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5 poemas de Roy Vega Jácome

por Verboser

Roy Alfonso Vega Jácome (Lima, 1988)  Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su poemario Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera (Dedo Crítico, 2014) obtuvo una mención honrosa en el VII Concurso Nacional de Poesía “José Watanabe Varas 2011”, organizado por la Asociación Peruano Japonesa.
En el 2015, su poemario Muestra de arte disecado (Ediciones Copé, 2016) lo hizo ganar el Premio Copé de Plata de la XVII Bienal de Poesía, otorgado por Petroperú.
Asimismo, algunos de sus textos han sido recogidos en las antologías Ese puerto existeMuestra poética (2011) y Versos en el aire V (España, 2016), así como en las revistas Lucerna (2013), Bitácora de Vuelos (México, 2016) e Ínsula Barataria (2017). Actualmente se desempeña como corrector de estilo, redactor cultural y librero.
En el 2017, fue galardonado con el Premio “El Poeta Joven del Perú”, por su poemario Etapas del espíritu / Runas grabadas en la piel.

 

 

hoy se acaba el mes y has querido disfrazarte de espiga
(un sueño)

the sound of the flesh.

 

                                                    vestida como la más adulta del corral,
abriste el suelo de engranajes.
                                                    densa como la más perfecta vocación,
corregiste el viraje de los vientos.
                                                        los arbustos dejaron sus sotanas
para reunirse con el caos de tu venida.
                                                              la dislocación de tus manos
pretendiendo abrazar la temeridad del fuego.
                                                                       falsa temeridad:
el fuego era un cachorro somnoliento.
                                                              el agua andaba de rodillas
en su barcaza de hojas tiernas.
                                                    llegaste como una diosa irreconciliable
frente a las complejidades divinas.
                                                      diosa despojada de letras mayúsculas
que la pudieran preservar del sonido de la carne.
                                                eras invisible para los cautos y los siniestros.
ellos no te pudieron arrebatar de mi lado.
                                                          mi tablero de ajedrez era el tuyo.
solo tú comprendiste que las tildes eran necesarias en los paisajes devastados.

De Muestra de arte disecado (2016)

 

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traducir el silencio es pretender hacer música
donde ya no existen ni la garganta ni el oído humanos.
Blanca Varela

 

                                   esa extraña manera en que nos olvidábamos a lo largo de las semanas.
             luego una llamada,
un mensaje,
una señal que nos posibilitara seguir viéndonos en parques o acantilados
que despertaban del viejo sueño de la neblina.
             y nosotros también parecíamos despertar por unos segundos,
gracias al beso de bienvenida,
sin mirarnos directamente por temor al vacío
o a los fantasmas que poblaban nuestro tacto.
             de repente las charlas y los espejismos,
las caminatas sin tocarnos,
las pocas anécdotas que íbamos construyendo
entre risas y disfraces fuera de temporada.
             ¿a quién quería engañar?
me era imposible despojarte de tus rasgos humanos,
convertirte en un bloque de cemento y arrojarte al río.
acceder a encontrarnos cuando lo desearas
se había convertido en mi ocupación predilecta.
             y cuando te veía enmarcada en un fondo sepia,
con la simetría de una pluma que ha retado al viento,
no podía sino callar y acumular ideas
que aspiraban a convertirse en algo menos patético que una confesión.
             eran periodos en los que nuestras sombras danzaban al ritmo de las flautas enfermas
y un puñado de voces nos cercaban con su lenguaje incomprensible.
             y luego de vuelta al olvido,
esa especie de oruga que trepaba nuestros cuellos solitarios y maltrechos
por las caricias extirpadas.

 

 

—intento de parábola + rubor oriental
o de la naturaleza de los ejercicios estilísticos— 

asir la forma que se va.
Carlos Germán Belli

 

                                             los animales de papel pastan despreocupados.
se mueven en el pequeño mundo que acaba en mi escritorio.
no hay cadenas alimenticias que los amenacen
y una muñeca japonesa vigila su sueño.
                                                                   ellos pastan libremente
sin temerle al temblor o al volcán,
ignorando la presencia de dioses y espejos.
no le temen siquiera a un probable incendio,
pues saben que de sus cenizas crecerá un nuevo árbol.
                                                          estos seres sin edad ni resonancia

han adquirido la sabiduría que muchos hombres persiguen sin descanso.

De Etapas del espíritu / Runas grabadas en la piel (2017)

 

 

FILOSOFÍA DE UN RECLUSO

             Soy el único amigo del guardia.
A veces suelo hablarle de cuán extensas son las noches,
o de los cadáveres del otoño,
o de por qué las cadenas de la justicia humana
son tan herrumbrosas y siniestras.

             Él me cuenta que se halla sin sentencia
(al igual que yo),
que vino a parar a este recinto
por voluntad de sus superiores.
Luego calla,
callamos,
y sé que la charla ha finalizado
cuando noto un brillo especial en sus ojos,
como agradeciendo esta extraña complicidad
que nos ha proporcionado la fotografía de una mujer muerta.
             
             Entonces, durante el resto de la noche,

opto por hablar con mi reflejo,
y recordar la patria que abandoné
por un puñado de polvo blanco.

Cada persona es un pozo. Los recuerdos son las costras que lanzamos a ese pozo en busca de una respuesta. Esta tarda en llegar o no llega nunca. Y solo a veces sucede que las personas deciden compartir su incertidumbre con otras que llevan en su frente el mismo estigma.

             Así se lo diré a mi buen amigo el guardia taciturno,
cuando extraiga de su chaqueta la fotografía de aquella mujer
que también lo ha convertido en un extranjero.

 

 

PLEGARIA

                                He llegado hasta ti.
                            Me he balanceado
como las hojas del otoño,
como un sufijo
huérfano de palabra.
He llegado
a tu Verbo
y a tu Carne,
tambaleante y ciego
en la fosforescencia.
                            Creo haber llegado a ti
por voluntad propia.
Pero ¿de quién es
esa verdadera voluntad,
ese fantasma inconmensurable
que sonríe?

                            Contempla
mis marcas,
mis pasos huecos,
mis ansias de perdonar.
                            Cura todas mis heridas
y mi sordo deseo de caer.
                            Cierra tu puño sobre mí.

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