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American Factory

por Verboser

  Por Jorge Luis Ortiz 

 American Factory (Netflix, 2019) podría ser un excelente material didáctico para estudiantes de Negocios Internacionales. El documental de la productora de Barack y Michelle Obama, galardonado recientemente en el Festival de Cine de Sundance, aborda lo que todo estudiante involucrado en el conocimiento de la integración de los mercados merece analizar: el encuentro de visiones culturales distintas, las causas de la deslocalización industrial, la automatización de los procesos y la transferencia de aprendizajes especializados. Pero American Factory va más allá del propósito pedagógico. Se interna en la vida de aquellos trabajadores que, luego de un despido masivo por el cierre de una de las sedes de General Motors en la pequeña ciudad de Dayton (Ohio), vieron en la llegada de la empresa china Fuyao Glass America en 2015, la oportunidad para recomponer sus economías familiares con la contratación de más de 3000 personas en esta compañía dedicada a la fabricación de parabrisas para algunas firmas de automóviles.

  La pérdida de innumerables empleos luego de la gran recesión de 2008, llevó a General Motors a la quiebra y algunos economistas calcularon que sus pérdidas bordearon los 31 000 millones de dólares. Hoy, 10 años después, luego de un plan de reestructuración empresarial, sus finanzas están medianamente saneadas. Pero la economía de una empresa es una variable que no está sujeta solo a la calidad de las decisiones gerenciales, sino que está vinculada inexorablemente a las condiciones de un entorno afectado por las políticas de gobierno. Por ejemplo, la progresiva imposición de mayores aranceles entre China y Estados Unidos en esta guerra comercial, como la han denominado los analistas, desde marzo de 2018, ha significado que la producción tecnológica de origen chino sea más costosa para la gente en Estados Unidos.

  Ciertamente, son los consumidores de un país sobre los que recaen los efectos perniciosos de este castigo comercial aplicado contra otros mercados en la equívoca mística de proteger la industria nacional. Y ni General Motors ni alguna otra empresa automotriz está libre de padecer las consecuencias de una obstinada persecución contra la producción extranjera, porque la naturaleza de la cadena de abastecimiento es invariablemente transnacional, y las cuentas, por más patrióticas que suenen las medidas proteccionistas, las termina pagando el ciudadano.

 Esa tensión entre las dos más grandes potencias comerciales puede llegar a su final si los acuerdos que se vienen trabajando entre los gobiernos para cancelar los impuestos derivados de este conflicto arancelario, superan la primera fase de negociaciones en marcha. Pero los giros dramáticos de la política internacional de Trump son imprevisibles, aunque, la orientación anti-integracionista de su gobierno no debería causar sorpresas.

  American Factory desnuda la ambivalencia de la competitividad. En Estados Unidos una empresa alinea la búsqueda de su rentabilidad con el cumplimiento de normas que garantizan la seguridad laboral de sus trabajadores. Una seguridad física y remunerativa. Parte del legado de los Mártires de Chicago. La mirada asiática se trastoca con estas condiciones: 12 horas de trabajo, mínimos implementos de seguridad y, sobre todo, la imposibilidad de crear sindicatos, son la receta china para ganar dinero.

 La crítica de la cinta se centra en los esfuerzos de los directivos chinos para restringir el derecho a que los trabajadores conformen un sindicato. Si bien, como decía F. Hayek, los sindicatos son necesarios como intermediarios entre los dueños de una empresa y sus colaboradores, su perversión se da cuando adoptan un control monopolístico en la misma. Y en ese sentido, los chinos saben muy bien que los privilegios sindicales pueden extenderse hasta buscar el reconocimiento de cada trabajador a participar en el reparto de los beneficios de la empresa sin importar la calidad de su contribución al capital invertido. En ese camino, el uso de la violencia puede considerarse hasta legítimo, como alegan los sindicatos, para presionar a los directivos. Claro, los chinos no son precisamente ejemplo de comunicación horizontal en el mundo, ni por cultura ni por tipo de gobierno.

  Pero también resulta difícil aceptar que los salarios no vayan en la misma dirección de los beneficios empresariales. Fuyao Glass America, nos dice el documental, generó ganancias a partir de 2018, pero los salarios se mantienen en 14 dólares la hora, casi como en el inicio de sus operaciones, muchísimo menos que lo que percibían en tiempos de General Motors los trabajadores de esa ciudad. Entonces, el dilema se agrava, porque si el significado de trabajar duro implica ajustar las condiciones laborales en un país que se rige por normas que pueden, en efecto, ralentizar su producción y, en consecuencia, sus ganancias, ¿qué hacer, entonces?

  Aquí no hay salidas únicas o excluyentes, pero hacer compatible la libertad de empresa con la legislación laboral (rígida en algunos casos), debería comprender la liberalización de la iniciativa sindical, o sea, excluir cualquier forma de obligatoriedad sindical, lo que implicaría revisar la pertinencia de los acuerdos colectivos, revalorando el mérito y la contribución individual en el trabajo, eso manda la lógica de la sostenibilidad lucrativa; así mismo, respetar los acuerdos por salarios menores que, por cierto, va contra la insistencia de crear leyes de salario mínimo muy poco útiles en economías de mercado guiadas por la productividad y, en cierta medida, vacunadas contra la fijación de precios.

  Finalmente, un acierto incuestionable de American Factory ocurre con la descripción del perfil contemporáneo del empresario (asiático, específicamente) que teme más perder competitividad o reducir su crecimiento antes que producir desempleo a costa de la automatización de sus operaciones. Como lo cuenta Andrés Oppenheimer en su libro sobre el futuro del trabajo, los robots trabajan tres turnos seguidos sin quejas, no piden suba salarial ni pensión de jubilación y tampoco se toman vacaciones o piden licencias de maternidad. Y el costo de su producción viene reduciéndose año tras año, por lo que la inversión para reemplazar a un humano por una máquina es un incentivo valioso para mejorar el margen de las ganancias.  

  Los desafíos que presenta la complejidad de la integración comercial, como ilustra el documental de los Obama, son ineludibles para la política local e internacional, pero quizá los de mayor atención tengan que ver con conciliar el sentido de autorrealización de las personas (apoyada o no a través de los sindicatos) y la legítima aspiración lucrativa de los dueños del capital. Será que la hora de reinventar el mercado laboral, efectivamente, ha llegado.

 


Jorge Luis Ortiz Delgado es presidente del Centro de Estudios Liberales Mario Vargas Llosa (CEL), en Arequipa (Perú), es Licenciado en Administración de Empresas, docente universitario, Magíster en Relaciones Internacionales Aplicadas por la Universidad Internacional de Andalucía (España) y egresado de la Maestría de Comunicación y Marketing de la Universidad Católica de Santa María. Es columnista y miembro del Consejo Editorial de la revista digital República Liberal. 

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