Algo sobre el arte: The Square (2017) de Ruben Östlund

por Verboser

Por Alejandro Núñez Alberca

Dos años han pasado desde el estreno triunfal de la sátira de Ruben Östlund The Square, cuya traducción al castellano se conformó con añadirle “La farsa del arte”, delicado spoiler para una película cuyo afiche principal —en que se mostraba un hombre (Terry Notary) con el torso desnudo y apeado en una mesa, en lo que parecía una cena formal— daba pocas pistas sobre lo que trataba la película.

La obra se llevó la Palma de Oro del Festival de Cannes, venciendo a realizadores ya consagrados como Michael Haneke (Funny Games, La cinta blanca, Amor), Yorgos Lanthimos (Canino, La langosta, El sacrificio del siervo sagrado) o Naomi Kawase (Suzaku, Aguas tranquilas, Hacia la luz), premio que en su momento fue controversial.

Semejante logro no es común, especialmente para un drama que a todas luces parece querer saturarse a sí misma al incluir una diversidad de temas: la sociedad de la indignación, los medios digitales, el criticado mundillo del arte contemporáneo, y la “invasión” mediante la cual los inmigrantes del mundo árabe pretenden desestabilizar a Europa —miedo social latente tanto en celuloide como en los diarios del viejo continente.

La historia sigue a Christian (Claes Bang), curador de un importante museo de arte contemporáneo llamado X Royal, situado en la ciudad de Estocolmo, Suecia. Su próxima instalación es la obra ficticia de la artista y socióloga Lola Arias, denominada The Square, la cual, como el nombre sugiere, consiste en un rectángulo luminoso dibujado en el piso. Y absolutamente nada más.

Mientras los problemas y dudas sobre la instalación se incrementan, a Christian le roban su celular de camino al trabajo, y sus intentos por recuperarlo —aunque exitosos— atraen atención no deseada, especialmente para un hombre que se estima tanto a sí mismo.

Fue el crítico británico Herbert Read quien afirmó que el artista es tal no porque filme, porque sepa pintar o porque su obra se subaste. El artista es un mirador astuto. Tiene acceso a los mitos, a los miedos, a las incongruencias que todo cuerpo social preserva; lo no dicho, tanto o más relevante que lo ya anunciado.

Méritos cinematográficos aparte, Östlund es, según esta definición, un verdadero artista, por más que sus personajes no lo sean. Mientras era entrevistado en el portal Build Series, afirmó que “es muy difícil hacer una película sobre el mundo del arte sin caer en la sátira”.

A lo largo de la trama, conocemos los pasadizos del museo, las oficinas, los exteriores. Otras de las obras mostradas incluyen una torre de sillas que se tambalean; en un cuarto, una serie de montículos de polvo son iluminados por un cartel fosforescente que lee “You have nothing”; en otra sala, una grabación ininterrumpida muestra al hombre semidesnudo del afiche, actuando como un chimpancé mientras desafía a la cámara con los ojos.

Eso sí, lo que les sobra de intelectualismo a estos espacios les falta en público. Visitantes de América y Asia recorren los pasillos del X Royal, mapas en mano y recién bajados del avión, tal vez con cierta prisa de participar de esa falsa aventura cultural que es el turismo.

Las otras personas que asisten al museo pertenecen a ese espacio ambiguo para muchos, el pináculo de la intelligentsia contemporánea. Artistas, críticos, docentes de humanidades, más críticos, aristócratas jubilados. Ingresan bien vestidos y pulcros a este ambiguo templo, el pelo blanco o teñido perfecto sobre sus temples.  Aparecen en números más grandes que los turistas: cuando hay una fiesta o un banquete el recinto se llena y se cierra. La música, el alcohol y la comida reemplazan la contemplación estética. Los cuartos donde se exhiben las instalaciones podrían estar vacíos y no habría diferencia alguna. El arte deja de ser un texto. Es un pretexto, excusa para el encuentro y la fiesta.

Entre las reuniones que los congregan, nadie puede escuchar ya al anciano pidiendo limosna en la esquina, o a la voluntaria que amablemente pide una donación para la beneficencia. En el centro comercial, Christian deja a un lado su café y sus bolsas para atender a un señor encorvado quien le extiende un vaso de cartón vacío, mientras le dice algo en su lengua. En otro momento, cuando necesita irse, recurre al mismo indigente, interrumpiéndole en plena oración a la Mecca, pidiendo que le cuide sus bolsas mientras Christian soluciona una crisis desde su celular.

La cámara de Östlund —quieta e inclemente a la vez— registra todo desde un sitio privilegiado, el cual comparte con nosotros sus espectadores. Descubre, una incongruencia a la vez, el absurdo y la hipocresía que sostienen a las clases más altas, a tal punto que a uno no le queda más que reírse de lo que le están diciendo de sí mismo (Palma de Oro incluida). El verdadero triunfo del director de Fuerza mayor quizá haya sido mostrarle a un público aculturado —sospechosamente próximo al representado en su película— una película que a su vez le sirva de espejo, logrando que lo acepten, que se rían y que lo premien.

Es mediante la risa que se revelan las mentiras, incluso las que son evidentes. La explicación de The Square —la instalación— es que “es un santuario de confianza y preocupación. Dentro de él, todos compartimos derechos y obligaciones”. Es el triunfo máximo de la democracia, el estado de paridad total. Como figura, la imagen de luz en la explanada del X Royal es un espacio fijo, sólido e inamovible —hicieron añicos una estatua para hacerle campo—, pero también es difícil de penetrar. Es un club privado que se publicita como un lugar para todos. Sus arquitectos son también sus consumidores, recorren las avenidas de Estocolmo ciegos a esa alteridad social que reza a Mahoma, que viene de muy lejos y que poco tiene que ver con ellos.

¿Qué hacer cuando esa alteridad es inevitable? ¿Cuándo es invasiva y hasta violenta? La película juega con esta figura de muchas maneras.

Luego de que Christian llega a la casa de Anne (Elizabeth Moss), cree ver a un chimpancé caminando por el pasillo. ¿Alucinación, metáfora? No parece serlo. Más adelante, el animal acompaña a Anne en su habitación, incluso ante la ausencia del curador. En otra oportunidad, una entrevista en el museo es interrumpida sistemáticamente (también cómicamente) por un hombre con síndrome de tourette. “¡Mierda!”, “¡Puta!”, “¡Muéstrame tus tetas!”, son algunas de las cosas que grita a los cuatro vientos, ante la obligada tolerancia de todos los presentes, quienes en su condición de hombre trastornado no les queda más que admitirlo.

Pero el ejemplo más claro es esa gema de la cinematografía actual que ocurre a mitad de la película, verdadero logro de Östlund. El banquete del póster está tomando lugar, y antes de que aparezca la comida hay tiempo para una última performance. Oleg —a quien ya hemos visto en video— irrumpe en el salón, descalzo y sin polo, gruñendo como un gorila. Los comensales al inicio se maravillan con él, a conciencia que es un mero recurso para su entretenimiento, una diversión. Pero cuando Oleg echa del salón a uno de ellos y se niega a interrumpir la performance pese a órdenes de Christian, la fascinación se convierte en miedo. Es claro que el actor está dispuesto a llevar su arte hasta las últimas consecuencias. Amenaza, luego, con violar a una mujer, quien pese a pedir ayuda es ignorada por todos. Solo cuando es arrastrada por el piso por el artista es que un grupo de “valientes” se levanta en su ayuda, reduciendo a Oleg a golpes.

Pocas secuencias capturan tan bien el suspenso como esta. Por once minutos somos presas del miedo asfixiante, o bien por la indignación al ver que nadie hace nada. ¿Por qué harían algo ahora si en todo el resto de la película no han movido un dedo? Simple: la persona en riesgo es un igual —uno de los nuestros—, es admitida al interior de esta colectividad bajo ataque. Solo ahí el individuo se fusiona con la masa y neutralizan juntos al intruso. La cámara de Östlund, siempre crítica, corta inmediatamente a uno de los muchos indigentes que aparecen en la película, aquellos sujetos invisibles que no producen ni consumen. Está cubierto por un plástico, durmiendo bajo la lluvia.

Fácilmente la mejor escena de la película, tanto por lo evidente como lo que yace debajo de la imagen, la cinta confía en que su espectador es paciente y sagaz, atento a las acciones y los dobles sentidos, pero abierto también a los golpes, al suspenso y las sorpresas.

Se trata, en suma, de un retrato con mucho ingenio (en ocasiones “criticado” de pretencioso), que lejos de celebrar el establishment al cual irónicamente pertenecen sus realizadores, prefiere mostrarles (y de paso también a nosotros) sus falacias, sus rituales absurdos y las consecuencias de querer vivir dentro de un cuadrado, celebrando lo falsamente diferente, la alteridad domesticada que entretiene en lugar de perturbar. Eso es, claro, hasta que los “extraños” de verdad toquen la puerta, pidiendo a la élite que cumpla lo que predica. Incluso si nos encontramos, en palabras de Elliot, en medio de una tierra baldía.

Sinopsis: Christian, gerente de un museo sueco de arte contemporáneo, quiere promocionar una exhibición que fomenta el altruismo. Sin embargo, el equipo al que contrata para encargarse de la publicidad coloca al museo en el ojo del huracán mediático.

Director: Ruben Östlund

Mira el trailer aquí:

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