle a Silena que hay algo trágico en su manera de existir. Caemos ante el poderío de una sonrisa, nos acobarda la belleza de su simpleza. Una sonrisa tuya y sentimos el vestigio de perder la fe. Mil pedazos de Silena como vitriolo o sulfato en la boca. La imaginas. La reclamas.

Sin embargo, aparecen, cual seres mitológicos, a rescatarnos las medusas. Amantes por excelencia, videntes. Vienen y te preguntas cómo volver a ser humana. Conjunto nulo o vacío. Todo se va haciendo horizonte sin significante, cubierta de capas y capas de evasiones, ella… niega la acción de la existencia. ¡Ay, Silena! Una vez más, no queda nada. No hay palabra que lo contenga, solo el silencio…

Surge, entonces, al final de la estación el reflejo de retazos de vidrios hechos caras que se reconstruyen sobre un cuerpo, cae el vencedor que no existe. Caen todas las falacias del héroe del mito edificante, está desnudo, es puro, es casto. La caída de caretas se va haciendo más presente tal y como se lee en “cuerpo incógnita”, donde la noche hace constelación de venus y las mariposas se tocan en un cuarto oscuro hasta que muera el día.

Luego evocas a Safo en un poema donde afirmas que ustedes, las amadas, se conocen tanto, tanto, tanto, que se hace la luna un pedazo de su risa clavado en tu pupila. Es decir, afirmas empezar a llevarla perpetuamente contigo. Y, así lo pienso, porque luego dices:

“quién conmigo/como tú a mi vera”.

Pero como bien dijimos hace un rato, el ser amado es, a fin de cuentas, eso: un ser. A manera que, prontamente, nos encontramos bailando en el techo de la ciudad, donde ella toma tu mano y la ciudad se hace pequeña, se hace desierto. Se unen en asfalto, se besan en las avenidas principales y la ciudad es suya.

En el 2004, Alan Moore publicó “El espejo del amor”, libro donde narra a modo de poemas ilustrados la historia de amor entre personas del mismo sexo. Moore, quien además sacó al mercado la revista AARGH! (artistas contra la homofobia del gobierno desenfrenado) en unos 80’s donde erradicar el sida era una de las prioridades, vivió una verdadera pesadilla. Una pesadilla en el arco del siglo tal y como nos lo cuenta Victoria en esta serie de sucesos donde las cómodas de la habitación empiezan a tener memoria y guardan recelosos sus recuerdos, fue un reflejo donde, incluso yo, empiezo a temerle al monstruo que usa el cepillo del amante y se esconde debajo de la cama. Ya entiendo porque lo llamaste “sucesión de emergencias”.

Tu carencia se va haciendo costumbre, tanto que cuando llega el crepúsculo, las sombras se dedican a tu culto. Viene esta ráfaga de misticismo, donde el amor entero de Eielson da inicio a un ritual donde ofrendas tu cuerpo sediento de respuestas, glorioso en la pregunta del abandono.

Mallorga va poniéndole fin a esta unión y asegura que cuando abramos los ojos todo habrá sido consumado pues no hay vencedor, solo lo eterno. Son, somos ramas nuevamente.

Ya casi en el acabose, el olvido se hace cumbre y la autora revela su color. Tal y como decía Carson sobre el rojo, Mallorga lo dice sobre el azul. El azul, color del olvido.

“cuando el olor de las prendas se ha desvanecido
cuando la almohada hiede a frescura de lavaza
de lavanda mezclada con el azul del olvido”

Y es que en albión, repito, nada es gratuito.

Llegando a nuestro destino/mito o al cuerpo/ no cuerpo, es donde, en efecto, la autora nos dice que albión no necesita un cuerpo para poder besar tus manos, él envía notas desde el tiempo, porque albión es cualquier piel en cualquier lugar del sueño porque albión donde se hace mito se hace llaga.

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